In Memoriam - Antonio Machado

Poemas de poetas a Machado

Ondas de Radio
Raymond Carver

Homenaje en Colliure
José Agustín Goytisolo

Una figura herida
Antonio Carvajal

El “Winnipeg” y otros poemas
Pablo Neruda

Colliure, febrero
Francisco Giner de los Ríos

Agonia d’Antonio Machado
Salvador Espriu

Compliment a Antonio Machado
Miquel Martí i Pol

Pensando en Machado
Antonio Machado, dibujo de Picasso

(esperamos vuestras
machadianas colaboraciones)

 

Ondas de Radio
Raymond Carver

 

 

para Antonio Machado

La lluvia ha cesado, y la luna ha salido.
No entiendo nada de las ondas de radio.
Pero creo que se transmiten mejor justo
después de llover, cuando el aire está húmedo.
En cualquier caso, ahora puedo coger Ottava, si quiero,
o Toronto. Ultimamente, de noche, me sorprendo
ligeramente interesado por la política canadiense
y sus asuntos internos. Es verdad. Pero normalmente
lo que buscaba eran sus emisoras con música. Me siento
aquí en la butaca y escucho, sin tener nada que hacer,
o pensar. No tengo televisor, y dejé de leer
los periódicos. De noche pongo la radio.
Cuando escapé aqui trataba de alejarme
de todo. Especialmente de la literatura.
De lo que ella entraña, y de lo que trae a rastras.
Hay en el alma un deseo de no pensar.
De estar quieto. Emparejado con éste,
un deseo de ser estricto, sí, y riguroso.
Pero el alma también es una afable hija de puta
no siempre de fiar. Y olvidé eso.
Escuché cuando dijo: Mejor cantar a lo que se ha ido
y nunca volverá que a lo que aún sigue
con nosotros y estará con nosotros mañana. O no.
Y si no, también está bien.
Tampoco importa demasiado, dijo, si un hombre nunca canta.
Esa es la voz que escuché.
¿Puede imaginarse que alguien piense cosas así?
¡Qué absurdo!
Pero tengo estas estúpidas ideas de noche
cuando me siento en la butaca y oigo la radio.
Entonces, Machado, ¡su poesía!
Era como un hombrecillo mayor que se vuelve
a enamorar. Una cosa digna de observar,
y embarazoso, además.
Y llevo tu libro a la cama conmigo
y me duermo con él a mano. Un tren pasó
en mis sueños una noche y me despertó.
Y lo primero que pensé, el corazón acelerado
allí en el dormitorio a oscuras, fue esto:
Todo es perfecto, Machado está aqui.
Entonces me volví a dormir.
Hoy llevé tu libro conmigo cuando salí
a dar mi paseo. «¡Presta atención!» -decías,
cuando alguien preguntó qué hacer con su vida.
Conque miré alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté al sol, en mi sitio
de junto al río desde donde puedo ver las montafias.
Y cerré los ojos y escuché el sonido
del agua. Luego los abrí y me puse a leer
«Abel Martín».
Esta mañana pensé mucho en tí, Machado.
Y espero, incluso cara a lo que sé de la muerte,
que recibirás el mensaje que pretendo enviarte.
Pero está bien aunque tú no lo recibas. Que duermas bien.
Descansa. Antes o después espero que nos veamos.
Y entonces yo podré decirte estas cosas directamente.

© Raymond Carver, Bajo una luz marina, 1987
(traducción de Mariano Antolín Rato, Colección Visor de Poesía)

Machado-Carver José María Conget

Raymond Carver

Homenaje en Colliure
José Agustín Goytisolo

 

Aquí, junto a la línea
divisoria, este día
veintidós de febrero,
yo no he venido para
llorar sobre tu muerte,
sino que alzo mi vaso
y brindo por tu claro
camino, y por que siga
tu palabra encendida,
como una estrella, sobre
nosotros, ¿nos recuerdas?,
aquellos niños flacos,
tiznados, que jugaban
también a guerras, cuando,
grave y lúcido, ibas,
don Antonio, al encuentro
de esta tierra en que yaces.

