Josep Carles Laínez

Nota biobibliográfica
Artículo  Cuando Soria ya no sea Soria
Reflexión  ¿Qué nombre tenía el nombre de Numancia?

artículo

Cuando Soria ya no sea Soria

 

Garray es una pequeña localidad vecina a Numancia. Viajando desde la capital soriana hasta el cerro de la leyenda, uno ve los carteles indicadores, e incluso, aunque sea perdiéndose, llega a entrar en el pueblo. Una gasolinera próxima, en la carretera nacional, con sus luces en la noche, me hizo presagiar brillos más agudos en el valle: esa ciudad en cuya entraña, tantos escritores, han encontrado un latido de Castilla más insondable aún que la misma Castilla.

En algún otro texto, ya he hablado de mis vínculos sentimentales y familiares con diversas localidades de Soria (en particular, con la capital de la provincia y con la noble Almazán; allí vivieron muchos años mis abuelos y mi madre). Los publicó el escritor y amigo Antonio Ruiz Vega en su web Soria Libre, desaparecida al igual que tantas revistas y colecciones de libros donde se dejaba constancia de un mundo (curanderos y ensalmos, relatos populares, vínculos primigenios, religiosidad arcana…) en vía de extinción, o de cuya memoria pocos, más bien pocos, guardarán recuerdo en breve. Volúmenes y artículos imprescindibles, aquellos de los Cuadernos de Etnología Soriana, para recrear Soria; también para crearla.

Soria es un lugar a donde deseo ir, es decir, cada vez que se plantea un viaje a sus tierras, esa ida la vivo con anhelo: por el recorrido, cruzando Aragón, yendo a las raíces de mi carne; por la gente con la que suelo estar en el alto llano numantino (el mismo Antonio, Isidro-Juan, Javier, Fernando…); y por volver a experimentar el silencio de Soria, uno de los lugares donde Europa sigue siendo Europa, y aún se escucha, junto al ladrido nocturno de los perros, cómo galopan los jinetes del ensueño y el fuego crepita en la noche mística de las piedras. Será un tópico hablar de la morosidad que impone el frío, o del sosiego en el que te sumerges mientras escribes un poema, cruje la madera y los árboles tienen nombre. Será un tópico… pero las cosas en Soria tienen la hechura de lo verdadero, el ademán de lo perdurable. O de tal modo las siento, cruzando una calle o mirando al cielo desde una madrugada en vela.

Toda Soria es un abismo de Castilla, es decir, el punto de fuga donde convergen las líneas más pretéritas de su pasado, el territorio donde la historia castellana se convierte en mito allende los siglos. Al igual que Burgos, aflora de ella la ruina. Pero a diferencia de los lugares que nos retrotraen al medievo, Soria nos aboca a nuestra gota de sangre más antigua. Soria es el primer vagido de Hispania, el centro metafísico de una patria celtíbera, las cuevas que dejan manar el murmullo de las diosas...

Por eso el día que junto al espacio sagrado de Numancia te encuentres remedos de edificios urbanitas, que donde antes anidaban las cigüeñas aparquen los vehículos y las motos, que la hierba sea arrancada y los insectos ya no existan, que los árboles nacidos libres sean confinados al reducto de las vallas, que la mentira artificial se anteponga a la verdad purísima, que los chopos del Duero sean la postal de un anuncio televisivo… el día que Soria ya no sea Soria, quizá nosotros tampoco seamos ya nosotros: ni los sorianos, ni quienes tantas veces nos sentimos sorianos, y estos días más que nunca. El atentado natural que desea perpetrarse en Garray, esa patria contigua a lo legendario, es la noticia que perturba las tierras que custodian el espíritu.

Los cambios pueden ser imperceptibles y no darte cuenta. La sorpresa se produce cuando la destrucción de un paraje natural se anuncia, se festeja y encima se proclama con el cinismo de nombrarla con el antónimo de cuanto significa. La “Ciudad del Medio Ambiente de Soria” es, así, una aberración. Mejor dicho, una abominación de políticos irracionales y de arquitectos sin escrúpulos, cuya vanidad sobrepasa su conciencia. No persiguen otro objetivo que el material, el más ruin, y desean acabar con la naturaleza al creerse dueños de la tierra, amos de los días que podrían aquí vivirse.

