Carmen I. García

Una tarde con Isabel Goig

La comarca de Arcos de Jalón y un epistolario documental del siglo XIX

 

Memorias del 58

 

          Los veranos se suceden una vez más, y aquí están los chopos, copudos y frondosos, irguiéndose festivos en la pequeña ribera del río Peñel, el coche de línea traqueteando por la carretera polvorienta, la esfinge de la torre de la  iglesia, sobria, esbelta, con su ábside gótico, y la plaza mayor, centro neurálgico del pueblo, con la chiquillería alborotada al salir de la escuela en alborozado griterío. El caserío desparramado en torno a la explanada del castillo con la vieja espaldera que hace las veces de frontón. El cura, don Eusebio, tras el balón con la sotana remangada rodeado de sus pequeños feligreses animados en el simple deporte de correr. Y las niñas modosas y educadas saludando al vicario besándole la mano. Todo está ahí vivo..., todavía. Ni siquiera la hora de la tarde ha cambiado, siempre dando las cinco el reloj del ayuntamiento en una cita puntual y permanente en la que un trastabillante “Ford” amarillo con el rótulo frontal “Majarón-Villacidiana” en la parte superior, es el nexo de conexión entre el vecindario rural y el otro mundo urbano desde donde llegan el correo, las medicinas, y las compras encargadas al chófer solícito y servicial que siempre cumple los recados.

          Después de desprenderse de su carga humana y material, el traqueteante coche de línea pone en marcha su motor tras no pocos esfuerzos con la manivela del arranque. Peor resulta durante el invierno, entonces sí que al chófer se le escapa alguna frase malsonante. Diariamente, la baca del vehículo se llena de maletas, cestos, paquetes mal hechos, trastos, cajas y toda suerte de equipajes. Con frecuencia, aparecen las despedidas a la maestra que  no dura más de un par de cursos. Es una cita rutinaria el ir y venir hasta Villacidiana, que tiene estación, pista de baile, dos casinos, un cine, fábricas, talleres, farmacias, bancos, carnicerías, pescaderías, fruterías, tiendas de ultramarinos y confecciones que abastecen a los pueblos de los alrededores. ¡Qué suerte deben tener los vecinos de Villacidiana!. ¡Aquello es un pueblo!. Además, por tener carretera nacional, pueden ver al Caudillo reclinado en su asiento de atrás cuando viaja en un automóvil negro, reluciente, y pasa siempre acompañado de una numerosa comitiva de coches negros y brillantes. Alineados a uno y otro lado de la carretera están los escolares de Villacidiana, educados en el Nacionalsindicalismo de las FET y de las JONS, a golpe de Enciclopedia Álvarez, las niñas uniformadas con bata de algodón azul y cuello de piqué blanco, los niños de flechas y requetés, y cada uno con la banderita de papel de seda rojo y gualda, agitándola al paso de tan eximias personalidades. (...)

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© Carmen I. García

 

 

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