Isabel Goig

microrrelatos

 

Casa Roldán

- ¿Qué hacen todas esas piedras encima de mis recuerdos? Sólo son piedras, me dices, pero pesan y los recuerdos, a veces, son frágiles, y otras veces desaparecen. Debajo de esas piedras están las referencias, el contenedor de las vidas, el pucherillo oxidado del café que sirvió para las noches en vela. Y tú, ¿con qué derecho lo aplastas todo? ¿Acaso eres un guerrero pálido ladrón de vidas y recuerdos?

          - No, pero lo ha mandado el amo.

  

Fuente de Sarnago

     Los muchachos querían traernos aquí.

     Éramos algo tontas.

     No, es que nos educaron así.

     ¿Y crees que nuestras madres y abuelas no bajarían?

     Bajarían, por eso no nos dejaban venir a nosotras.

 

Hacia el cementerio

Descendió la cuesta a grandes pasos. Empujó la puerta y un espacio vacío se abrió ante sus ojos. Al girarlos, a la izquierda, vio un sencillo panteón con varias lápidas, todas de los amos. Volvió a mirar, incrédulo, tratando de recordar dónde estuvieron sus abuelos, sus tíos...

Mientras, yo buscaba entre los cascotes del camino recién nivelado algún resto óseo.

 

Mirador

Fija la vista en el horizonte, recréate en las tierras sembradas o en las que están en barbecho. Deja los ojos fijos un buen rato en los montes. La religión, el catolicismo nos ha acostumbrado a levantar los ojos al cielo, pero la tierra está abajo. Y recuerda al poeta. Suelo. Ni más ni menos. Y que te baste con eso.

 

Primos

Al pie de esos montes huesudos, la caja, vieja y herrumbrosa por fuera, está llena de palabras. Adjetivos, muchos adjetivos. Y el nombre de mi madre flotando. Son adjetivos hermosos, se juntan y forman piropos y requiebros muy andaluces y muy respetuosos. Trato de ordenarlos, pero las palabras tienen vida propia. Un nombre masculino aparece de vez en cuando, como un destello, y un parentesco le une a mi madre. Una y otra vez. Se depositan desordenadas en el fondo y vuelven a formarse. De pronto sólo una frase “no puede ser, somos primos”.

 

Ah! Todo ha sido un sueño. Estuve a punto de no nacer.

 

Puerta del cementerio

Cuando me traigáis aquí no cerréis la puerta con llave. Ya estoy muy mayor y me costará saltar la tapia. Eso dijo la abuela el día que dejamos aquí para siempre al abuelo. No sé si ella, ya en su mundo, dijo lo que quería decir o pensaba en aquellos días lejanos, cuando los azules utilizaban las tapias de los cementerios para hacer llegar al otro mundo a gente  antes de tiempo. Así que yo, cuando vengo a traer flores a los abuelos, dejo la puerta abierta.

 

Sin recuerdos

¿Son ciertos, son tuyos esos ojos sin fondo, sin recuerdos, sin vida? ¿Es así la gélida y terrible noche del olvido? Se te han alisado todas las cicatrices, esas por las que la vida pasa, tropieza, revive, recuerda, ama y vuelve a amar.

     Cuéntame algo de aquel día que recuerdas.

     Me cogí de tu brazo y paseamos, solos. Mi hija, a lo lejos, nos iba haciendo las fotos más hermosas que nunca me han hecho, brumosas, como tus recuerdos. Me preguntaste si alguna vez había estado contigo en no sé qué lugar, al oído, respondí “también he estado en el otro lado de tu cama”.

     ¿Por qué no estás ahora también?

     Cuando pude tenerte del todo ya no quise, ya era tarde, entonces me había convertido en una feliz abuela y decidí dedicarme a ellos y en ellos estaban también mis hijos, todos mis niños son copias de sus padres y les veía duplicados.

 

© Isabel Goig 2018
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SUMARIO

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