Carmen del Aedo

relato

La sombra del enebro

Por fin he encontrado un momento de reposo, y un lugar discreto desde donde mirar cada uno de los lienzos que se exhiben, orgullos, sobre la insultante blancura de las paredes, enmarcados tal y como yo lo he querido, como los imaginé mientras los pintaba: con un sencillo listón de pino, un dedo de distancia entre éste y la tela para que se asome el vacío; sobrios, libres, sobre todo libres. Es un recorrido lento porque retraso, intencionadamente, el instante en que mis ojos se detengan en mi preferido. Cielo, aridez, soledad, y la retorcida e increíble figura de un enebro que me grita en la lejanía la fuerza que siempre tuvo: siento una íntima satisfacción y un legítimo orgullo. Sentimientos que no serían distintos aunque jamás hubiera sido objeto de los elogios de la crítica y del público. Aunque no hubiera sorprendido a todo aquel que lo contemplara.

El sordo barullo de voces, risas y saludos, se apaga dejando que mi pensamiento se llene de imágenes antiguas, de voces que ya no existen, y del recuerdo de un boceto, a lápiz, de aquel enebro, que ha dejado de serlo para gritar claramente lo que es a la mujer que ya soy, que me recuerda que no es mérito mío sino de una Águeda aún niña. De aquella niña que se alejaba de la casa para alcanzar los límites del pequeño pueblo. La Indecisión debería haberse llamado, porque eso era: la pura imagen de la indecisión entre el ser o no ser, entre vivir el presente o continuar anclado en el pasado, como lo era yo, aún niña. Una cría que caminaba solitaria y triste, tras unas palabras de disculpa.

-- Sí, claro que sí, tengo cosas mucho mejores que hacer que mirar la calle. Perdona, no quería molestarte. –mientras, se apartaba de la ventana, al tiempo que tía Marisa, con movimientos nerviosos, trataba de soslayar unos ojos infantiles íntimamente convencida de que eran capaces de ver el interior de las cosas y de las personas, y aceleraba el paso justo cuando llegaba a su altura.

Águeda tuvo que esquivarla con un rápido movimiento hacia atrás, para que aquel cuerpo, que traslucía pensamientos siempre irritados, no acabara sentando al suyo sobre el suelo. Tratando de olvidarlo salió cerrando tras de sí, suavemente, la puerta principal. Y aún escuchaba aquella continua letanía de su tía:

-- Oh, vamos, vamos, Águeda, ¡que torpe, pero que torpe eres!, date prisa mujer. Siempre tarde, siempre lenta.

-- Vaya galbana tienes, Águeda. ¿No te sabes ya la calle de memoria, o acaso crees que la cambian de un día para otro ?

-- Claro que no la cambian, y además, ¿quién ha dicho que miro la calle?

Yo lo digo. Y

-- ¡Cállate ya! A lo tuyo, ¿o es que no tienes otra cosa mejor para hacer que mirar por la ventana?

Pero Águeda ya no se sorprendía del tono siempre desabrido y amargado de su tía, se daba prisa, tratando de no provocar sus airadas palabras; toda la que podía. Aunque nunca fuera suficiente. Cierto que algunas veces tenía dificultades en bajar las empinadas escaleras que conducían a una especie de buhardilla en la que pasaba muchas horas, incluso cuando se agarraba al pasamanos. Cierto que siempre tenían que esperarla, y cierto que ella se daba prisa. Las tres cosas eran ciertas. Tan ciertas como la debilidad que se adueñaba de su cuerpo, de cuando en cuando, más o menos desde los doce años. Hasta entonces había sido una niña como todas: más rubia quizá, más sonriente quizá, más feliz quizá. Desde que los había cumplido, la vida se lo estaba cobrando con creces.

Junto a la ventana, antes de que su tía le indicara que hiciera algo más útil, había apartado cuidadosamente los visillos que cubrían los ocho cristales, con sus molduras dadas de blanco por la cara interna, lo justo para ver pasar a la mujer que, indefectiblemente, lo hacía siempre a la misma hora, con una puntualidad británica como decía Don Gonzalo cuando se hablaba de alguien puntual. No como en la capital, con tanto tráfico y esas distancias, continuaba explicando el farmacéutico que, cuando no estaba de guardia, pasaba los fines de semana en este pueblo de sus ancestros.

