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ABANCO/Cosas de Soria

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Especial Carnavales

CARNAVALES SORIANOS

Nicolás Longares Martínez, premio al mejor disfraz en los años 20Vaya por delante que nunca me ha gustado el Carnaval. Me refiero al Carnaval ciudadano, moderno. Parte porque me parece la más melancólica de las fiestas y no veo por lado alguno motivo de alegría o regocijo en ella y parte porque, como Caro Baroja, opino que sólo se justifica como oposición a la Cuaresma cristiana. Desaparecida esta, al menos como fenómeno social, ya que las personas que cumplen los preceptos son una exigua minoría (hipocresías aparte), ya nada justifica el Carnaval.

Por otra parte se ha perdido totalmente el sentido subversivo de esta fiesta, en tanto que consistía en una rebelión tácita- aunque simbólica - contra el poder establecido. Denotaba, en origen, la capacidad del pueblo para organizar su propia fiesta al margen de instituciones e instancias políticas, cuando no en franca hostilidad con las mismas.

No es extraño, por tanto, que me parezca una fiesta carente de sentido por cuanto se organiza concienzudamente y reclama apoyos y subvenciones de todo tipo de institución viviente.

Los Carnavales, en Soria, renacieron como una iniciativa comercial legítima y, como tal renacimiento hay que considerarlos, señalando lo difícil de retomar una tradición casi completamente olvidada y de la que nos separan cincuenta años, la mayoría de ellos vividos en la dictadura y represión. La primera prohibición de los Carnavales en el bando nacional data del mismo año 36 y en el 41 vuelve a redundarse en esta prohibición que duraría, con mayor o menor manga ancha, hasta la muerte del dictador.

Por lo demás los Carnavales son una excelente excusa para divertirse a fecha fija y con programa de mano, y eso, para quien necesite tales requisitos para expansionarse (y pareen ser legión), siempre será bienvenido.

Por contra los Carnavales, o fiestas carnavalescas, de las zonas rurales, suelen tener un sabor distinto. Sabor que, a que negarlo, me place más. De entrada son carnavales mucho más auténticos pues sí que hay una estructura eclesial contra la que rebelarse y, por otra parte, se practica, sea todo lo simbólicamente que queramos, el choteo de la autoridad.

Ejemplos bien claros de esto son las antiguas Misas Sacrílegas de Cabrejas, donde se hacía pública mofa del cura del lugar y se le remedaba en el Santo Sacrificio, a la usanza medieval de las Misas de Locos. O en La Barrosa, en trance de desaparición, de Abejar, donde el engendro bovino correteaba, entre bromas y veras, a curas, alcaldes, o comandantes de la benemérita, para regocijo de la chiquillería.

Item más, el sentido de vida alternativa que surgía entre los jóvenes que organizaban esos días a su modo y manera, yéndose a vivir a otra casa, donde incluso pernoctaban, mezclándose en ocasiones jóvenes de uno y otro sexo, como en Romanillos de Medinaceli o Morón de Almazán. Bajo la jocosa autoridad de los llamados alcaldes de mozos, siendo en otras zonas de España obispos de mozos u obispillos. Cosa que también hacían antaño en Fuencaliente (ignoramos si del Burgo o de Medina, aunque creemos que del Burgo).

© Antonio Ruiz Vega
publicado en este número

 

CARNAVAL, O EL ESTALLIDO DE LO IMAGINATIVO

ilustración de Juan CatalinaEl Carnaval va a venir y nadie sabe cómo lo va a vivir. ¿Iré vestido de sátiro, diablo, dálmata o de dios?, ¿Cristiano, moro o judío? ¿Serán las hembras los machos y los varones mujeres? ¿Simularé el ser Bérgamo, Polichinela, Scaramuccia, Pierrot o Casanova? ¿Disimulará el avaro, el beato o el libertino? ¿Me camuflaré de indio, viejo, payaso, ave del paraíso, de odalisco o malandrín?

Señoras y señores, acudan prestos y vean, que ésta es la gran ocasión. Para el travestismo y la exhibición. Para el juego y el amor. Para el enmascaramiento y el disfraz. Para fingir escondiéndose y para esconderse fingiendo. Para ser y aparentar. Dando cumplida respuesta a esa gran necesidad, desde que el hombre es el hombre, de mostrarse y figurar, modificando, más o menos profundamente, la naturaleza según los distintos fines, de los utilitarios a los estéticos, de los políticos a los religiosos. No en vano se tiene dicho que "el mayor de los deseos es ser visto".

