Javier Ignacio Cimadevilla

relatos

Correo 1

Te escribo, un poco apurado, este correo , porque dentro de nada comenzará el debate del Pleno del Ayuntamiento para cambiar el nombre de mi calle; de la calle en la que vivo, se entiende. Tú, como ya llevas un tiempo fuera no te habrás enterado, pero yo te cuento. Como dice el calendario oficial: "Todos los días tristes se parecen, sin embargo los felices tienen cada uno su sabor" y el día al que me voy a referir, cuando ocurrieron los hechos de los que trae causa la polémica consistorial, fue el día de la fiesta del éxito nuclear, esto es, el pasado 6 de agosto. Ya sabes, confeti, banderines en hilos transversales sobre la calle y el desfile encabezado por los escuadrones de los niños/as científicos/as. Por cierto, nuestra niña cada día que pasa da muestras de ser más espabilada, tenemos grandes esperanzas puestas en ella. Tú me dirás: el desfile lo cerraba, ¡cómo no! la carroza de McDonald's con unas jovencitas de formas exuberantes ataviadas con mini-tangas que recordaban los uniformes de los ejércitos, si es que alguien se parara a observar la escasa tela, aunque bueno, los sombreros de plato daban una idea; a lo que iba, estas chicas repartían el menú especial de la celebración y en cuanto aparecieron por el principio de la calle mandamos a los niños a conseguir su comida, pero ya sabes que vivimos en un octavo, los ascensores estaban todos ocupados, así que los niños se lanzaron escaleras abajo, el niño se cayó al doblar el descansillo del quinto, pero la niña saltó por encima de él y consiguió llegar a la acera a tiempo para hacerse con su menú. No hace falta que te diga que eso no lo consigue todo el mundo, ni que yo ya me lo esperaba, porque esta niña siempre barrunta en dónde colocarse. No veas, una vez de regreso al piso, qué lloros el mocoso y que orgullosa nuestra heroína. Gracias a ella sólo tuvimos que encargar tres menús especiales. Pero todavía no te conté la mejor prueba de su sagacidad: no nos dejó hacer el pedido hasta no haberse asegurado de que el menú que había subido fuera para su hermano, porque si no, a la hora de comer le tocaría el frío a ella. Por más que le dijimos que se lo meteríamos en el micro-ondas, pues que nada: Naturalmente, el regalado se lo terminó comiendo su hermano. Ya habrás leido el último artículo de nuestro famoso sociólogo de la tele en el que afirma que la población no dirigente se define por la fórmula T+C+V-I (por si todavía no lo has examinado te adelanto que las siglas hacen referencia a: Técnicos, Comediantes, Vendedores e Inadaptados respectivamente.) Pues eso, que confiamos que la niña nos salga por la T, pero tememos que el niño se nos quede en una I. En fin, que me enrollo; lo que te quería contar es que después del desfile se puso, debajo de nuestras ventanas un viva-la-vida de esos sin-papeles, a tocar no se qué de un desgraciado retromonógamo que por que no pudo esclavizar a una mujer que en su enferma imaginación creyó que amaba terminó de pringao tocando el piano por cualquier lado. Si hubiésemos sabido de antemano que era una porquería de canción nadie le hubiera hecho caso, pero como fue inmediatamente después del desfile pensamos que no había acabado aún. Todas las ventanas del edificio tenían gente asomada escuchando al tío ese y cuando acabó hizo ademán de solicitarnos limosna mostrándonos la gorra, ya iba a pasar de él cuando las ancianas del primero B, tan lastimeras como de costumbre, le lanzaron unos céntimos, entonces las metomeentodo del tercero comentaron algo con la bruja del cuarto, según me dijo luego la vecina de puerta, pero ¡cómo si las hubiera oído!, que si vaya miseria le daban, que era un día de fiesta y bla, bla, bla. Al punto va el gilipollas de su marido y se puso a decirnos a grito pelado a todos los que estábamos a la ventana que a ver quién lanzaba más dinero y más rápido al hombre y, aullaba:"Hacer diana que de lo contrario se perderá la pasta". Lo que pasó fue que los céntimos se convirtieron en monedas de dólar europeo por no ser menos, luego de dos dólares y al final las pesadas de cinco. Las monedas tiradas desde el primero supusieron alguna molestia para el musicastro, las del segundo le dañaron, las del cuarto le hirieron, y las lanzadas desde los últimos pisos terminaron por abrirle el cráneo. Y allí quedó sobre la acera el muñeco descompuesto del musiquillo en medio de una aureola de sangre. Por lo menos no todo fue desagradable, con la recaudación tuvo un entierro digno, cosa a la que difícilmente podría haber aspirado. Además, desde aquél día los gitanos no han vuelto a dar la paliza con la dichosa cabra. ¡Esos sí que saben! je,je,je. Y, bueno, que justamente hoy es el debate que te decía, porque los representantes municipales del PSOE e IU quieren cambiar el nombre de la calle para ponerle el de: "Calle de la Música Pagada"; por su parte los del PP y los nacionalistas quieren conservar el nombre del militar que liberó a los que se habían intentado liberar alzándose contra la Constitución Democrática Universal. Las cuentas están claras, hay empate de votos, de modo que no cambiará nada, pero la discusión promete ser muy interesante ya que enseguida habrá elecciones. Sin nada más que contarte me despido de tí, que ya va a empezar. Nos alegramos de que todo te vaya tan bien. Escríbenos pronto. Hasta otra.