-Británica. Una puntualidad británica la de aquel hombre -decía, repanchingado frente a la copa de vino, antes del almuerzo, cada primer domingo de mes, que, pensaba Águeda, eran como los primeros viernes dedicados al Sagrado Corazón de Jesús, o los primeros sábados dedicados al Sagrado Corazón de María. No podían faltar. Y sonreía al recordar a Don Gonzalo, y alguna de sus frases: Trae mujer, deja, deja que lo vea, mientras destapaba cualquier medicamento que se le enseñara, para luego, en lugar de mirar, olfatearlo y terminar con aquella frase tan divertida: Ná, ná, fulanita, puedes tomártelo tranquilamente, que no ha perdido la virtud.

Y caminaba bajo un cielo primaveral que reverdecía los trigales protegidos por formaciones de Saúcos, Endrinos y Majuelos que hacían de cortavientos a esos mismos trigales, y a los campos de cebada, y daban albergue a infinidad de diferentes familias de aves. ¡Cuánto le gustaban los petirrojos! El piar de los polluelos, pasada ya la época en la que emergían bajo un manto de plumas, llamando a sus progenitores, la ardua tarea de éstos para protegerlos de los depredadores: las águilas reales y los gavilanes, que los vigilaban sobrevolando un cielo desparramado por todas partes. A veces, aquella sensación de que sobraba cielo le hacía pensar que, sobre La Indecisión, como ella lo denominaba, había pedazos, que, seguro, faltarían en alguna otra parte del mundo. Trozos de cielo que se iban a vivir a Soria donde disfrutaban de mares verdes cuando el viento agitaba las espigas, o dorados cuando removían las que ya estaban maduras; y de soledades como no se daban en ninguna otra parte, además de una inmensidad de pinares, sabinares, calvijares y enebros.

Amaba aquel paisaje, hasta tal punto que tuvieron que enviarla de nuevo a vivir allí, con la esperanza de que se recuperara un poco su deteriorada salud. Dos años de estancia en Madrid produjeron en su ánimo una inmensa tristeza, y en su cuerpo una anemia difícil de solucionar, incluso para unos padres que se habían desvivido en cuidarla. Y a pesar de que su tía Marisa parecía odiarla, como parecía odiar a otras muchas personas y cosas, trataba de olvidarlo, y de recuperar la salud, paseando y dibujando en su cuaderno arbolares o superficies que se tornaba abruptas y áridas. Más tarde, ilusionada, se los mostraba a Juan Ondiria, pintor y músico que vivía en una pequeña casa, lindando casi con la dehesa.

No le importaba la soledad, al contrario, le hacía feliz. La saboreaba alejada de aquella ruidosa ciudad que incluso le quitaba el sueño cuando no lo llenaba de terribles pesadillas. Las horas pasaban rápidas cuando dibujaba. A veces se imaginaba, ya pintora como Juan, con su caballete de campo, la caja de óleos colocados con cuidado y mimo, y la paleta y los pinceles como únicos compañeros, mientras traducía aquellos sentimientos y profundas vivencias sobre un lienzo. Y disfrutaba dibujando enebros que por alguna razón que no alcanzaba a comprender, se habían quedado en simples arbustos en lugar de llegar a ser árboles.

Lápices en mano, con el cuaderno apoyado sobre las rodillas, aspiró ansiosa un aire tan limpio que todo lo mostraba más auténtico y verdadero. Atentamente observa un enebro tras otro, anotando mentalmente sus dimensiones, sus formas, en busca del que aquella tarde, fuera más adecuado para ocupar la última hoja aún incólume, de su cuaderno. Un poco perpleja, observaba uno de ellos, cuando se vio sorprendida por la presencia de la mujer que pasaba cada día, a la misma hora, frente a la ventana de la casa.

-Buenas tardes. -Dijo ésta sonriendo ampliamente.

Águeda correspondió con otra sonrisa mucho más tímida y menos amplia. Se sentía un poco sobrecogida.

-Te he visto muchas tardes paseando o sentada por aquí, o cerca de la cruz de "las Haceruelas". Y siempre dibujando.

-Vengo muy a menudo, pero yo nunca te he visto a ti por esta zona.

-¿Por esta zona ? ¿Quieres decir que me has visto en otra?

-Te veo cuando pasas por delante de la ventana de mi casa. Bueno la casa no es mía, era de mis abuelos y ahora es de mi tía.

La mujer sonrió, mientras parecía entretenerse en escuchar el paso del aire.

-¿Dibujas árboles? -Preguntó, cambiando la conversación.

-Sí, me gustan -Águeda sonreía, era muy cierto, le encantaban-. Me gustan sus formas y sus colores. - Continuó, mientras pasaba despacio las hojas del cuaderno, permitiendo que la mujer viera sus dibujos.

-Es cierto. Sí, ¡vaya! todo tu cuaderno está lleno de enebros, y todos parecen diferentes.