CULTURAS BURLESCA Y CARNAVALESCA

En toda celebración o fiesta que se precie se conjura una atmósfera de fantasía y de sueños. Qué decir, pues, del Carnaval, la fiesta psicológica por antonomasia, en cuyos decorados y ornamentos hallamos una variopinta gema de la más fascinante imaginación que va desde las más altas cotas estéticas hasta las más singulares "fantasmagorías". "Sólo la imaginación me dice lo que puede ser", escribía André Bretón en 1924, en su Primer Manifiesto Surrealista. Tal vez porque si bien nuestra memoria diseca las imágenes prohibidas en el formol del subconsciente, más tarde o más temprano, nuestra imaginación creativa o fantasía las hará aflorar a la superficie, redivivas, a modo de ingente farsa. Lo que constata uno de sus ingredientes obligados, como afirmación exhuberante y pródiga de la vida, en claro contraste con lo cotidiano.

Este periodo y esta faceta del año eran denominados como fiesta de locos. De aquí a la crítica, la sátira y el esperpento no hay más que un paso. O dicho de la misma manera pero al revés: podemos suponer que hay una afinidad entre las actitudes que desde el humor critican la realidad ordinaria y aquellas otras que nos la muestran como mutilada, reprimida y encerrada en los convencionalismos de lo ordinario. Por tanto, la burla es ya de por sí un inicio de fiesta, lo mismo que la fiesta es terreno abonado para la burla.

Entre los materiales que se vienen recopilando sobre las fiestas de locos y los Carnavales vemos confluir estas líneas afines. Son celebraciones religiosas en tanto en cuanto se desarrollan en el contexto y aún en el lugar de las fiestas religiosas e inclusive nos aportan ciertos elementos litúrgicos o cuasi litúrgicos, son, a la vez, de un extraordinario colorido. Como ya hemos anticipado aparecen en ellas personajes estrafalarios, divertidos, truhanescos, histriónicos. A todos ellos se les tiene por farsantes y locos. Así el binomio de burla y locura penetra en todo el campo magnético de lo festivo.

Por los vestigios de descripciones históricas que han llegado hasta nosotros descubrimos en medio de las procesiones, los oficios catedralicios y las solemnes celebraciones litúrgicas, ese mundo multiforme de mojigones, colachos, tarascas y tarascones, botargas, gigantones, zarrones, zarrangones, bobos, etc... haciendo reír y llorar, regocijarse y temer. A veces se les llaman reyes de locos, pero, de cuando en cuando, son locos reales los que protagonizan estas fiestas o aparecen en ellas ocupando primeros planos. A este respecto, es curioso observar como Carnaval y Semana Santa comparten algunos aspectos estructurales, que se evidencian, por ejemplo, en los desfiles o procesiones y también en el anonimato conseguido mediante la máscara o el capuchón.

A propósito de tales cuestiones Mijail Batjin en su libro "La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento" (Ediciones Seix Barral, 1974) hacía dos consideraciones: una primera referida a la cultura burlesca en general y otra a la carnavalesca en particular.
Respecto a la cultura burlesca del medievo, también nombrada cultura de la risa, señalaba el autor ruso su universalismo, al ocupar un ámbito tan vasto como el de su hermana gemela: la seriedad. De este modo la risa construye, respecto al mundo oficial (Iglesia, Estado, etc...) un antimundo ya que organiza sus credos, casa y entierra, graba inscripciones, dirige reyes, obispos, abades y pontífices.

Una segunda cualidad es su ineludible asociación con la libertad. La risa medieval no era oficial, pero tenía un espacio temporal acotado para su permisividad en los días de fiesta. De ahí que su caducidad agudizara la radicalidad fantástica y utópica de la imágenes festivas.

La tercera cualidad de la cultura burlesca es la marcada relación existente entre la vida y la verdad no oficial del pueblo. En la cultura de una sociedad, estratificada por diferencias de clase - nos advierte Luis Maldonado - lo serio es lo oficial y autoritario y va unido a la violencia, a la restricción prohibitiva, al miedo. La risa, por el contrario, supera el miedo. No dispone de prohibiciones ni restricciones. El poder, la violencia, la autoridad nunca hablan la lengua de la risa. La risa es una victoria sobre el miedo moral, el miedo ante lo tabú o lo prohibido-sacralizado. Gracias a ello todo lo amenazante queda transformado en cómico. Lo terrible es convertido en espantajo. En definitiva, podemos afirmar que la risa ha sido siempre un arma libre en manos del pueblo. Tal aserto lo corrobora el hecho de que en la plaza pública, los días de fiesta, o a la mesa durante las grandes comidas, el pueblo se quitaba esa compostura como una máscara. Y sólo entonces, en medio de chanzas, parodias, burlas y sarcasmos, empezaba a resonar la otra verdad.