Ecocidio es una palabra harto molesta, pero es oportunísima. Ecocidio es el ansia incomprensible de construir cualquier cosa en no importa qué lugar. Como si hicieran alguna falta nuevos pisos, casas de fin de semana, la creación de puestos de trabajo cuando el paro es el mismo y no hay nadie que trabaje. Ecocidas son quienes mienten para extraer un provecho del ladrillo, aunque sólo sea el de la pompa. Ecocidas aquellos que los secundan. Y ecocidas quienes no proclaman la ignominia.

Hasta ahora quedaban espacios, si no sagrados, sacralizados. En el momento en que éstos se violan con impunidad y regocijo, penetrando hasta el tuétano de nuestra esencia, hemos de comenzar a pensar en el final. Al menos en dar testimonio del ocaso de nuestra civilización, en ser los últimos que den un grito, porque el día que Soria ya no sea Soria, Europa misma estará muriendo.

© Josep Carles Laínez
Heraldo de Soria, 22 de marzo de 2007, pág. 16.

 

reflexión

¿Qué nombre tenía el nombre de Numancia?

 

 

 

La primera vez que visité Numancia fue en un verano; tal vez en 1985, o en 1986 a más tardar. Está ligada tal fecha a mis tiempos de bachillerato, lejos de uno entonces por el anhelo del porvenir o, décadas después, por la nostalgia de lo inexorablemente acaecido. En aquellos años, andaba yo al rastro de esa literatura con mayúsculas que tan poco iba a tardar en aparecérseme, y muchos de cuyos nombres aún no habían caído en ese descrédito que sólo la edad otorga. Dos de esos autores situaban en Castilla un centro, quiérase mítico quiérase errático, de sentires. Huelga mencionarlos a pesar de que ahora, y aquí, los transcriba: Gustavo Adolfo Bécquer y Antonio Machado. Estos dos poetas, para quienes tenemos el español como una de nuestras lenguas maternas (y aun más para quien ha sido fecundado por un aprendizaje sentimental en este idioma) son, en un cierto momento del trayecto iniciático de la adolescencia, la literatura sin más, es decir, la Literatura. El viaje a Soria, pues, de ese año 85 u 86, en las postrimerías de siglo, fue el primer recuerdo que conservo de una búsqueda mía, aunque de unas pesquisas no concretadas en lugares, sino en esa tierra media entre lo que la tradición nos da y nosotros le añadimos. Aprovechando una estancia en La Pola de Gordón, localidad leonesa situada casi a los pies del puerto de Payares, donde la luna nos encontraba cantando en la amistad y los prados, trazamos las curvas necesarias para llegar (hablo de mi familia y de mí en ella) a ese punto inexacto de Soria cuya mención se aunaba a lo agreste del paraje. Entré en Numancia, de ser ello posible, antes de entrar en Soria. Y antes de entrar también en Almazán, un poco después, al día siguiente. Era, como he escrito, verano. Estábamos en el mediodía, y el cielo, todavía lo siento, traslucía un clarísimo azul más allá de su azul cotidiano. Entre la montaña donde las piedras aún rugían y el horizonte vertical donde barruntaba mis ojos, sólo luz. Así recuerdo Numancia esa mañana declinante del estío. Jamás viera el cielo más cercano de lo que lo vi en el monte del sacrificio, mis pies penetrando en el osario de la tierra, mis manos escarbando el cuerpo asosegado de la derrota. Porque nunca se vuelve a sentir más hondamente el fracaso como en esos años de formación y quereres imposibles, cuando aún somos jóvenes y no lo sabremos tan a tiempo.

 

Pero Numancia existía en mí antes de mi paso a través de ella. Y existió más tarde. Quizá aquellos espacios poblados con el ansia, previamente a posesionarme de ellos con el cuerpo, son una recurrencia a la que no afectan datos ni fechas específicos. Lo digo porque dos años después de aquella primera visita, escribí un breve poema en aragonés (mi lengua madre reencontrada) que dice así traducido:

 

Numancia entre olivos y gritos desgarrados

parece un absorto proyecto de desamor,

una vida, una locura del abandono más peregrino,

de la melena más vestida de oraciones entre los ríos.

