Verónica Retamero

relato

El tren

 

Estación de Miño de MedinaceliEra uno de esos días de agosto en los que el sol pegaba muy fuerte, y se hacía casi imposible permanecer parado en cualquier lugar. Por mi espíritu aventurero, decidí que el día siguiente tomaría un tren para viajar a la ciudad y perderme durante unas horas.

Preparé un pequeño macuto con lo indispensable: un par de bocadillos, un jersey por si refrescaba (nunca se sabe el clima que puede hacer aquí en los próximos cinco minutos), una botella de agua,, un libro para leer en el tren, una libreta y un bolígrafo.

Se acercaba la noche y, como de costumbre, después de una cena frugal me encaminé hacia la oscura taberna de la plaza del pueblo. Allí estaban los demás chicos del pueblo, jugando al mus, al tute, o viendo la televisión. Ponían una película del oeste. Los muchachos me saludaron y me hicieron un hueco en una mesa para q me uniera a la partida; así lo hice, y les comenté mi idea de "tomar un tren a ninguna parte".

Andrés hizo una mueca y me dijo que estaba loco. Hice como si no le hubiera oído mientras observaba a los tahúres. Al poco rato, me levanté y dirigí mis pasos hacia la barra. Me comenzaron a temblar las piernas cuando ví la imagen de aquella chica de la que hacía tantísimo tiempo que no tenía la más mínima noticia.

Poco después me enteré de que había vuelto aquella misma tarde, que el dueño del bar la había llamado para que le ayudara en los meses estivales, "porque con tanto veraneante no se da abasto".

Ella estaba allí, de pies, sonriente, conversando con un cliente que acababa de entrar. Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentía ganas de huir, de dar la vuelta e ir hacia la mesa, o hacia mi casa, no sé, en definitiva, escapar. Pero pensé en decirle algo, saludarla, hablar de este gran espacio de tiempo que había pasado desde la úlltima vez que se dejó caer por aquí. Al final, tan solo conseguí pedir una cerveza.

Un par de horas después volví a casa. Todavía tenía en mente el viaje aventurero. De hecho, ya tenía comprado el billete, y no era cosa de desaprovecharlo. Me metí en la cama, pero dormí poco.

Por la mañana anduve a pie los escasos setecientos metros que me separaban de la estación, de la desvencijada estación, ya casi sin cristales, y que apenas cobijaba del frío en invierno, destruída por el paso de los años y los escasos cuidados. La mayor parte del trayecto en tren seguía por una gran zona de pinares, casi virgen, en la que apenas se podía apreciar la mano destructora del hombre. Era un espectáculo maravilloso todo ese verdor impoluto, casi mágico. He de confesar que es una de las cosas que más me gusta ver. Intenté observar a través de la ventanilla, de mirar solamente el cristal, de modo que no se veía la carretera cercana, sólo el bosque de pinos, con ese aroma tan particular. Comencé a imaginarme en un tren antiguo, de esos de carbón, que tanto ruido hacían cuando se acercaban a una nueva estación, allí, de la mano de mi amada; porque no me sentía capaz de intentar un acercamiento mayor. Me imaginaba junto a ella como dos pioneros de esos del Oeste, como los de la película de la noche anterior, felices, con muchos planes en la maleta, y no sólo un par de bocadillos y una botella de agua, y, además, solo.

¿Por qué mi imaginación me jugaba estas malas pasadas? Después de tantos años no había pensado en ella, y desde la noche anterior al viaje se convirtió en una obsesión de la que no podía escapar, tan fuerte como real.

Este pensamiento me acompañó durante todo el día: con las parejas del parque de la Alameda, rodeados de palomas, en el restaurante por el que decidí cambiar los bocadillos, con los estudiantes de la biblioteca... Todo rezumaba amor, excepto yo, que estaba solo en medio de la ciudad, por mi timidez y cobardía. Ojala la diosa Afrodita me pudiera ayudar.

Ya caída la tarde, tomé el último tren de vuelta a casa. De nuevo, el libro que elegí para el viaje siguió guardado en el macuto; mi mente estaba ocupada inventando modos de hablar con ella, de decirle algo que le pudiera gustar, de mostrarle lo que sentía por ella. Ideé mil modos, tal vez un millón de fórmulas de acercamiento, y en ello seguía cuando llegué a mi casa. Del mismo modo que la noche anterior, tomé una cena ligera y me acerqué al bar a ver jugar a las cartas. Allí estaban los demás esperando a que les contara alguna anécdota graciosa, o en general, cómo me había ido el día.

Yo no hablé, me acerqué a la barra pensando en todas mis reflexiones, intenté abrir la boca para saludarla de nuevo, y de nuevo, no pude más que pedirle una cerveza.

© Verónica Retamero 2001

 

Verónica Retamero

SUMARIO

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