De este modo constatamos cómo el hombre medieval tenía dos vidas: la oficial y la burlesca. Los manuscritos ilustrados, miniados, de los siglos XIII y XIV o las pinturas y las ornamentas arquitectónicas de las iglesias lo hacen palpable a nuestros ojos. Se observa, pues, que junto a escenas piadosas hay otras como de pesadilla, alucinantes, demenciales y esperpénticas. Hay mezcolanza de figuras humanas, animales y vegetales. Por todos los resquicios se cuelan diablos, volatineros, saltimbanquis con sus trucos y acrobacias. Lo piadoso y lo grotesco van siempre de la mano. No obstante, esa tradición burlesca fue erradicada en el siglo XVIII.

¿Culpables?
Expuesto lo anterior, lo carnavalesco, tal como lo describe Batjin, más que algo ajeno a lo burlesco no es sino la realización y puesta en escena de esa cultura; suponiendo, más que un tiempo concreto o una fiesta determinada, un modo o talante que se descompone en tres rasgos fundamentales.

El primero consiste en un sentido intenso de participación. En el Carnaval desaparece la distinción entre actores y espectadores. Su espacio son los lugares más públicos y abiertos, pues abarca a todo el mundo. Según la cultura popular el Carnaval es vida y no teatralidad. No se asiste a él, el Carnaval se vive.

En segundo lugar lo carnavalesco implica una general "familiarización". Desaparecen no sólo las prohibiciones, sino las barreras sociales. Se da un trato familiar y amistoso entre todos.

Por último, el Carnaval es el reino de la excentricidad. En él todo se desabsolutiza y, por ende, se relativiza jocosamente cualquier orden o jerarquía sociales y humanos. Es tiempo de inversión de conceptos y alteración del orden establecido. Hay siempre un sentido de búsqueda de la alteración, de la subversión. Así se manifiesta un mundo trastocado en el que todo deviene relativo y ambivalente, puesto que hasta la habitual oposición de contrarios, eros y thánatos, se confunden.

EL IMPACTO DEL CRISTIANISMO

Frente a la tesis anterior, muy otras serán las razones expuestas por Julio Caro Baroja en su celebrada obra "El Carnaval" (editorial Taurus, 1979) Para don Julio su interpretación del Carnaval no sería fundamentalmente un resabio o supervivencia de los ritos de la antigüedad, en particular de los ritos saturnales romanos, como han querido ver muchos antropólogos y folcloristas, sino que es un producto de estructuración del tiempo por parte del cristianismo en ciclos antitéticos. Precisamente, el sentido del Carnaval vendría dado por su oposición a la cuaresma, de la misma forma que el sentido de la cuaresma viene dado por su oposición tanto al Carnaval como a las fiestas de renovación y alegría amorosa de mayo y San Juan. A fin de cuentas, el Carnaval y sus hermanos gemelos Carnestolendas y Antruejos tendrían como madre a la máscara y por padre al Cristianismo.

Caro Baroja entiende que cuando hay un sistema de creencias de un orden de fiestas y se produce un elemento nuevo como es el cristianismo, entonces, automáticamente, todo el orden queda supeditado a la nueva interpretación. Surge así la oposición cristiana cuaresma-carnaval, o lo que es lo mismo, carnalidad frente a espiritualidad. Ahora bien, cuando el concepto de espiritualidad cristiana se diluye, como ocurre en nuestros días, es muy difícil que el otro concepto de la pura carnalidad o de la pura oposición se sostenga en equilibrio frente a nada.

En tal caso, nos dirá, se observa como desde el siglo XVIII a esta parte, o desde Venecia o Roma, o las ciudades italianas y luego en las grandes ciudades europeas, el Carnaval como fiesta se puede convertir en otra cosa. Eso, si las gentes imaginativas le encuentran una sensibilidad más ligada a las concepciones mágicas o religiosas antiguas o modernas, dotándolo de un sentido estético y sociológico más próximo a la población actual de una ciudad, villa o lugar.