 

Lo publiqué dentro del conjunto, con título que ahora se me antoja cursi, “Como rosada de a nuei” (“Como rocío de la noche”), en el número 7-8 (perteneciente a 1991) de la revista Ruxiada de Teruel. Numancia era para mí, en ese poema, una hermosa muchacha, un cuerpo de placer arrojado a las fauces de la corrompición y el olvido. Es decir, era más, aunque tal vez también menos, de la Numancia sola. Todavía me pregunto (o posiblemente ya no) por qué aparecen los olivos como uno de los hitos del alto valle: de una parte, los chillidos; de la otra, un árbol procedente del Mediterráneo, a pesar de crecer también en Soria, como bien me hizo saber Fernando Sánchez Dragó mostrándome el que flanquea el jardín de entrada a su casa. Numancia no existe, pues. O no existía ya en mí cuando tal poema fue escrito. O se hizo presente, quién lo sabe, en forma de nada ya, de un mero recuerdo –una remembranza transida, así y todo–, flotando entre el tiempo y las oliveras del lugar. ¿No es así el desamor que prende en el segundo de los versos como, rezando de modo literal, un absorto proyecto? El grito, el desamor, el abandono, una cabellera acarreando el tiempo junto a un río... ¿el Duero? ¿No será ese río el Turia, o el Palancia, o el Huerva diminuto al menos como guardo su memoria?

 

Todo lo mítico –y con ello lo épico– nos trasciende. No existieron las gestas, sino los cantos emanados de las mismas. No existió la escritura del poema, sino meramente mi recuerdo en sus palabras. Pongamos así una fecha para aquel sitio de Numancia y no nos servirá. Numancia, como he dicho –aunque también Numantia–, era un nombre, pero yo quería escribir el nombre antiguo de Numancia, las sílabas exactas que pronunciaron aquellos hombres cuando perecieron al calor de la victoria que impone toda lealtad. ¿Cuáles fueron sus sonidos? ¿Cuáles sus cánticos? Entrecierro los ojos brevemente y me veo en aquel cerro donde el aire, en algún requiebro, aún deja oír las voces antiguas de la noche (porque fue en la noche, ¿no?, aquel ocaso). Vuelvo a abrirlos y me contemplo en esta segunda visita a Numancia. Es invierno, también mediado el día, y sopla un cierzo vigilante. Doblo ahora la edad de aquel que fui sobre estas ruinas, pero no se da la falsa melancolía de lo no vivido, sino la demorada conciencia del imposible. Paseo con Rosa María por el sendero trazado sobre el suelo y busco aquel azul, aquella altura, aquella perspectiva de lo ignoto. ¿Numancia sigue en mí? ¿Alguna vez dejó de estarlo?

 

A la madrugada, presintiendo estas palabras en Castilfrío, emborrono con tinta unas páginas de libreta. Será que siempre perseguimos la voz añeja, la más prístina, donde instaurar nuestro imperio. ¿Quién me ayudará a ascender la colina si nunca la he descendido? ¿Con quién pronunciaré el nombre de Numancia antes de arder con ella, o en ella, o entre esa oración de la vida y un peregrinaje incierto? Los perros de la estepa soriana hablan con sus ladridos en este instante exacto de la noche. No logro descifrar el arcano que ocultan en la distancia, pero me pregunto, al despertarme varias veces, si las ruinas de Numancia no tendrán el pulso de lo humano en sus entrañas y habrán trascendido así toda existencia. Pues cuando todos nos hayamos convertido en piedra, ¿seremos otra cosa que Numancia?

© Josep Carles Laínez
Soria Libre, enero de 2003, página web www.sorialibre.com, ya desaparecida.

 

 

 Nota biobibliográfica:

Josep Carles Laínez en Numancia en 2002Josep Carles Laínez (Valencia, España, 1970) es autor de una variada obra literaria y de investigación, para lo cual se ha servido cronológicamente de diversas lenguas hispánicas ligadas a sus raíces familiares y sentimentales.