Una figura herida
Antonio Carvajal

Cara a cara miró la faz terrible
y el rostro no volvió ni hurtó los ojos.
De aquella lid sin luz quedóle un hielo
de bello nombre y dura huella: hastío.

Buscó en los hombres paz, buscó en los hombres
la hospitalidad que no le pudieron
ofrecer, la amistad que raras veces
aplacó su inquietud.

Miró los campos,
las colinas, las cumbres, las estrellas,
y definió su angustia como amor,
como tristeza.

Vuelto el rostro un día,
los ojos de su padre vio en su frente
posarse con piedad. Gritó. Y el grito
fue un estertor postrero de caduco
viejo entre cuyos labios la sed pone
algo así como hervor, lágrima acaso.

Se le vio caminar entre exiliados
hacia otro exilio, y en el breve espejo
que retuvo sus ojos un instante
algo entregó de sí que alguien persigue.

Ni duende, ni ángel, ni gracia tuvo,
pero estuvo habitado de verdad
con la desolación del hombre bueno,
su palabra dolor en otra herida.

El “Winnipeg” y otros poemas
Pablo Neruda

 

La guerra civil –e incivil- de España agonizaba en esta forma: con gentes semiprisioneras, acumuladas por aquí y allá, metidas en fortalezas, hacinadas durmiendo en el suelo sobre la arena. El éxodo rompió el corazón del máximo poeta don Antonio Machado. Apenas cruzó la frontera se terminó su vida. Todavía con restos de sus uniformes, soldados de la República llevaron su ataúd al cementerio de Colliure. Allí sigue enterrado aquel andaluz que cantó como nadie los campos de Castilla.

Colliure, febrero
Francisco Giner de los Ríos

Detrás del Canigou de azul y nieve
me llamaban los cerros españoles
y yo soñaba aviones en Toulouse
o barcos por las costas de Levante
que llevasen a tierras de Castilla.

Pesaban la amargura y la derrota,
las horas del Perthus y la frontera,
pero aún no era desierto aquel desierto
de Vernet con sus prados y pinares,
sino tregua en la lucha no acabada.

Y de repente una mañana supe
-y su luz toda se nubló en los ojos-
que en Colliure, frente al mar, en el silencio,
se apagaba la sien de don Antonio
y el corazón de España se callaba.

Agonia d’Antonio Machado
Salvador Espriu

Arran de l’amplitud vinc a morir,
en un tranquil rompent del mar antic.

Arribo de la por d’enllà dels cims,
d’on gossos folls rabent baven la nit.

S’emmirallaven alts cels cristal.lins
en el nascut a la vora d’un riu.

A frec d’un altre t’atures, respir,
just quan et pensen somnis massa prims.

Els teus cabells no semblaven de lli,
però ferien, amor, de tan fins.

Aviat ventres tous quedaven tips
de les engrunes de magres bocins.

Rengleres d’àlbers m’obren llarg camí,
em vaig perdent atret per llunyans brills.

Ocell d’abismes, fuig del vesc de nius,
de la foscor d’olives i raïms.

Jo, l’home bo, senzill, contemplatiu,
enmig de gent somric amb ulls petits.

Em llencen, en captar, paraules vils:
les torno d’or, cançons d’un poble trist.

Després de tant esforç, què vols de mi?
Sóc dalt del bot sense rems ni proís.

Anem-nos-en avui ones endins,
alliberats de carn i d’esperit.

No triguis, mare. Solcarem perill,
veurem el llot de l’ànima, la fi.

Compliment a Antonio Machado
Miquel Martí i Pol

No t'he dut flors, Antonio, t'he portat
un silenci amorós, per no interrompre
el teu íntim diàleg amb la mort
que fa tants anys que dura. Compartir-te
ha estat deturar el temps, per retrobar-me
més ingenu que mai i amb un sanglot
a flor de pell, com una criatura.
No t'he dut res, Antonio, però estimo
més que abans aquest mar que m'ha vist créixer
i prop del qual confio de morir
d'ençà que he vist que tu m'hi acompanyaves.

 

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