Los ratos de ocio ha estado determinados siempre por los ritmos del trabajo más o menos tecnológico, en que uno está metido. Antes, el calendario agrícola establecía esa secuenciación armónica ya que abría momentos diferentes como el de la siembra y el de la recolección de la cosecha, un momento en que hay más bienes que otro y que hacía que cada cosa a su tiempo cobrara mayor significación. Empero, el hombre moderno lo ha sometido todo a una regla de utilitarismo, de productivismo y de finalidad. Todo se hace con un objeto económico, de bien de consumo. Así el Carnaval se convierte en objeto de consumo, bien con los oropeles y la promoción ociosa de muchas ciudades que lo lanzan en oferta turística, al tiempo que la televisión lo despersonaliza al introducirlo en los hogares de los "participantes" pasivos. Comienza de esta manera a difuminarse sus señas de identidad primigenias.

Su decadencia en España ya durante la monarquía de Alfonso XIII, se prolongó con la Segunda República y culminó con la Dictadura, siendo en aquellos casos una fiesta muy lánguida y desincentivada, máxime en comparación con lo que había sido durante el siglo XIX. Resulta con ello, que los Carnavales que se están haciendo ahora en las ciudades y en los pagos no son sino un artificio de nueva implantación emanado de la mente calenturienta de algunas gentes.

ESA GRAN ÓPERA BUFA

Por su conexión con la música, Pedro García Martín ha venido a equiparar la representación carnavalesca con la ópera, si bien con un sentido de la comicidad que la convertiría en ópera cómica u ópera bufa, frente a otro tipo de géneros.

Su primer acto de escenificación u "overtura" estribaba en un banquete fraternal y colectivo, que daba rienda suelta a la gula y la bacanal, entronizando el reinado de la carne. Tal se nos muestra en sus antesalas del Jueves Lardero y la matanza de cerdos.

El "andante" tomaba cuerpo en la permisividad sexual, no sólo simbólica, sino también activa, como nos demuestran los demógrafos al constatar en tales épocas un aumento de las concepciones, celebrarse bodas y proliferar las relaciones extramatrimoniales. Aprovechando el tumulto y el desenfreno se abría paso la licencia de la carnalidad.

El "allegro" era interpretado por las máscaras y sus parientes el antifaz y el disfraz. Tales artilugios del anonimato han servido desde las comunidades primitivas para que determinadas asociaciones y sectas, sobre todo de jóvenes, amedrentasen a la sociedad de una forma ritual.

Las "arias y fugas" eran engullidas por un torbellino de alegría y confusión, en el que tenía cabida los entretenimientos y los agravios, los juegos del "homo ludens" y las sátiras del "homo homini lupus".

Tan singular espectáculo carnavalesco dimensionaba a toda la población y encontraba su justo desenlace con el triunfo de las virtudes y el ascetismo de la cuaresma.

OTRA HISTORIA INTERMINABLE

Qué duda cabe de que en todo este asunto que nos ocupa prima sobremanera lo imaginario. Tal vez en un intento desesperado por domesticar o amaestrar el tiempo que se nos escapa y nos devora. A través de la imagen del año el tiempo toma una figura espacial-circular, la del anillo. El tiempo imaginado como cíclico y cerrado asevera, dentro de lo múltiple, la cifra y la intención de lo uno. Ello implica la tendencia, la capacidad de recomenzar, de repetir el comienzo, el acto de creación; por tanto, la abolición del destino ciego.

Trasladada esta imaginería al plano ritual genera las grandes ceremonias orgiásticas al final y comienzo de año que simbolizan el caos primitivo; y en general todos los rituales iniciáticos, sacrificiales, etc. Son liturgias repetitivas o actualizadoras del drama sagrado de los orígenes.

Quizás por ello, en este contexto, aparece con mayor nitidez el carácter creador de la imaginación. Así concibe nuevas imágenes que desea ver realizadas para mejorar la vida y convertirla en un objetivo auténtico de los instintos de vida. Correlativa y recíprocamente, las nuevas imágenes coadyudan a la emancipación de los sentidos con lo que su actividad imaginativa, desentrañadora de las imágenes verdaderas se hace más penetrante.

Marcuse lo reafirma: la facultad de ver las cosas del lado de ellas, la capacidad de percibir el gozo que encierran, la posibilidad de sentir la energía erótica de la naturaleza, cual es la sensibilidad, la imaginación, la estética. Su receptividad y pasividad unidas a la actividad que les infunde la libertad y, en última instancia, las pasiones, los instintos... provocan la creatividad.