 

Desde 1989 hasta 1999, desarrolló una enorme producción en lengua aragonesa, fruto de la cual fueron diversos galardones y publicaciones: Onso d’Oro del Ayuntamiento de Echo, accésit en el premio “Ana Abarca de Bolea” por Peruigilium Veneris (1992) y Bel diya (1998), accésit en el Premio Internacional de Novela Corta por A besita de l’ánchel (1993)… A estos libros, se habría de añadir el poemario En o gudrón espígol xuto (1991). Colaboró en revistas como Ruxiada (de la que fue cofundador), Fuellas, L’Albada, Rechitos…, con poemas y traducciones al aragonés. En 1999, apareció su libro Deseyos batalers, que recogía los artículos publicados en el periódico Siete de Aragón durante los años anteriores. Es miembro de pleno derecho del Consello d’a Fabla Aragonesa, y fue miembro fundador de la Colla de Fablans d’o Sur d’Aragón en 1989.

 

En lengua asturiana, llevó a cabo hasta 2010 una intensa labor de creación literaria, habiendo obtenido en dos ocasiones el Premiu de Teatru de l’Academia de la Llingua Asturiana, por las obras Elsa metálico (1998) y Thule (2009). Además de ello, cabe destacar sus poemarios Lenta lletanía del cuerpo nel hedreru (2007) y La piedra ente la ñeve (2010), publicado en alfabeto latino y deseret simultáneamente. Fue colaborador semanal del periódico en asturiano Les Noticies durante cuatro años (2000-2003), y una selección de sus columnas fue editada en traducción española con el título Ene marginalia (2003). Ha traducido al asturiano, entre otros, a Sandro Penna y a Vicent Andrés Estellés, y ha realizado la edición y traducción de la Poesía asturiana completa del filósofo y académico Lluis X. Álvarez, amén de ser coautor, junto con Vicente Haya, de una versión de haiku japoneses al asturiano: Caballinos del diañu, lluciérnagues y caparines (2004).

 

Paralelamente, se ocupó de sus dos lenguas familiares: el español y el valenciano. Así, en 1995, publicó el poemario Dionysíaka, al que habría de unirse el conjunto de su poesía completa en valenciano, con el título de Anxia (2001), que obtuvo el premio “Roís de Corella” de los Premios “Ciudad de Valencia” del Ayuntamiento de Valencia el año 2000. Igualmente, se ha de señalar su obra de teatro Berlín (2001). El año 1998, acometió la traducción de los Cuentos de adolescencia de Vicente Blasco Ibáñez desde su probable lengua inicial de escritura: el valenciano; y en 2000, vio la luz su versión en lengua española del libro Extranjero en su patria y otros poemas políticos del occitano Joan Larzac. Es miembro del consejo de redacción de la revista Paraula d’Òc y de la asociación Òc-València, que trata de unir con iniciativas culturales todo el territorio panoccitano.

 

En español, es asimismo creador de diversos libros que muestran una rica heterodoxia. Dos poemarios: Exotica martyria (1991) y Música junto al río (2001), en el que introduce versos enteros en el dialecto castellano-aragonés de la comarca valenciana del Alto Palancia. Ha publicado asimismo una novela, Alma (1997); un libro de aforismos, In hoc signo vinces (1998), que ha conocido traducciones al estonio y al alemán; y una nouvelle dialogada, Una noche más (2002). Junto a estas obras, cabe destacar un conjunto de libros de género indefinido, que son, sin duda, los más íntimos de su autor: el libro de no ficción La tumba de Leónidas (2006); la recopilación de prosas literarias Aquí la noche tiene el nombre de Valeria (2007), donde trata de forma muy lírica del ser y devenir de Castilla; y La muerte del padre (2009), diario para el que se sirvió en su escritura de media docena de lenguas y que es un relato de lo que el título define, y que inauguró su proyecto dietarístico Tabularium, del que han aparecido hasta ahora dos entregas. Ha sido finalista del Premio de la Crítica Valenciana en su modalidad de ensayo en dos ocasiones.

