In Memoriam - Antonio Machado

Colliure y los últimos días de Machado
(1)

Isabel Goig y Maruska

Pensando en Machado
Antonio Machado, dibujo de Picasso

(esperamos vuestras
machadianas colaboraciones)

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Puerto libre

Antonio el Bueno duerme allá en Colibre,
a Colibre que en Lope es española,
hoy es francesa
y siempre catalana.
Antonio el Bueno duerme
civilidad de religión cristiana,
oh patria de la muerte, oh puerto libre.

Gerardo Diego

 

ColliureColliure se había convertido en los últimos tiempos en un destino deseado por nosotras. A veces es mejor dejar los lugares quietos en la ensoñación, por aquello de que la realidad no siempre se acerca a nuestras ilusiones. En el caso de Colliure, Cot Lliure, Colibre, Puerto Libre, se acercaron y ampliaron. Queríamos dejar sobre la tumba del poeta sevillano nuestro humilde –y no por ello menos sentido- homenaje, sencillo como era el maestro, con esa sencillez sin afectación, como tantas otras que deambulan fantasmales. Unas líneas en un papel arrancado de nuestra mejor libreta, aquella que siempre nos acompaña y vive, con nosotras, el calor del camino y el sabor del vino de la tierra. 

ColliureTodo nos resultó fácil, que no siempre es cómplice de lo amable. Apenas fue necesario preguntar, con lo que nos gusta a nosotras dirigirnos a las personas y pedir esta o aquella información. Lo hicimos, pero más por ver asentir, y por costumbre. Aparcamos frente a un carrusel romántico en azul y rosa, que da vueltas delante del gran castillo que fuera castrum romano, después castillo de los condes de Roussillon y más tarde uno de los edificios de la corte itinerante de los Reyes de Mallorca. Por el centro de la avenida discurre un río extenuado, con el lecho empedrado, bordeado de enormes plataneros, y al otro lado, vimos el nombre del hotel donde íbamos a alojarnos, Templarios.

Pensión de madame Quintana. ColliureCruzábamos el río Douy por un puente cuando, aún las pequeñas maletas rodando la acera, vimos la casa de madame Quintana. Allí, frente a nosotras, presidiendo una parte de la plazuela –la Placette- que tiene una estatua en el centro dedicada a todos los que murieron por Francia. Exenta, rosada, sola, con aspecto de abandono reciente. Unas empinadas escaleras se dirigen a la puerta principal -¿cómo bajaría y subiría por ellas el maestro, tan enfermo, tan agotado?- luego vimos que otra puerta se abría por un lateral.  

Castillo de ColliureA esa casa llegó la familia Machado el 28 de enero de 1939. Seis días antes habían salido de Barcelona hacia el exilio precipitado, empujados, ellos y miles de personas más, por las tropas de Yagüe, por entonces en la Tarragona recién tomada. Cabe imaginar cómo serían esos días para todos, en el mes de enero, sin suficientes mantas ni provisiones. Don Antonio, su madre, José, uno de sus hermanos, y Matea, la esposa de José, se refugiaron primero en una masía cerca de Cerviá de Ter, y en Mas Faixá, cerca de Figueras, después. Caminaron desde allí un buen trecho hasta que consiguieron coger un tren en Cervere que les llevaría a Colliure. Antes, hubieron de pasar la noche, hasta la llegada del tren, en un vagón de una vía muerta, ateridos de frío. Todos hemos visto fotografías y películas de aquel éxodo donde se mezclaban camiones del ejército, ambulancias, coches y, sobre todo ello, personas a pie cargadas con niños, con bultos de sus escasas pertenencias. Huían de los fascistas y aún en la huida, les bombardeaban. 

Fue Corpus Barga quien llevó en brazos a la madre de Machado, desde la estación a la pensión. Se habían encontrado en el puesto fronterizo de Balitres, y les dijo a los encargados de custodiar la frontera que Machado era para los españoles lo que Paul Valéry para los franceses. 

Quince días antes, el seis de enero de 1939, Antonio Machado firmaba un artículo en La Vanguardia de Barcelona con el título “Desde el mirador de la guerra”. Escribía sobre Europa, la turbia política de Chamberlain y sobre la llamada “no intervención en España”. Terminaba con estas palabras: 

España, por fortuna, la España leal a la nuestra gloriosa República, cuantos combaten la invasión extranjera, sin miedo a lo abrumador de la fuerza bruta, habrán salvado, con el honor de la Europa occidental, la razón de nuestra continuidad en la Historia”. 

Casa donde estabala merceria de JulietteAún sentía esperanzas. No hubo continuidad en la Historia, la gloriosa República está todavía por reaparecer. Cinco personas fueron los depositarios de las palabras, y los hechos, del maestro durante los veintiséis días que permaneció, vivo, en Colliure, Jacques Baills (jefe de estación suplente cuando los Machado llegaron a Colliure), Mme. Quintana, Mme. Juliette Figuères (dueña de una mercería frente al hotel Quintana) y José y Matea, hermano y cuñada respectivamente de don Antonio. Por ellos sabemos de la situación angustiosa que vivieron, también en el aspecto económico. Tenían dinero, pero era de la República y no servía para nada. Hasta tal punto, que las hijas de José Machado, muy jóvenes, habían sido enviadas a Rusia para su protección y no podían escribirles. Enterada de ello Mme. Figuères y su esposo, les dieron dinero para que compraran papel y sellos. 