Como si estuviéramos escribiendo con nuestras vidas una nueva historia interminable, puesto que somos nosotros mismos quienes tenemos que salvar ese reino de fantasía frente a la enorme voracidad y angustia de la nada.

© José María Martínez Laseca
Soria, Carnaval 1995 publicado en este número

 

LOS CARNAVALES SORIANOS

Foto de Nicolás Longares MartínezEra tradicional que los mozos (a veces sólo los quintos), fueran por las calles pidiendo dinero y alimentos para una merienda comunal. A este ritual lo denominan LA GALLOFA en Calatañazor, Renieblas, Suellacabras, Almarza y Muriel de la Fuente. Tiene la denominación de LA VAQUILLA en Duruelo de la Sierra y Utrilla, y se le conoce como el HORNAZGO en Yelo, población en la que son los niños quienes lo realizan.

LA GALLOFA se pedía con canciones en Almarza. También había cantares propios en otros momentos de los Carnavales en Yelo, Ágreda, Alcubilla del Marqués y Berlanga de Duero. Asimismo se cantaba durante LA GALLOFADA (muerte del gallo) en Calatañazor. Este rito del ajusticiamiento del gallo, realizado por escolares generalmente, se hacía también en Valdegeña. En Muriel de la Fuente se llevaba un zorro muerto atado a un palo. En Duruelo de la Sierra era costumbre coger gatos para la merienda. Murgas, charlotadas y chirigotas se cantaban en Ólvega. Chistes soeces se decían en Renieblas.

Por otra parte, LA GALLOFA y otros rituales de los Carnavales, iban acompañados de personas vestidas de VAQUILLAS en Cubo de la Solana y Utrilla. En Soria capital había dos toros de fuego construidos en madera. Por otra parte, la chiquillería corría perseguida por el ZARRAGÓN en el TIO CHINCHILLA en Ágreda.

Paja y ceniza se tiraba en Ágreda y harina y paja en Yelo. En Vildé se echaba ceniza al mozo atravesado en los serones que portaba un burro por las calles. En Valloria también se utilizaba un burro para llevar a un hombre montado que simulaba ser un médico y con un cartel que ponía "se rifa el tío". En Berlanga de Duero se vestían de "lagartos" y llevaban cabritos por las calles.

Chocolatadas se hacían en El Royo y Berlanga de Duero. El escabeche y el arenque era tradicional en El Royo; las torjuelas lo eran en Alcubilla del Marqués y Vildé; los rosquillos y buñuelos en Pedraja de San Esteban; el cocido con rabo de cerdo y "bola" era muy apreciado en Tardelcuende; los gatos se cocinaban en Duruelo de la Sierra, donde también se compartía el ajo carretero; en Berlanga de Duero comían cabrito y en Alcubilla del Marqués preparaban chorizos y patatas a la brasa envueltos en papel de estraza. Y, evidentemente, lo más común era comer tortilla y chorizo en todos los pueblos.

ENTIERRO DE LA SARDINA había en Soria capital y en El Royo; carrozas en Peñalba de San Esteban; EL PELELE que se quemaba o JUDAS en Almarza (en otras poblaciones se hacía durante la Semana Santa); LUMINARIAS se encendían en Alcubilla del Marqués, Pedraja de San Esteban y Vildé; una MISA SACRÍLEGA se realizaba en Cabrejas del Campo; el baile de la escoba era muy popular en Tardelcuende, donde los quintos desempeñaban un papel importante en los Carnavales. Los quintos eran también importantes en los pueblos de la Ribera del Duero.

Con trajes comarcales se vestían en Alcubilla del Marqués y Renieblas. Rondas de mozos había en Berlanga de Duero Peñalba de San Esteban. Trabajo comunal de HACENDERAS se llevaban a cabo en Alcubilla del Marqués, Piquera de San Esteban, Rejas de San Esteban, Pedraja de San Esteban, Torreblacos, Tardelcuende y Los Rábanos. Después de esta labor se solía merendar en el ayuntamiento. Los ayuntamientos pagaban la merienda-cena en Renieblas y Muriel de la Fuente y únicamente ponían el vino en Valloria, Piquera de San Esteban y Yelo.

Y era común en algunos pueblos que los escolares fueran a merendar a los alrededores.

© Ángel Almazán de Gracia
publicado en este número

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