 

Dentro de su labor como estudioso de la literatura en español, cabe destacar la primera edición de la obra inédita del Seiscientos El mayor de los milagros de José Tello de Meneses (2001), la reedición de la novela Mosén Pedro de Benjamín Jarnés (2005), así como la edición de los Escritos taurinos de Francesc Almela i Vives (2006), y de las Cartas a Emilio Gascó Contell de Vicente Blasco Ibáñez (2012).

 

En el campo de los estudios audiovisuales, fue miembro del consejo de redacción de la revista de cine Banda Aparte, así como colaborador en publicaciones teóricas como Archivos de la Filmoteca e Imatge. El año 2003 apareció su estudio Construcción metafórica y análisis fílmico, y es coautor de los títulos Filmar la mirada (2001), Cultura visual contemporánea (2007) y Hollywood revelado (2012). Fue miembro de la redacción del programa de cultura El Faro de Alejandría (1998-2000), dirigido y presentado por Fernando Sánchez Dragó para Canal 9-Televisió Valenciana.

 

En un ámbito más artístico, ha publicado los libros de autor El naixement de la platja (2001) y Trànsits (2002), y dos plaquettes de poesía experimental en inglés, Shipwreck (1999) y Archangel’s Appeal (2000), lengua en la que publicó diversas piezas experimentales durante comienzos de los 90 del siglo XX tanto en Canadá cuanto en los EEUU. Asimismo, ha realizado varias performances: Memorial (2001), Umbrae (2002), Lux (2003), Sacra (2003) o Iter (2009), todas con el trasfondo del paganismo. Al mismo tiempo, ha teorizado sobre este género artístico en el libro colectivo Cartografías del cuerpo (2004) y en la revista italiana Aut Aut (2004).

 

En un terreno más académico, Josep Carles Laínez es licenciado con grado en Filología Española, así como licenciado en Filología Valenciana, en Comunicación Audiovisual, y diplomado en Lenguajes Audiovisuales, por la Universitat de València; ha realizado estudios de Teología en el Seminario Evangélico Unido de Teología y en la Escuela Feminista de Teología de Andalucía. Ha sido profesor visitante en la Universidad Nacional Autónoma de México, habiendo impartido cursos y conferencias en lugares como la Hofstra University de Nueva York, la Komazawa University de Tokio, la Universidad de Lund, la Universidad de Tirana, la Universidad de Puerto Rico, la Universidad de Castilla-La Mancha, la Universitat de València, la Universitat Jaume I, la Universitat Catalana d’Estiu, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, el Instituto Castellano-Leonés de la Lengua, el Club de Roma, el Daedalos Institute of Geopolitics de Chipre…

 

En el ámbito institucional, fue documentalista y posteriormente adjunto a dirección de la Fundación Valencia Tercer Milenio-UNESCO (1997-2003), bajo la égida de la cual participó en la realización de proyectos como la Declaración de Responsabilidades y Deberes Humanos (1998), en el cincuentenario de la DUDH, con más de un centenar de participantes de todos los continentes del planeta. Igualmente, coorganizó más de una decena de congresos de ámbito internacional.

 

En la actualidad, y desde 1998, es jefe de redacción de la revista Debats, editada por la Institució Alfons el Magnànim.

 

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Su vinculación con Castilla le viene a través de su rama paterna: la histórica ciudad de Cuenca y la villa de Millana (Guadalajara), en concreto la casa de los Astudillo, de la cual procede. El vínculo con Soria, sin embargo, es más reciente en el tiempo, hundiéndose en la España de la primera mitad del siglo XX, cuando a su abuelo, ferroviario, lo destinaron a Almazán, adonde se dirigió con su esposa e hija. Durante toda su infancia, Josep Carles Laínez vivió oyendo los recuerdos de su madre y de su abuela sobre la ciudad de Soria y de Almazán. Después, la visita adolescente a la ciudad del Duero y a Numancia, y la amistad con buenos sorianos como Antonio Ruiz Vega y Fernando Sánchez Dragó, le hicieron amar las tierras de Soria, encontrar en ellas un latido antiguo y familiar, y querer unirse a su historia, tradiciones y cultura.

 

El paganismo explicado a los niños

 

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