José Reyes

poesías

EN EL FUTURO INMEDIATO

Trazarás cien veces más,
mil veces más,
toda tu vida,
el mismo camino
y verás ese mismo patio,
ese desvencijado espacio
para el alivio preciso
a tanta retórica
obligada y cansina.
Verás las mismas ventanas,
los mismos gestos de hastío
y reconocerás esa impaciencia
que se despierta
cuando la hora en punto
se está asomando en el reloj.
Pero ya no habrá esperanza
en ese cotidiano camino
pues sus ojos no han de aparecer,
nunca más,
entre la naciente claridad.
Tú seguirás avanzando,
como siempre,
y respirarás el aire
implacable del recuerdo,
pero ella ya no surgirá
arrastrando cansancio
y, entonces, sólo entonces,
te darás cuenta de lo que has perdido
y odiarás ese paisaje
sin alma ni cariño.
Avanzarás arrastrado
por una cotidiana obligación
hasta que tu cuerpo sangre
por la aspereza de la ausencia,
hasta que tu alma se muera
en los implacables brazos del olvido.

 

 

Por poder, podría pedirte
abandonarme, como en un sueño,
en tus brazos, en tu regazo,
en el pálpito de tu pecho.
Podría refugiarme
en un abrazo eterno
en el que tus manos claras
me acariciaran sin sueño.
Y podría quedarme dormido
entre tus brazos tiernos.

Por poder, podría pedirte
tan sólo uno, sólo un beso
en el que mi vida naciese
arrastrada por tu aliento.
Podría dibujar tu silueta
sobre el opaco lienzo
de la noche, a golpes de rojos labios
en un susurro perpetuo.
Y podría quedarme olvidado
entre tus labios de fuego.

Por poder, podría pedirte
la desnudez de tu cuerpo
para descubrir tus vértices
y sumergirme en tus secretos.
Podría fundirme en tu barro
de ardor y arena hecho
y que el alba me encontrase
atrapado en tu venero.
Y podría quedarme perdido
en las sombras de tu cuerpo.

Por poder, sólo puedo pedirte
un lacónico adiós
                            y el silencio.

 

 

LA NOCHE HA CAÍDO DE BRUCES

La noche ha caído de bruces
junto a tu estera,
en silencio pronuncias su rostro,
sus indiscriminados gestos,
sus ojos.
La lejanía es sólo un trasunto
de tus dolencias
y vas dejando que el tiempo
cincele el recuerdo dormido
como si en cada aliento estuviese presente su perfil,
como si en cada roce amaneciese su tacto,
como si en cada sombra se iluminasen
sus recónditas expresiones.
Lo revives en cada pálpito
y a bocanadas te acabas preguntando
por qué sigues teniendo
ese sabor agridulce de sus dedos
que recorre incesante tu cuerpo,
por qué sangra de este modo
la soledad indeseada e insoslayable,
por qué la noche cae de bruces,
tan brutal y terrible,
junto a tu estera
justo en el preciso instante
en el que soñabas que había para ti
un instante precioso y bendito
de sosiego, de calma, de olvido.

 

 

Está agotado de buscar
mil y una veces consecutivas
cada resquicio de luz en su alma
para satisfacer expectativas ajenas.
Se fue construyendo sin tregua,
se hizo a los moldes extraños,
se soñó sin juicio,
se inventó sin origen,
se deshizo sin clemencia,
se desvaneció sin premeditación alguna
y al fin se despertó,
hambriento y dolido,
descubriendo que su rostro
no era siquiera el que había imaginado.
Había conseguido la perfecta ausencia
de cuanto era y poseía,
había logrado alcanzar la infinitud
de serlo todo sin ser apenas nada,
había acomodado su discurso,
encajado sus palabras,
ablandado su verso,
amansado su plegaria.
Todo es perfecto,
todo menos esa imagen
irrepetible y constante
que se presenta ante su espejo
y lo aboca a las fisuras de su alma.
Pero ya está agotado,
ya presiente que es preciso,
al menos conveniente,
deshacer la farsa
antes que se descubra
desterrado en la desvaída
frotera de lo inexistente.

 

 

La compañía en la oscuridad
a veces estorba
pero nunca está de más.
Es el interrogante que todos necesitamos,
la caricia que todos perseguimos,
la palabra que a veces
no nos atrevemos a pronunciar
por miedo a que alguien nos recrimine.

La compañía en la oscuridad
es algo más que un mero añadido
porque nos encara como amenazante
y nos roza amorosa.
Es ese intervalo de tiempo que todos necesitamos
aunque a veces nos negamos a reconocer
porque no siempre estamos dispuestos
a reconocernos vulnerables.

La compañía en la oscuridad
no es sino aquello de lo que adolecemos
y si nos falta
algo se resiente en lo íntimo
de nuestro diario íntimo,
ese que no escribimos
sino con letras inteligibles
sobre el espacio indeterminado
de nuestros sentimientos.

La compañía en la oscuridad
es tan necesaria
que acabamos acostumbrándonos
a tenerla cerca
cuando no podemos dibujar sus contornos
y acabamos creyendo
que todo es parte de la rutina cotidiana
sin darnos cuenta
de que ella es parte de nuestra sombra.

© José Reyes 2000

 

José Reyes

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