Isabel Mata Garrido

relato

Cuando Alejandra comenzó a ser ella misma

Corren los años ochenta, el recién legalizado divorcio colapsa los juzgados.  En Barcelona es cada vez mas frecuente ver  a las mujeres casadas salir a cenar con las amigas y pasear por las ramblas, y más el número de hombres que se ve con el carrito en el super y la lista de la compra  Las mujeres buscan con mayor interés montar su propio negocio, o buscar un trabajo que les aporte mayor independencia.

Alejandra fue pionera en presentar la demanda de divorcio, con .él en su haber se sentía libre para organizar su futuro.

Se había casado muy joven, había tenido tres hijos casi cuando tenía edad de jugar con muñecas. No había tenido infancia, ni juventud. Tenia prisa por vivir, conocer otros países, otras culturas, otras gentes, pero sobre todo, quería comprobar que había salido de una familia machista, de un marido que solo le dio lugar en los quehaceres domésticos, y como anfitriona en las comilonas con sus amigos (que eran casi a diario)  quería, en las tertulias de sobremesa, tener voz, sin escuchar la tan repetida frase, “calla, que no entiendes, calla, que no sabes”.

Alejandra recogió las fotos de su boda, las cartas, y las joyas que su ex le regalara, en su santo, aniversario, o cuando le quería encubrir alguna infidelidad. Cuidadosamente lo envolvió en papel de celofán, y atándolo con una cinta de seda, lo colocó, en el último rincón del armario.

Con ilusiones renovadas, decidió hacer un viaje. Tenía ansias de vivir, de comprobar si era capaz de andar sola por el mundo, de participar en una conversación sin que la hiciesen callar, pero sobre todo, quería saber si seria capaz de despertar el interés de algún hombre que además fuese tolerante, sensible, y respetuoso.

Eligió Grecia, allí podría estar tranquila, la droga estaba muy castigada, al no haber droga, no había delincuencia, y se podía pasear tranquila a cualquier hora, sin peligro. Además, es la cuna de la cultura y la historia, había mucho que aprender, sí, iría a Atenas. Tenía todo por vivir.

Fue a una agencia de viajes. Juliá-Tour  tenía pasaje para el día siguiente. Sin dudarlo, lo cogió.

Llegó a casa, cogió una maleta y comenzó a llenarla con esmero, no quería que se le pasase nada. El avión fletado por la agencia, iba lleno de gente joven, un grupo sevillano de una empresa de cerámica que se hacía llamar grupo 5º, les alegraba el viaje con sus risas y su jolgorio, la  invitaron a unirse a ellos, eran gente encantadora.

Al llegar á Atenas,  Alejandra llamó a un taxi. Para sorpresa de ella, el taxi era compartido con otras personas que iban al mismo lugar o les cogía de paso. Dio el nombre del hotel donde tenía la reserva, hotel King Minos plaza Omónia.

Alejandra colocó la ropa en el armario, curioseó los cajones, se sorprendió encontrar en la mesita de noche la Biblia la ojeó, se fue a dar una ducha, y se tumbó en la cama para descansar las piernas, las tenía cargadas del viaje. Faltaba una hora para comer. Cerró los ojos sin dormir.

Después de comer salió a pasear un rato, al pasar junto a un kiosco se detuvo, echó un vistazo, periódicos que no entendía y revistas que sólo en alguna conocía alguna cara famosa, miró los libros, igual (el idioma, le iba a dar problemas) descubrió un diminuto diccionario. Griego-Español leyó, lo compró. Con la moneda no tenía demasiado problema, pues el dracma y la peseta casi tenían el mismo valor. Se dirigió caminando despacio hacia la plaza Sintagma o de la Concordia y se sentó en una terraza, pidió un  café,  cogió el librito que había comprado y leyó - Las palabras más usuales en griego y español.- Lo estuvo ojeando, pensó que podría ser muy socorrido.

Después de cenar, se duchó con agua fría para despejarse. Eligió un vestido de color tostado y escote palabra de honor, zapatos y bolso negro, y poniendo unas gotitas de L’Air  Du Temps de Nina Ricci, se miró al espejo con recreo, se encontró joven y bonita. Haciendo un guiño al espejo, salió.

Se dirigió hacia lo único que conocía, la plaza de la Concordia. Notó que alguien la seguía, prestó atención, sí la estaban siguiendo. Miró con disimulo, un hombre de unos cuarenta años, alto, de ojos grandes y pelo negro ondulado, su nariz recta, decía claramente que era griego, la miraba al tiempo que le decía algo que no entendió, se encogió de hombros

- No entiendo griego- dijo al tiempo que pensaba – ¡Dios mío! ¡Parece cincelado a manos del mismísimo Miguel Ángel!
- ¿Inglés?
-  No, Español.
- Nicóla-. Dijo mientras le tendía la mano.
- Alejandra. Dijo ella alargando la suya.
- ¿Cofee?

Entendió que la invitaba,  a tomar café. Pensó que no la comprometía a nada, aceptó,

-Si café.

Llegaron a la plaza Sintagma, y tomaron asiento cerca de donde Alejandra, se había sentado por la tarde. Estuvieron intentando comunicarse, entre palabras y gestos - El dijo-

- ¿Música? ¿Pasear?

Alejandra eligió pasear. Durante dos horas, estuvieron paseando por los lugares de más interés, la verdad es que en Atenas todo es de interés, cualquier rincón es historia y no es difícil encontrar en cualquier patio restos de murallas o columnas romanas haciendo valla, es increíble pero es así.

