Isabel Goig

relato

Arturo y su tienda de coloniales

Miño de MedinaceliVivíamos un otoño aprimaverado. Últimamente viajo poco sola, y esa tarde lo hacía en compañía de Antonio y Alex. La provincia de Soria ejerce en mí, ya sea en soledad o compañía, la fascinación de los grandes espacios vacíos. Los pueblos casi abandonados, las sierras convertidas en redondeados montes por la erosión, el frío, a veces roto por la columna del humo... Es como entrar en una gran casona, atravesar un vestíbulo, sentir las telas de araña rozándome la cara, arrebujarme en la ropa, para, de pronto, empujar una puerta y hallarme frente a una chimenea, un fuego bajo, encendido y ante él hallar a un viejo casi ciego invitándome a pasar.

Yo sé que esa imagen dista mucho de la oficial de Soria, no tanto de la real; en todo caso es la sensación que yo percibo y de la que no puedo, ni quiero, sustraerme. No se trata de sensación de decrepitud, sino de ancianidad, con esa belleza de la ancianidad fresca, con apenas arrugas alrededor de los ojos, y la piel tersa y todavía sonrosada. Acogedora como un viejo camino, que diría Neruda.

Ese fin de semana hacíamos la ruta de Medinaceli. De vuelta para Soria quería evitar la carretera general y nos adentramos por una local; por ella llegamos a Miño. He visitado Miño de Medinaceli en varias ocasiones, pero, al entrar de nuevo, me dí cuenta del tiempo transcurrido desde mi último paso por allí. De pronto, no sé porqué, me acongojé. Les pedí a Alex y Antonio que me dejaran sola un rato, y mientras aprovecharan la última luz del día para tomar unas fotos.

Y me dirigí, casi sin darme cuenta, al lugar que conservaba más vivo en mi memoria: una romántica tienda junto a la vía del tren. Estaba cerrada y su fachada había sido remodelada. Ya no anunciaba coloniales, sino supermercado.

Me senté frente a ella y encendí un cigarrillo. La última vez me acompañaba María Luisa, mi hermana pequeña. Hicimos fotos; al llegar a casa las buscaría. La tienda era enorme. Ocupaba parte de un gran edificio de dos plantas, de cuidadas piedras sillar, dividido en tres cuerpos: vivienda, fábrica de harina y ultramarinos. Como he dicho, estaba ubicada en el barrio de la estación de ferrocarril, a escasos metros de la vía. Recordaba bien el nombre del propietario: Arturo. Raro para esta tierra, donde abundan otros menos sonoros y sin connotaciones legendarias.

Arturo en su tienda de coloniales Y mientras fumaba, recordaba la tienda por dentro. Al atravesar una enorme puerta de madera se penetraba en un ambiente solo posible en las tiendas de coloniales; quien haya estado dentro de una de ellas entenderá lo que quiero decir. Era muy grande; el fondo quedaba oscurecido por la humilde bombilla o fluorescente colocados en el centro del establecimiento. Lejos de apretar el ánimo, como sucede con las luces de posguerra en general, a estas tiendas les daban un ambiente entre misterioso, acogedor y romántico. No nos iríamos nunca de ellas. Tal vez consciente de ello, Arturo había instalado un mostrador de madera, a la derecha de la entrada, donde se podían beber unos chatos de vino rancio, del de consagrar, extraído de la barrica de nogal, húmeda y profunda.

A esta primera impresión se unían los olores. Siempre me ha parecido que, por encima de todos, resalta el del azafrán. Aunque no sabría decir si la congria rancia trataba de dominarlo. El cuero de los aperos, la goma de las abarcas, el vino enranciado, la congria, los productos de la pobre huerta, las sardinas arenques, el pimentón para la matanza, el azafrán..., todos se mezclaban, formando un aroma entre mareante y acre.

Recordaba, sentada cerca de la vía del tren, la tarde en que María Luisa y yo estuvimos dentro; Arturo nos convidó a unos vinos con sardinas arenques, y nos hablaba; su mujer, guapa y sonrosada, postrada en una silla de ruedas, asentía a todo. Mi hermana les escuchaba, pero yo, sugestionada, dejaba correr la vista: la garita donde se colocaba el amo, sólo para cobrar, en épocas de mucha clientela, a la vez que vigilaba a los dependientes enfundados en guardapolvos grises a fin de que atendieran debidamente a los aldeanos. Me imaginaba esa tienda abarrotada de ellos, las mujeres con pañuelo negro en la cabeza, los hombres con la boína en la mano, ambos con abarcas; sayas negras y largas para ellas, y calzones de pana con todos los soles reflejados en su pardez, tanto en sayas como en calzones. Todavía podía verse en la fachada, alineadas, unas argollas donde se ataban las caballerías con los serones repletos de grumos al llegar, y de quincalla al partir.