-No quisiera ... verás, si me perdonas, en un momento hago un boceto de ése -dijo señalando aquel que había estado mirando largo rato-. Me acabo de dar cuenta de una cosa muy curiosa.

Los ojos de Águeda miraban a la mujer, esperaba su respuesta. No quería volver a casa sin dejar plasmado en el cuaderno lo que había visto, y tampoco parecer una cría mal educada.

-- ¿Qué tiene de especial ?- respondió la mujer sin decir ni sí ni no.

-- Lo dibujo y luego te lo digo, o se me escapará lo que estoy viendo, y quiero enseñárselo a Juan. ¿Sabes ?, él también ama esta tierra y los enebros.

-- Dibuja, no te preocupes. ¿Te importa que mire mientras lo haces ?

Águeda negó con la cabeza, y sonrió al tiempo que tomaba un lapicero bien afilado para ir trazando, con seguridad, líneas y más líneas. Durante varios minutos sus ojos iban del enebro al cuaderno y del cuaderno al enebro, o soltaba el lápiz sobre su regazo y, usando el dedo corazón como difumino, estiraba los trazos hasta convertirlos en un sombreado. Finalmente lo alejó para observar atentamente su dibujo, y respiró con satisfacción.

Sólo entonces recogió lápices, cuaderno y el resto de sus cosas cuidadosamente, para inmediatamente después preguntarle a la mujer:

-- ¿Eres Amaya ?

-- No -respondió ésta-. ¿Quien es Amaya?

-- Yo no la he visto nunca, pero mi tía la odia. Dice que es la amante de Juan, y para ella eso es un escándalo. Bueno, mi tía odia a muchas personas, vive amargada, encerrada en este pueblo como ella dice, atendiendo a cuatro piedras que no sirven para nada.

-- Los adultos casi nunca están contentos con la vida que les toca en suerte. -Respondió la mujer-, pero no le hagas mucho caso, son cosas que se dicen.

Águeda estuvo a punto de echarse a llorar, qué fácil era decir : no le hagas mucho caso, pero se mordió los labios y continuó preguntando.

- Y si no lo eres, ¿a dónde te diriges cuando pasas por delante de mi casa? La carretera termina, no lleva a ninguna parte.

La mujer sonreía como si lo que la niña había dicho le divirtiera

- Ahora no es el momento para hablar de ello, pero te lo diré algún día.

- Entonces yo te diré ese mismo día qué tiene de especial ese enebro –contestó, al tiempo que cerraba el cuaderno y se decía que era conveniente encaminarse hacia su casa si quería llegar a la hora de la cena.- Adiós. Hasta otro momento -dijo agitando la mano en señal de despedida, acelerando el paso y esquivando ya las piedras del camino.

-Vamos, vamos, Águeda, date prisa mujer. Siempre tarde, siempre lenta. -Rezongaba ya Marisa, cuando la niña se adentraba, en la sala-. Por Dios qué lentitud. Vamos, acelera y prepara la mesa. Y pon un plato más, Juan viene a cenar.

-¿Viene Juan ? -respondió Águeda muy contenta- ¿Viene ?

-Dios, ¡qué lerda eres! A ver, ¿qué parte de la frase es la que no has entendido: el pon, el la, el mesa, el Juan, el viene, el a, o el cenar?

-La he entendido, tía. Iré a poner la mesa.

Noto un escalofrío, y es que aún me sorprende que, habiendo pasado el tiempo, incluso frente a mis cuadros, conseguido ya lo que tanto he deseado, puedo sentirme tan infeliz como lo fui en aquellos momentos. Puedo sentir mi cansancio; verme colocando platos, vasos, cubiertos, mientras la debilidad aumenta hasta alcanzar un grado intolerable. Puedo sentir mis esfuerzos para vencerlo, y verme tratando de lograr que todo esté perfecto para que tía Marisa no tenga queja. Puedo porque es como si la escena se volviera a desarrollar entre los enebros que me observan dentro de los marcos y la columna cerca de la cual trato de pasar desapercibida. Y me observo afanada en colocar las flores que había recogido a mi vuelta. Me veo saliendo del comedor y volviendo a entrar, contemplando, satisfecha, la mesa. Está como debe estar, igual que la coloca ella, salvo el detalle de las flores. Puedo oír mis pensamientos: Le gustarán, sí, esta vez sí; estoy segura.

Otro escalofrío me sacude de arriba abajo, y me digo que debo regresar con mis invitados, que no debo permitir que me asalten estos recuerdos que se presentan siempre en el momento más inoportuno.