© Javier Ignacio Cimadevilla 2002

 

La ermita de San Baudelio y España

Ermita de San BaudelioEntre la noche medieval que duermen los sarcófagos y el agua libre que corre bendita, un cubo sin gracia levanta un palmo el ocre sobre la tierra soriana. Un apenas suspiro de casi nada no llamaría la atención si no fuera por la curiosidad impenitente de escudriñar en su interior. Tan sólo entonces, ante el sueño de palmeras y elefantes, que dijera el poeta, este templo de todos, moros y cristianos, fantasmagórico a fuerza de expolios y recuerdos, cobra una dimensión, a priori impredecible, agrandándose como una proyección, hasta alcanzar, desde su inicial humildad, todo el concepto de frontera.

         Frontera tanto quiere decir como mundo, como universo. Frontera es concepto holístico pues, se define por lo que une sin que quepa la exclusión. A un lado y otro, de la frontera, se es «algo» de una forma y no se es «otro» de manera diferente. La frontera marca el «hasta aquí hemos llegado» y, a su vez, el «desde aquí comienza». Pero, en el territorio fronterizo, lo más sorprendente es que no caben esos conceptos de redil ya que, si por algo se define es por su misma indefinición. Esto la convierte en lugar de todos y síntesis de existencia.

         España, como problema, y fuera de citas lapidarias como losas de tanto autor conspicuo, devoto o atrabiliario, guarda parangón con la cápsula de fe de san Baudelio a fuer de la tierra desnuda como presentación, de las columnas retorcidas y de los ornamentos esperpénticos y, sustancialmente, su «ser» de frontera que no admite concreción en un modelo sin mengua o amputación. De ahí la dicha de su universalidad y la desdicha, para quien así lo quiera ver, de su indefinición o dificultad de circunscribir su identidad.

Para quienes sientan lo común como encuentro y lo propio como limitación se acepta, no ya con benevolencia o tolerancia, sino como mandamiento, el mestizaje, argamasa esencial para el adobe que resulta de todas las diferencias.

Atrapada, la ermita, en el retrovisor del automóvil, se percibe el aroma del silencio que la soledad produce, mientras, conmueve el ánimo el pensar que, en España, lo que calla, cruje.

© Javier Ignacio Cimadevilla 2001

 

Donde Calatañazor

El alma es tenue, delicada, frágil; fina telilla de seda. Ingenuamente, a modo de juego, de forma espontánea, vamos construyendo la "persona", abrigo de aquel nuestro ser siendo; la cara recia, dura, social que sonríe y da la espalda.
                   Es la propia inconsciencia de la fábrica la que da primera ocasión para que, por azar o rectamente, sobrevenga el desgarro o la ruptura que el desprecio, la maledicencia, la calumnia, la traición o el olvido provocan. Allí donde el ser humano se ha desanimado, la persona, lastima el cuerpo produciendo heridas que sólo el tiempo cicatrizará al precio de convertirle en hontana de recelos, y, de entrar en una espiral de paralogismos que, reconoce su obsesión provagando en el oficio de malignar.

                 ¿Dónde des-devenir-se?

                   Ciertamente, en un lugar donde se obren prodigios; donde las águilas vuelen elevándose a los pies de los hombres; donde los invencibles poderosos pierdan su alegría; donde hayan dejado su sello los saberes de los dos mundos, sean: egipcios y aztecas; donde la historia ya no lo sea, porque "historia" tanto quiere decir como: dinamismo en pos de un fin, y esto no vale para lo que ya es fin en sí mismo; donde aún permanezca el espíritu de los bordadores capaces de reparar esas telillas finas, tan sensibles y valiosas; donde se pueda hallar redención  ante el Cristo del Amparo y acariciar las piedras de la resurrección.