Pero la tienda de Arturo no fue sólo eso. Su padre, don Aniceto Dolado, fue el primer propietario de ella. Y era este hombre amigo de un diputado radical socialista por Soria, allá por la época de la República, Benito Artigas de nombre. Don Aniceto fue fusilado en un paraje cerca de Miño; su perro le siguió cuando un grupo de requetés, después de cercar sus propiedades, le detuvo; el perro se mantuvo junto al cadáver, insepulto, hasta que, tres días después, fue hallado e inhumado.

Su hijo Arturo, don Arturo Dolado, huyó ante tanta sinrazón, y anduvo el hombre perdido por el monte, perseguido por unos cuantos cobardes armados, sin que pudieran darle alcance. Pensaba yo, oyendo cada vez más cerca el silbido del tren, un tren de esos que discurren por la provincia pero no paran en ella, cumplida ya la misión de vaciarla, pensaba en la vida de Arturo, recordando al padre fusilado, a los hermanos dispersos, él mismo perseguido; y después, la compañera inválida, muerta antes que él. Y él, ya sin aldeanos, sin gente a la que servir el vino rancio, pasando la vista por toda la tienda, por toda su vida.

Pasando la vista por las cajas de fruta, algo picadas, esperando que a la vecina del barrio bajo se le acabara la fruta comprada en alguna gran superficie para poder vender parte de la mercancía. Sartenes, medias de nylon, boinas, congrias rancias, detergente Omo, bragas blancas de algodón, calzoncillos de felpa hasta las rodillas, rosarios, botas de vino, vodka Kameranoff, coñac Terry, abarcas, y los sacos abiertos por arriba, doblados en vueltas, ofreciendo las alubias, las pobres alubias de la tierra; cajas de sardinas arenques, latas de chicharros, y las barricas de roble llenas de vino de dieciocho grados.

Mis acompañantes aparecieron y no sin cierto pesar emprendimos la ruta de nuevo hasta Yelo, donde una tienda parecida nos aguardaba. Tomamos unos vinos, hicimos fotos, compramos una congria rancia para nuestras veladas en la casa de la Antesierra, y, al marcharnos, pregunté a Pedro, el propietario, la causa de que la tienda de Miño se hallara cerrada. "Arturo murió el año pasado".

Mi primer pensamiento, tan egoista, fue el que ya nunca más tomaría un vino rancio en aquella hermosa tienda, acompañada por las historias de Arturo. Después una pena honda, como si el muerto fuera alguien muy cercano, hizo presa en mí. Durante el camino de vuelta me decía una y otra vez: "nos estamos quedando huérfanos en esta provincia". Cada vez que doy la vuelta por ella, mis viejos se han muerto. Esas personas a las que yo acudo para que me cuenten sus historias, para que me ilustren sobre las tradiciones, para que me enseñen a asar bien el somarro, para que me muestren el nacimiento de un manantial, para que me expliquen qué hacer para curar una verruga. Todos se mueren.

Y recordaba a la señora Dorotea, de Beratón, y sus ojos tristes despidiéndome con la mano la última vez que la ví; y a Rufina, de Ciria, que me regalaba un queso de cabra cada vez que iba a verla; a Cosme, de La Cuenca; a Agustín, de Urex, con 85 años me enseñó los manantiales; a la señora de Arancón que me enseñó a hacer la sopa de hígado de la matanza; a Valentín, de Villar del Campo, quien, al subir al convento de San Adrián, en la sierra del Madero, me tranquilizaba sobre las pisadas de jabalíes que iba viendo, diciéndome "si te aparece alguno, tú tranquila, que ellos no atacan"; a Eugenio Torroba, de Talveila, quien con más de ochenta años se adelantaba por el monte; y a la señora María, del mismo lugar, "soltera, entera y octogenaria"; a Jesús, de Rioseco, tan pícaro, y a su madre, la señora Isabel, a la que llevaba yo dulces cuando iba a verla; Eleuterio, de Los Llamosos; Felipe de Fuensaúco; Máximo, de Yanguas.

Todos ellos han muerto. Y con ellos, un poco, o un mucho, la historia de esta provincia.

No sé bien porqué, la muerte de Arturo Dolado, acaecida un año atrás, me ha afectado más que otras. Tal vez porque con él ha muerto una parte importante de la historia de esta provincia, la que él tan bien conocía y tan de cerca le afectó: la guerra, la represión, el tren, primero acercándole los clientes y más tarde llevándoselos a tierras de hormigón y aluminio, la fábrica de harinas cerrada muchos años atrás, pero, sobre todo, la tienda de coloniales o ultramarinos, bulliciosa primero y tan decadente más tarde. Y el olor a vino rancio. Y el olor a azafrán.

© Isabel Goig 1998
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