In Memoriam - Antonio Machado

Curiosidades

El olmo de Machado
Revista El Duero nº 1

Los Poetas
Juan Antonio Gaya Nuño

Cuento de Navidad
Emilio Ruiz

Pensando en Machado
Antonio Machado, dibujo de Picasso

(esperamos vuestras
machadianas colaboraciones)

 

El olmo de Machado
Revista El Duero nº 1

Nuestro buen amigo Adrián Martínez Tierno (quien, por cierto, sigue luchando por su Museo de Fósiles), nos ha remitido fotocopia del número 1 de la revista "El Duero", de fecha 30 de noviembre de 1913. En la página 3 de esta revista aparece una foto de un olmo a la orilla del río, al que don Antonio le dedicaría el poema "A un olmo seco". Puede que fuera éste, en todo caso, y según el texto del poema, podría ser cualquier otro, en una "colina que el Duero lame", lo cual quiere decir que no estaba a la orilla del río. Ahora bien, dado que Antonio Machado acababa de marcharse de Soria, tal vez los responsables de la revista (que no aparecen por parte alguna y de la que sólo se sabe que está impresa en la Imprenta de M. Reglero y Hermanos) supieran que el olmo fotografiado era al que Machado le había dedicado el poema.

 

Los Poetas
Juan Antonio Gaya Nuño

(15 de febrero)

Los Campos de Soria desde el Castillo de GormazDe 1907 a 1912, don Antonio Machado profesaba sus cursos de Lengua francesa en el Instituto de Soria. He oído hablar de él a quienes le vieron discurriendo por la ciudad o en el vagón de tercera de sus viajes. O en el claustro del Instituto, o en sus paseos puente abajo, y, más tarde, cuando se le murió su pálida mujercita, subiendo al cementerio, ya casi cuarentón, aviejado, desengañado, pero con sillón en el Parnaso, al lado de Lope y de Góngora.

"¿Qué es en Soria El Espino?", me han preguntado muchos a quienes escapaba este triste epílogo del poeta en Soria. Y cuando les aclaraba no ser sino el cementerio, me miraban con respeto, como si los sorianos poseyéramos toda la clave secreta de la poesía de Antonio Machado. Y creo que, en efecto, la poseemos. Pues nadie piense que la obra del primer poeta español de nuestro siglo, por ser de tan enorme y sencilla diafanidad, de cristal tan escasamente conceptuoso, deje de contener clave. Constituyen ésta los ríos, cerrillos y sierras que iba descubriendo Machado a los españoles con una especie de lírica sosegada, humana y cordial, con una templada y serena benevolencia por todo lo vivo y lo inerte que iba descubriendo su vista enamorada. Los españoles no saben ver su tierra sino adulterada por sangrientos, subversivos, amenazadores tópicos en que siempre se encuentra, latente, la guerra civil. Antonio Machado se acercaba al paisaje, a la inmanente y fabulosa herencia geológica de nuestra tierra, e ignoraba cuanto no fuera esencia contemplativo, es decir, poesía. ÉI realizó el milagro de aprovechar las licencias líricas, aparatosas y deslumbrantes de Rubén Darío, para sintetizar una poesía de salutación al paisaje más pobre y austero de las Castillas. Paisaje que le confirió portentosos secretos, como el de su primavera, por nadie conocida:

Primavera soriana, primavera
humilde, como el sueño de un bendito,
de un pobre caminante que durmiera
de cansancio en un páramo infinito.

Campillo amarillento
como tosco sayal de campesina,
pradera de velludo polvoriento
donde pace la escuálida merina.

Los sorianos sabían del verano y del invierno, pero no supieron de la primavera silenciosa y humilde, hasta que no llegó nuestro don Antonio Machado. Pero ¿por ventura sabían algo de su paisaje? Antonio Machado, con todo el joven entusiasmo de su joven cátedra, se encontraba una Soria rodeada de paisaje inédito, tanto humano como geográfico. Nadie había cantado al Urbión, a la sierra Cebollera y al Moncayo; nadie había contado con el indígena, el a un tiempo callado y retórico indígena que paga las contribuciones. Por desgracia, los más inquietos ancianos de Soria, los qué no se intoxicaron con el juego y el casino, sólo se habían preocupado de cosas muertas, de Numancia y de CaIatañazor. No veían el maravilloso paisaje, la tremenda geología soriana, y he aquí que aparece un joven profesor sevillano, con entusiasmo no modelado por ningún prejuicio local, y con ojos abiertos a los tonos grises y otoñales de la tierra mía. Baja por el Collado, sin detenerse en los casinos, rebasa San Pedro, atraviesa el Puente, se adentra por la ribera de chopos Y sube a las sierras. Y, ahora, todo lo noble de Soria quedaba antologizado, condensado, en una summa poética trabajada no más que con nobleza, sencillez y lirismo de buen cuño. Ésa es nuestra clave, ésa es la ventaja sabedora que todos los sorianos llevamos sobre cualquier otro español. Y uno de los muchos menesteres que he realizado en mi vida, y el más gustoso, ha sido el de intérprete y guía de Machado, situando y detallando los lugares de esta geografía entrañable:

... por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, oscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera...