                   Donde Calatañazor.

                   En donde Calatañazor el alma muerta, como la esfera del reloj, como la esfera de la luna, gira sobre su ayer y renace en plenitud.

Calatañazor

© Javier Ignacio Cimadevilla 2001

 

El milagro de Chema, el cazador

A Lorena Villamil

I

Ciertamente hay más personas gurdas que longánimas. Aquéllas, además de la solvencia de la mayoría, cuentan con la indudable ventaja de gozar, en épocas de escasez de trabajo, de prioridad en el acceso a los empleos subordinados, tales como presidentes de gobierno, directores de periódico, locutores de televisión o ujieres de juzgado. Si se mira bien, cualidades reúnen para merecer esas canonjías. No es la menor, la que se podría denominar una convicción consignada, es decir que, mediante un proceso de reflexión automatizado, consiguen alcanzar el nirvana de la íntima coligación con las consignas oficiales, aunque sea ex post facto y a contrachapado de la carrocería de ayer, pero eso es lo de menos; lo que cuenta es el ser uno mismo. Filósofos de los meandros, podríamos decirles; políticos del río amarillo, que cuando lleva razón se desborda. No es de extrañar que suelan padecer del hígado. Necios de semejante calibre no tienen empacho en comulgar con ruedas de deshechos radiactivos, si fuera de necesidad. Llegado el caso, alguien de esta naturaleza, pongamos por caso, al explicar el "Guernica" de Picasso a un inocente, le dirá: "Se trata de una estampa de feria puesto que hay toros, caballos, madres con sus hijos por la plaza...". El desconcertado tercero conocedor, probablemente, padezca esa suerte de parálisis que, en primera instancia, ocasiona la estupefacción y, quizás, no logre sino llegar a balbucear un " ¿Pero, qué dice?"; ante lo cual el necio espetará: "¿ Acaso no es verdad lo que he dicho? ¿No contiene esas cosas la pintura?". Aquí se produce el punto de inflexión, pues el buen tercero reconocerá con un tibio: " Sí, pero...". "Nada de peros, o sí o no", volverá a contraatacar el insensato. De esta forma, el ingenuo receptor habrá de valorar entre la rotunda afirmación y seguridad del uno y el asentimiento y titubeos del otro. Aquí se halla la perdición de los hombres honrados o sabios, porque la verdad, siempre es algo que se descubre, que se reflexiona y matiza, mientras que el mal es directo e inconsciente como una cuchillada. La conclusión será triste, el sabio parecerá tonto, el honrado necio, y el sinvergüenza, clarividente y preclaro; seguro de sí mismo, será adoptado como instructor por el pardillo.

II

Chema, el cazador, era de aquella terrible raza de individuos. También era conocido como uno de los "décimos de mercado" puesto que había encontrado trabajo como cajero en un supermercado, y en el pueblo llamaban de tal manera a los que habían conseguido colocación gracias a las medidas antidiscriminatorias que reservaban el diez por ciento de esos puestos de trabajo a hombres, con la finalidad política de borrar la imagen pública de ser únicamente las mujeres quienes realizasen esa labor. De él se contaban, en círculos privados, chascarrillos que, pese a su primera apariencia de inverosimilitud, tenían un no sé qué de majadería consecuente que los hacían creíbles de primeras a quienes escuchábamos. Por ejemplo, el que se refería a su ideología. Nos lo contaba una noche de carajillos Mari Carmen, la vitorera: "Como te digo, con su mandil viejo y deshilachado, mientras fregaba los platos en el 'bañal', nos dio un mitin sobre la libertad de mercado y capitales y acerca de la necesaria contención de los salarios que pensábamos no iba a terminar nunca. Lo más impresionante era que por la ventana de la cocina entraba la luz del crepúsculo y le daba tan directamente que aparecía, ante nosotros, realmente como un iluminado". Lo que decía: puede que para ustedes resulte fantástico que uno de los "décimos de mercado", mientras limpia los platos de restos de tortilla de patata, sienta su espíritu tan imbricado con las finanzas internacionales, pero no me podrán negar que ese detalle de la luz achacosa, amarillenta y sucia, de pasillo de hospital, que atrapa los anocheceres en el pueblo, le da un marchamo de certeza notarial a esta historia.