Por Baills conocemos que se tenían que turnar el hermano y él para bajar a comer, ya que sólo tenían una camisa cada uno, y el día que la lavaban debían esperar a que subiera el otro e intercambiársela.  

“… teniendo por costumbre el llevar las cuentas de Mme. Quintana (me encargaba de apuntar en el registro del hotel el nombre de todos los clientes que llegaban), entre ellos vi el de Antonio Machado que se había apuntado como profesor. Esto me hizo reflexionar e inmediatamente me acordé de que hacía tiempo, cuando iba a clase nocturna, aprendí poesías de Antonio Machado, Así pues me atrevía a preguntarle si el profesor que estaba en el hotel era Antonio Machado el poeta. Y entonces sin darse importancia ni nada, sin nisiquiera sonreír, me dijo: ‘Sí, soy yo’. Así que empezamos a hablar (…) Y a partir de entonces al final de cada comida, iba a verles, me sentaba con ellos, y charlábamos un rato (…) Hablábamos de cosas triviales, porque yo sentía que me estaba tratando con alguien que se situaba muy por encima de mis posibilidades y que enseguida me vería dificultado para contestarle”.

Desde el castillo de ColliureJacques Baills le proporcionaría al maestro sus últimas lecturas. Habían perdido todo el equipaje en los seis días errantes. Don Antonio sentía, sobre todo, la pérdida de sus libros y de un manuscrito. Baills le proporcionaría, a petición de José, unos que conservaba de su época de estudiante, “El amor, el dandismo y la intriga” y “El Mayorazgo de Labraz”, ambos de Pío Baroja; y una traducción de “Los vagabundos”, de Máximo Gorki. Estas serían las últimas lecturas de Antonio Machado. No escribió nada. Extenuado, las musas se habían olvidado de él para siempre. También por Baills, sabemos cómo fueron para la familia los días transcurridos en casa de Mme. Quintana. La gran sencillez y educación de todos ellos. Cualquier comida les parecía bien, la preocupación constante de Mme. Quintana por ellos era agradecida con discreción, desde el rincón más apartado del comedor que habían elegido para las comidas. 

Durante las comidas eran ellos la preocupación constante de Madame Quintana –y eso que era costumbre suya el cuidar de su clientela- porque sintió que esa gente quizás necesitara más consuelo que los demás. Por eso se preocupaba sin cesar por saber si tenían bastante comida y sin cesar les preguntaban: “¿Han comido bastante? ¿Les gusta esto o no?” Y ellos, siempre discretos y sencillos, respondían: “Sí, está bien, nos basta”. Siempre les bastaba. Hay que añadir que tenían una gran preocupación –lo supe por José que me lo dijo- y era que disponían de poco dinero y temían no poder pagar la totalidad de la cuenta cuando llegara el día de marcharse de Colliure.

Cuatro días antes de morir, Machado, muy grave, enfermo del corazón y asmático, gran fumador, agotado por el viaje hacia el exilio, fue visitado por el doctor Cazaben, a instancias de Mme. Figuères. Así lo cuenta ella. 

El doctor Cazaben le recetó algunas medicinas y nos dijo que no se podía hacer nada. Antonio se moría, de eso ya no nos cabía la menor duda. Estuvo cuatro días muy agitado e inquieto. Se veía morir. A veces se le oía decir: “¡Adiós, madre, adiós, madre!”, pero mamá Ana, que estaba bien cerquita en otra cama, no le oía porque estaba sumida en un coma profundo (…) Él estuvo dos días en agonía. Le llevé la botella de champán [la tenía reservada Mme. Figuères para cuando pudieran conocerse don Antonio y el hijo de ella] para mojarles los labios a los dos. Estaba consciente, me miraba y me dio las gracias con una sonrisa.

Don Antonio Machado Ruiz falleció el 22 de febrero de 1939, a las tres y media de la tarde. José quiso que se le amortajara con una sábana, había escuchado decir a su hermano que era suficiente, para enterrar a una persona, envolverla en una sábana. Su madre, según narra Matea, la esposa de José, despertó unos instantes del coma. 

Apenas habían sacado el cuerpo sin vida de Antonio y por una de esas cosas que asombran, mamá Ana tuvo unos instantes de lucidez. Nada más volver en sí miró hacia la cama de Antonio y preguntó, como si la naturaleza le hubiera avisado de lo sucedido, con voz débil y angustiada: “¿Dónde está Antonio? ¿Qué ha pasado?” Y José, conteniéndose como pudo, le mintió diciéndole que ya sabía que Antonio estaba enfermo y que se lo habían llevado a un sanatorio. “Allí se va a curar”, le dijo. Recuerdo que mamá Ana le dirigió una mirada en la que se veía que no aceptaba ninguna de aquellas palabras. Luego cerró los ojos y tres días después moría.

Colliure y los últimos días de Machado ( y 2)  >>>

Flecos de un viaje a Colliure, Isabel Goig

 

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