Pero estoy paralizada y sé que ya nada puedo hacer por evitar volver a ver, envueltas en un tremendo vértigo, imágenes que se suceden y nacen unas de las otras: la llegada de Juan, mi insistencia infantil y terca, en que vea el último de mis dibujos. La orden de la tía para que retire de inmediato el cuaderno, y no moleste aún más de lo que acostumbro. Los gritos en la cocina porque la cena se retrasa. ¿Quién puede tener la culpa de ello? Yo no, pero presiento, como si fuera algo material, el mal humor de mi tía aumentando cada segundo. Y la escucho, sarcástica, ridiculizándome con motivo o sin él. Como una sacudida vuelvo a oír sus carcajadas al ver el búcaro con las flores, y sus frases, similares unas a otras que se repiten y se repiten: ¡esta sí que es buena ! ¡Vaya con la mosquita muerta! ¡Estúpida!, ni siquiera sabes colocar unas flores en la mesa, ¿no ves que esta porquería dejará un cerco sobre el mantel? Y tengo que hacer ahora, como entonces, un esfuerzo para no llorar, mientras contemplo, de nuevo, el golpe con el que flores, jarrón, agua, hojas, son lanzada contra el suelo. Los cristales saltan en todas direcciones, y con ellos palabras y más palabras, hasta que se produce la intervención de Juan. Y aquella caricia de Juan en mi mejilla. El grito de la tía y su frase:

-¡No la toques, cerdo, no la toques !

Aquel grito que se reproducía una y otra vez, y otra, en cada rincón.

-Estás loca, Marisa –respondió Juan, tristísimo y tierno.

Un loca se reproducía en cada rincón.

Puedo sentir el terror de aquel momento: sólo pienso en correr, en esconderme en la buhardilla, en alcanzar mi cuaderno, trepando con dificultad sobre los empinados escalones que llevan hasta él. Pero la escasa distancia no me aísla de los gritos, de las voces. Entre mis dos adultos ha surgido un recuerdo, desconocido para mí, de amor imposible, masticado durante años hasta convertirlo en un odio real, oscuro, que de pronto parecía salir de la hosquedad de mi tía para devorarlo todo. Ella no odiaba ni a tanta gente, ni a tantos lugares. Odiaba a Juan. Y este sentimiento la había desbordado, como el cielo a las montañas, hasta cubrir todo aquello que, quizá, un día ella fue y pudo haber sido.

En medio de la escalera, sin saber si avanzar o retroceder, agarrada a mi cuaderno, trataba de recordar una canción, una oración, algo, lo que fuese, que me ayudara mientras terminaban de soplar los malos vientos de un odio que se multiplicaba aumentando mi cansancio hasta hacerlo inmenso, amenazando con desplomarme bajo él. Un odio que, como su dolor, parecía no tener fin. No, no. No quiero imaginar qué más puede ocurrir. Necesito aire. Me falta el aire que se respira junto a los enebros. Y ya sólo hay un deseo: huir. Huir. Pero su odio, su rencor, su soledad, mi soledad, como gigantes ocultos en las sombras, extienden sus manos para impedirme llegar al final de la escalera.

Como si ocurriera ahora mismo, veo a la mujer que pasaba frente a la ventana, aquella que pocas horas antes asistiera, en silencio, al nacimiento del boceto.

-Vamos, vamos Águeda, dame la mano. No tengas miedo, dame la mano, no te va a ocurrir nada.

-¡Águeda!, mírame a mí, a mí. Mírame y dame la mano.

Le tiendo el cuaderno, mi cuaderno.

Cierro los ojos. Estoy intentado apartar de mí aquellas sensaciones que se repiten en mis sueños. Intento regresar a la realidad. Busco mi serenidad, perdida por unos segundos, en un enebro que, enmarcado entre sobrios listones de pino soriano, extiende sus ramas hacia el cielo azul, iluminadas por un intenso sol primaveral. Busco mi serenidad allí, en el fondo del cuadro. Allí, en el sitio en el que debería encontrarse su sombra: radiante, luminosa, como saliendo de un mar de llamas, se extiende la figura de una mujer, que ya tiene rostro, y a la que no he vuelto a ver.

Sobresaltada por el casi imperceptible contacto de una mano en mi hombro, y casi agradecida por que alguien me salve de los recuerdos, despacio, muy despacio, me vuelvo.

-- Pasaba por delante de tu casa porque sólo tú podías pintar mi sombra. Gracias.

Por la sala se extiende un intenso aroma a enebro; a sabinares, a calvijares, mientras la mujer se aleja despacio entre los invitados que parecen ajenos a su presencia.

Sin pestañear observo su figura: blanca, nívea, a la que los focos que iluminan la sala y los distintos cuadros, arrancan sombras que se proyectan en todas direcciones.

Y sonrío.

© Carmen del Aedo 2002

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