Había más, claro está; de dónde procedía su mote principal, sin ir más lejos. Doy mi palabra que si no me lo hubieran dicho Manolo el chigreru, Marián la feminista y la buenaza de Tolina la de Maíllo, no me atrevería, en este momento, a asegurar como cierto lo que les voy a narrar; pero, claro, son tres testigos de los que no mienten, y ante los tres se ufanó Chema. El caso es que ultraliberal y competitivo como era, el susodicho no tenía contención ni consolación ante el revés del fracaso o la contrariedad por nimia que fuera; para él no existía eso de lo importante es participar si no que sólo servía ganar, vencer, conquistar el éxito; de los perdedores nadie se acuerda.

Iniciado en la caza menor por su augusto padre, que Dios tenga en su gloria, si es que alcanza para tanto, padeció, desde la más tierna infancia, la frustracción de no haber sido bendecido por los dones de la vida con la más mínima habilidad para hacer puntería ante diana alguna. Se dice, incluso, que protagonizó algún que otro altercado en época de fiestas por disparar, en las barracas de tiro, a los puros en lugar de a los palillos que los sostenían. Todos, quien más quien menos, tenemos nuestra particular experiencia de la perspectiva unilateral que toma la vida a consecuencia de las rémoras manifestadas durante la infancia de cada cual; no obstante, resulta, digamos, un poco fuera de estadística obtener la compensación, una vez adultos, al modo en que la obtuvo nuestro conspicuo vecino. Pongo por delante la honorabilidad de mis testigos y refiero que cada miércoles, día de mercado, al mediodía, en sus horas de descanso y una vez diluido el gentío de las más prietas horas, recorría los tenderetes de pajarillos a la búsqueda de la más espléndida pieza de serinus canarius canarius, como a él mismo le gustaba decir, no conformándose con menos de dieciocho centímetros de pico a cola, con vistoso plumaje, pues al final todo es cuestión de estética, conforme solía afirmar. Los vendedores (esto lo sé por otras fuentes) conocedores del percal, trataban de convencerle asegurándole la procedencia directamente de Holanda o de Norwich del animalillo que se considerara, lo cual también les reportaba un ligero incremento en el margen comercial si es que, al fin, lograban que lo mercara, circunstancia que anticipaban cuando lo veían aparecer con una bolsita de higos. Tampoco, es cierto, faltaba quien entregara al pajarillo como en otros tiempos y lugares pudieran haber entregado unos amantes padres a su hija: como virgen sacrificial, y, asimismo, quien simple y llanamente se negara a la venta, ocasión entonces de algún berrinche solucionado por la buena acción mediadora del guarda jurado. Ya en su casa introducía al infeliz canario en una fría y vulgar jaula metálica y lo alimentaba hasta el sábado siguiente con los frutos referidos procurando, durante ese tiempo, y siempre según sus propias palabras, ganarse su confianza. Llegado que fuera el día señalado, se levantaba con las primeras luces, desayunaba fuertemente, se embutía en su uniforme de cazador, ceñía la canana, cargaba la escopeta, colocaba una silla a treinta centímetros de la jaula , se sentaba apoyando los brazos sobre el respaldo y los cañones sobre la portezuela abierta de la maculosa jaula y disparaba los dos cartuchos; luego ya limpiaría la pared festonada de rojo y gualda. Parece ser que alguna que otra vez necesitó recargar el arma. Es posible que de ahí traigan causa, al menos, un par de juicios de faltas que se resolvieron con una multa y la retirada temporal de la licencia de armas. Con todo, nadie le pudo privar de saberse, durante cada uno de los fines de semana de liturgia , un ganador nato.

III

Ahora que ya conocemos ciertos rasgos relevantes de la personalidad de nuestro héroe y alguna anécdota de lo más destacado de su existencia podemos pasar a relatar el suceso más extraño del que se pueda tener noticia y el más desconocido de su biografía.

Las buenas gentes suelen tener arraigada la firme convicción de que toda acción conlleva ineluctablemente su premio o su castigo, gracias a una especie de justicia cósmica, que termina por reordenar lo que los hombres previamente han desbaratado. Por mi parte desconozco que se hayan hecho estudios que clarifiquen si esto es así o no; lo único que puedo hacer es, a fecha de hoy, una vez cumplido el plazo de silencio que me ha sido impuesto y sin desvelar la ciencia y razón de tal conocimiento, pues así me lo impide el juramento prestado, hacer público lo que a continuación se expone.