Había sido un día muy ajetreado y Alejandra estaba cansada, decidieron volver y encontrarse al día siguiente, con la ayuda del reloj, fijaron la hora, a las once. Nicolás la acompañó a la puerta del hotel, donde se despidieron con un beso en la mejilla.

Desde las diez treinta de la mañana, Alejandra veía pasear a Nicolás por la plaza, pero se contuvo de bajar antes de la hora fijada.

- ¿Acrópolis? –Dijo Nicolás-
- Si. -Contestó Alejandra-.

Nicolás paró un taxi, que pasaba ocupado, dijo algunas palabras al conductor, que ella no entendió, y subieron, sentándose junto al pasajero que lo ocupaba.

La Acrópolis, era alucinante, todos sus templos de gran hermosura, pero el Partenón, sobrecogedor, en construcción y medidas. Los arquitectos y escultores, a las órdenes de Fídias, se habían empleado a fondo dejando con  él su obra cumbre, orgullo de los griegos. Pero como exquisitez, el templo Erecteón, con las Cariátides de belleza única, las seis estatuas soportan sobre sus cabezas la cornisa. ¿Castigo? ¿Machismo? De cualquier manera era la belleza femenina en su máxima expresión.

Durante quince días, Nicolás había enseñado a Alejandra todo Atenas, Mecenas, Corinto… Al pasar por el canal de Corinto, hicieron una parada y andando llegaron hasta el puente desde donde Alejandra podía ver los dos mares. A un lado el mar Egeo y al otro el mar Jónico. También fueron a las islas más cercanas. El viaje llegaba a su fin.

Se habían comunicado de forma muy original, donde las palabras y los gestos no llegaban, Nicolás tarareaba una canción conocida, para él en inglés y para Alejandra en español, al llegar a la frase que quería transmitir, se paraba, y repetía la palabra, así Alejandra comprendía y respondía de igual forma. Se sentían a gusto juntos y esta manera de comunicarse les hacía gracia, porque había respeto y complicidad entre los dos.

Aquel día era el último que pasarían juntos. Alejandra al día siguiente por la mañana volvería a Barcelona, y Nicolás quedaría siempre en su recuerdo.

Comieron juntos y pasearon por los jardines reales, había silencios que los dos respetaban, sin duda producidos por la  proximidad de la despedida. Alejandra pensaba: por aquí pasearían don Juan Carlos y doña Sofía, cogidos de la mano, como Los Chicos del Pireo- sonrió ¡que tontería! Se sentaron en un banco, frente al palacio real, hacía calor y allí se estaba fresquito. Nicolás sacó un pequeño bloc y comenzó a dibujar una puesta de sol, la mostró a Alejandra sonriendo y arrancando la hoja la metió en el bolsillo de su camisa. Siguieron haciendo dibujos, comunicándose una vez más, de forma original, a través de ellos. Durante dos horas, continuaron entretenidos entre dibujos y bromas. De repente, Nicolás sacó el dibujo que había guardado y enseñándolo a Alejandra, la cogió de la mano levantándola, mientras decía –Es ¡fantástico!-

Se dejó llevar, caminaron hasta coger un taxi que los llevó frente a la acrópolis, allí los dejó el taxi, subieron caminando hasta un montículo donde se veía el Sol que comenzaba a decaer. En efecto, el espectáculo era fantástico. Rayos de colores, amarillos, ocres, cobres, y rojos fuego, se unían entre sí de forma mágica, en un color indescifrable. ¿Atardecer? ¿Amanecer? No se sabía decir, pero sus destellos los aturdía, y entraban en un leve sopor que les  hacía entornar los párpados. Deslumbrados por tanta belleza o por la magia del momento, Nicolás y Alejandra se transportaban al Olimpo de los Dioses. No se entendían con palabras pero estaban entendiéndose en un idioma universal. Estaban callados, el silencio lo decía todo. Nicolás cogió las manos frías de Alejandra, y mirándola a los ojos, que mantenían medio cerrados, le dijo.

- ¡Paracaló! ¡Agápimon!.

Alejandra no entendía la frase, pero repitió

- Agápimon.

Al día siguiente Nicolás acompañó a Alejandra al aeropuerto, al despedirse con un prolongado abrazo, Nicolás sacó una hoja de papel del bolsillo de su camisa en la que había dibujado una puesta de Sol y escribió algo, la dobló con primor y la puso en la mano de Alejandra, ésta la cerró con fuerza y se dirigió hacia la puerta de embarque. En el avión Alejandra se percató que también estaban los chicos del grupo 5º los saludó y cada uno se sentó en su asiento, se les notaba cansados. Alejandra se abrochó el cinturón y miró el papel que le diera Nicolás y leyó algo que no entendía más allá de Nicóla, Atenas, Grecia, pensó que era su dirección, fue a guardarlo en su bolso y encontró el pequeño diccionario, griego- español. Lo cogió y buscó con prisa.

Paracaló= Por favor.

Agapimón= Ámame.

Suspiró profundamente, guardó la hoja dentro de la misma página .y lo metió en su bolso, se reclinó en el respaldo cerró los ojos y no los abrió hasta que la azafata la tocaba en el hombro, mientras le ponía una bandeja sobre la mesita que ella misma, había sacado.- gracias- dijo, pero no se movió, no tomó conciencia hasta escuchar de nuevo a la azafata que anunciaba que tomaban tierra en el aeropuerto del Prats.

Caminó despacio al salir del aeropuerto, no tenía prisa, tenía todo el tiempo para llegar a su casa y comenzar de nuevo.

© Isabel Mata Garrido, 14-9-2007

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Isabel Mata Garrido

SUMARIO

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