El recuerdo de Campos de Soria enaltece: un soriano podrá alardear siempre de que su tierra fue cantada por el altísimo poeta, que conocía no sólo a los campesinos y a los pastores "cubiertos con sus luengas capas", honrados y benignos, sino a otros terribles paisanos míos. "El hombre de estos campos que incendia los pinares", "El hombre malo del campo y de la aldea", "La sombra de Caín", que no le pasaban inadvertidas. Insistió poco en esta maldad, que siempre es materia ingrata para un poeta, pero la conocía, y prefirió dar un poco de lado el elemento humano, entregándose, con toda su capacidad de amor, al paisaje, dejando sonar los murmullos de la Laguna Negra, helarse las nieves del Urbíón, cambiar de forma, según se ven desde el tren, los

Pinos del amanecer,
entre Almazán y, Quintana.

Pinos que contempló muchas veces, porque era viajero y soñador. Cuando se marchó de Soria, en 1912, ya tenía completa la lírica epopeya de la tierra soriana, y cabe preguntarse ante su cambio de rumbo: ¿Se dio cuenta la ciudad de que albergaba a un poeta de antología excelsa? ¿Comprendió que él ensanchaba sus límites administrativos, entrándolos en la Arcadia? ¡Un hombre de Sevilla que se llegaba a Soria y la comprendía, y veía colores, vida y primavera, donde todos las habían ignorado! En ello no hay deshonra para los sorianos, pues tampoco fue Salamanca exactamente entendida hasta que por ella no entró el bilbaíno don Miguel de Unamuno. Pues si los ojos ajenos ven más que los propios, Antonio Machado, en tierras del Duero, vio todo, y, entonces, este todo dejaba de ser ajeno, se convertía en propiedad de adopción, que es la mejor de las propiedades, y Soria pasó a la pertenencia de Machado, aunque alguna vez había de renegar de él. Lo previó, sin duda, el grande escritor cuando gritaba:

¡Oh, tierra ingrata y fuerte, tierra mía!

pero mejor es que ignorase hasta qué extremo había de serle ingrata esta tierra suya que ya, por los siglos de los siglos, va unida a su nombre de poeta.

© Juan Antonio Gaya Nuño, El santero de san Saturio, 1953
(Colección Austral)

El santero de San Saturio, Juan Antonio Gaya Nuño

 

Cuento de Navidad
Emilio Ruiz

I

Los Campos de Soria desde el Castillo de Gormaz- No, no y no. Por mucho que se empeñe, Vd. no es hombre de cuello blanco. Sin ánimo de ofenderle Sr. Azapiedra, da Vd. la impresión de ser un recogido.

- ¿Pero Sr. Exuperio, si Vd. supiera ... ?

- Si, ya sé que domina Vd. la gramática y que es capaz de resolver una ecuación de 2º grado. ¿Pero se ha mirado Vd. al espejo?.

- Sin embargo...

- Claro, claro, ahora me vendrá Vd. con la música de siempre. Que si don Antonio era muy espeso, que si llevaba la chaqueta llena de ceniza o que no se cambiaba de calzoncillos nada más que una vez cada quince dias.

- Bueno, yo no diria tanto.

- Pues si, lo dice Vd. Pero don Antonio se podia permitir eso y mucho más. Don Antonio no era un dandy al estilo de Montaigne o de Azorin, pero conservaba la inconfundible clase de los elegidos, de los grandes hombres, de la aristocracia ganada; no la de la sangre sino la del conocimiento de si mismo. ¿Lo comprende Vd.?.

- El caso es Sr. Exuperio que yo estoy empezando a preocuparme de mi vida por primera vez.

- Algo es algo. Pero no se olvide Vd. que don Antonio conservaba cierta altivez, la altivez del poeta que ha conseguido llegar a la perfección absoluta y divina como ser humano.

- Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

Asi que ya puede Vd. ir sacando esa calderilla de sus roidos bolsillos e ir pagando sus deudas antes de embarcarse en ese peligroso viaje para conseguir nada menos que su autogobierno.

- Yo no diría tanto Sr. Exuperio. ¿Pero Vd. cree que un hombre puede llegar a gobernar su propia vida?.

- Por supuesto. Es lo primero que Vd. amigo Azapiedra, debe pretender.

- ¿Y si no lo consigo?.

- Pues continuará Vd. dando traspiés yendo de aquí para allá, como peonza, bailando al son de cada día. ¿Sabe Vd. lo que es un pelele?.

.../...

© Emilio Ruiz, Camino de la memoria, 1999 

Emilio Ruiz

 

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