Chema, el cazador, como les suele ocurrir a los de su categoría, no era partidario de mezclarse con la gente si no había por medio un objetivo mercantil; bien es cierto que según y como, ya que, como tenía una visión altamente jerarquizada de la sociedad, se puede aseverar que se comportaba como un león con quienes consideraba inferiores y como un corderillo con quienes supusiera superiores; en todo caso, no había nadie que fuera su igual, y en consecuencia disfrutaba de su asueto paseando solo, perseguía las sombras de la noche recorriendo los jardincillos domados del parque nuevo. Este hábito lo mantuvo todos los martes, jueves y domingos de todas las estaciones del año hasta cierto jueves de octubre de hace veinte años. Aquel día no presentaba, en principio, nada de extraordinario; las geometrías en que se encerraban los arbolillos y matorrales eran igual de predecibles y familiares que otro día cualquiera. El viento pegajoso e insistente del sur silbaba una de sus monótonas y tradicionales salmodias; la obscuridad puede que fuera un poco más intensa de lo habitual, haciendo más tenue y fantasmagórica la pálida lucecilla amarilla de los faroles. De pronto, dos pasos después de cruzar el puentecillo de madera rojiza que sobrepasa ese amago de riachuelo que cruza los jardines, sintió 'el cazador' que algo le retenía el pie derecho, dio un empellón para liberarse sin siquiera molestarse en volverse para averiguar qué le importunaba; fue cuando un agudo dolor frío le recorrió la pierna entera, le subió por la espalda y estalló en su cerebro, emitió un alarido olímpico como si de un yonqui de alto 'standing' en plena competición se tratara y, entonces, se volvió. Aterrorizado comprobó cómo un hombre le estaba mordiendo el pie. Tenía una enorme boca y apretaba, con fuerza inaudita, sus feroces dientes en la mitad del empeine. El desdichado, atravesado por un inenarrable sufrimiento, y, petrificado por el miedo, no podía atinar más que a abrir su garganta para gritar, tratando de expulsar el aire de hasta el último recoveco de los intestinos, pero no conseguía emitir sonido alguno, al tiempo que aquel ser feroz seguía mordiendo y mordiendo para que la noche se le anudara al cuello como una capa con capuchón. Pudo ver cómo unas garras, que hacían las funciones de manos, se incrustaban en sus rodillas como se hienden los garfios del macelo en la carne inerme del ganado. No pudo más; comprobado el fracaso de toda pretensión de liberarse, cayó como plomo sobre la gravilla, sintiendo cada piedrecilla golpear sin piedad cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo. Con la cara retorcida y el ánimo desgarrado, aún dispuso de un resto de lucidez, en aquel horror, para percatarse de que el agresor se transformaba adoptando apariencias infernales; así supo que era el demonio quien le torturaba con semejantes dentelladas. Muerta la esperanza y viéndose arrastrar al infierno de pronto se puso a rezar. Rezó con una fe que no recordaba haber poseído jamás. Le rezó a la Virgen María solicitando el socorro que por su boca no salía. Entonces los cielos se iluminaron en rojo incendiario, semejaba que se hubieran levantado barricadas en las autopistas celestiales y estuvieran los ángeles quemando neumáticos. Se quebraron las sombras y una luz sin igual iluminó aquella escena para nadie en un arrebol extravagante. Tal era su intensidad que el demonio se detuvo en su ataque, cegado y miserable parecía aturdido cuando el furor de nubes enloquecidas presagiaba una aparición. Y así ocurrió, descendiendo delicada y serenamente llegó hasta el alcance de la mano de Chema la escayola de una virgen venerada con cara de muñeca y manto azul, fabricada con la piedad y devoción inconsútil de una fundación privada y repintada por las manos inexpertas de un infante escolar para el día de la madre. Chema, el cazador, agarró la figura con las dos manos y en rápida acción golpeó con ella en la cabeza del nuncio infernal; al instante, tras un ruido sordo, se desvaneció el maligno y en el suelo quedaron restos irreconocibles de lo que fuera una figurilla de escayola. Chema se incorporó y cojeando llegó hasta a su casa; fue capaz de conciliar el sueño al tercer día y obtuvo una baja laboral de tres meses de duración por depresión nerviosa.

No puedo contar más. Desconozco si el de Berceo hubiera podido considerar éste como uno de los milagros de Nuestra Señora; al menos, sin atisbo de malignidad, diría que este suceso maravilloso es prueba de la utilidad, aunque sea de choque, de la religión en tiempos descreídos.

© Javier Ignacio Cimadevilla 2001

SUMARIO

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