In Memoriam - Bernabé Herrero

Poemas

 

Título: Poemas

(Verso)

Autor: Bernabé Herrero

Edición y Prólogo de Andrés Trapiello
Epílogo de Enrique Andrés Ruiz

La Veleta 2005 Granada

236 páginas

Tenemos ante los ojos una cuidada edición de la obra poética de Bernabé Herrero Zardoya. No podía ser de otra forma, habiéndose ocupado de ella Andrés Trapiello.

Supone para nosotras una emoción y un acto de justicia, el que la obra de este poeta haya sido editada. En primer lugar por su calidad, y después para reparar el desconocimiento que de él existe (¿existe el desconocimiento como tal?), incluso en su propia tierra. Y ello, a pesar de tener en su sobrina, doña Inés Tudela Herrero, una verdadera mantenedora. Veremos luego qué opinan Trapiello y Andrés de este hecho, y pasemos a recordar algo de su vida.

Bernabé Herrero nació en Soria, el 2 de abril de 1903. Trabajó y vivió en Soria, Madrid y Sigüenza, donde permaneció hasta 1929. Bernabé Herrero fue amigo íntimo, además de cuñado, de José Tudela de la Orden. Ambos vivieron unos años en los que se dio por nombrar a Soria como una “pequeña Atenas”, dado el número de intelectuales que hacían de la ciudad un lugar mucho más habitable que en la actualidad.

En Sigüenza conoció a Luis Barrena, Agustín Muñoz Grandes y Adolfo de Miguel y en esa ciudad episcopal escribió sus dos primeros libros de poemas, además de ocuparse del suplemento de la revista Carmen, llamado Lola, que se imprimía en una imprenta alcarreña y que Gerardo Diego, gran amigo de Herrero desde que aquél llegara a Soria,  dirigía desde Santander.

Licenciado en Derecho, consiguió una beca para Bolonia a donde fue con su amigo Adolfo de Miguel. Este viaje llevó a su amigo por los caminos del fascismo. Al regreso, Adolfo de Miguel aprobó las oposiciones de Fiscal y Bernabé las de Juez, y a comienzos de 1936 fue destinado Bernabé a la provincia de Jaén, concretamente a Huelma,  donde vivió hasta el comienzo de la guerra, momento en el cual, al acudir él a Madrid para saber qué hacer, Felipe, el secretario de su Juzgado, fue fusilado.

Bernabé Herrero, como se comprenderá, era un hombre de izquierdas. En Madrid su cuñado, José Tudela, le consiguió un visado para salir de España. Llegó a Francia a comienzos de 1937 y allí Gerardo Diego y su mujer, francesa, le hospedaron en su casa durante unos meses, hasta que el poeta soriano consiguió un puesto como lector de español en Aurillac. Diego recuerda este hecho en el In memoriam a José Tudela –quien también estuvo en Francia en casa de los Diego- y dicen que “juntos pasamos buenos ratos con Herrero y Larrea”.

En Aurillac, Bernabé Herrero conoció a Marie Louise, profesora, con quien contraería matrimonio en 1938, y con quien tendría dos hijas, siendo destinados como profesores a la Escuela Normal de Dax.

Bernabé Herrero, a quien siempre le anduvieron rondando las tendencias depresivas, llevó muy mal el exilio. Todos, familia y amigos, hicieron las gestiones para su vuelta. Su amigo Adolfo de Miguel, con un cargo importante dentro del régimen franquista, le comunicó la inexistencia de acusaciones contra él.

En 1953 volvió por fin a España. Todos habían hecho lo posible por facilitarle las cosas, incluso le buscaron un trabajo con un criminalista, amigo suyo de la juventud. La España que Bernabé Herrero encontró distaba de la que había dejado y seguía recordando desde el corazón y, sobre todo, desde su intelecto. Volvió a Francia y de nuevo a España para preparar la vuelta definitiva, pero, cuando parecía que todo estaba dispuesto, enfermó y sobre esa enfermedad del cuerpo, la del alma se le hizo más penosa.

Murió el 13 de junio de 1957, rodeado de recuerdos españoles, de cartas que le llegaban de los amigos y la familia y escuchando zarzuela, género al que era muy aficionado.

Más de cuarenta años después de su muerte, un compositor musical se fijó en dos poemas de Bernabé Herrero y les puso música. Se trata de don Manuel Castelló Rizo, residente en Alicante, donde dirige la Banda de Música del Centro Artístico Cultural “Verge de la Pau”, de Agost. Los dos poemas musicados son CARRETERA DE LA ERMITA y ¡QUIERO VIVIR AQUÍ!, ambos para tenor y orquesta de cámara.  

El libro Poemas se estructura en cinco apartados, además del prólogo y epílogo. En primer lugar Emociones campesinas, editado en 1925. Tonadas del camino, 1926. Letrillas castellanas, 1934. Orillas, 1947. Otros poemas (1904-1956), bajo el epígrafe Los jardines de Tours.

De la obra de Bernabé Herrero, dice Andrés Trapiello que es un “desconocido, no raro ni maldito”. Su poesía es, para este escritor, “orquídea de la singularidad”. Su forma de vida hace que le sitúe con las “gentes cuyo modo ordinario y regular de vida ha acabado llevándoles al anonimato, la forma más inocua y verdadera de la rareza”.

La exquisitez de la prosa de Trapiello, el atino al escoger los conceptos, la asociación de praxis y metáfora, hacen del prólogo una interesante pieza narrativa: “… si acaso sus libros no fuesen tan singulares, tan raros en su franciscanismo, tan sorprendentes en su claridad, tan misteriosos en su ingenua dicción”.

“Mínima, diríamos, mínima y lírica, florecillas de un camino, de una pradera mínima no en lo que tenga de pequeño o de segundo orden, sino en lo que tiene de sincera confesión, pulsada únicamente en los trastes de la emoción”.           

En el epílogo, otro intelectual de relieve como es Enrique Andrés Ruiz, se detiene en la personalidad de Bernabé Herrero recordando “viejas palabras de familia”, las que su tía Isabel lograba evocar de la figura del poeta. Repasa aquellos años de Soria, los veinte y treinta, y aún otras décadas, en las que, quien fuera gran amigo de Bernabé, Gerardo Diego, a partir de la publicación de “Letrillas castellanas”, “hubiera decidido hacer distingos entre el amigo y el poeta”.

Dice Andrés Ruiz que, antes de morir “dejó versos estupendos, muy esenciales, muy emotivos, muy musicales, de una fina taracea verbal mediante la que fue capaz de producir delgados efectos melódicos sin renunciar a una palabra verdadera y sencilla”.  

A su sobrina Inés, la poesía de su tío que más la emociona, es 

QUIERO VIVIR AQUI...

A Jorge Guillén

Quiero vivir aquí. Nada más quiero
este infinito azul que me acompañe.
Quiero que mi alma - triste ya se bañe
en las sonoras márgenes del Duero.

Quiero sólo la luz, la línea invicta
de la llanura que se van tan lejos.
Sólo quieren mis ojos tus espejos,
agua que tiernas efusiones dicta.

Y llegado el caer, que tú me ampares,
caridad de los olmos ribereños,
testigos de recónditos azares.

Olmos verdes en vegas amarillas.
Cuánto sabéis de enamorados sueños
tejidos en la paz de las orillas!

Del libro “Letrillas castellanas”, 1934.

© soria-goig.com

 

Bernabé Herrero

SUMARIO

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