Isabel Mata Garrido

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relato

Paseo por tierras sorianas

Necesariamente recurro a tierras de Soria, a recuerdos imborrables, que me quiten el estrés del momento. Recuerdo esos días en que visitaba a mi amiga-hermana, además de oxigenar mi cuerpo, ponía una inyección de optimismo a mi espíritu aletargado entre el ajetreo rutinario de la gran ciudad, donde no te deja tiempo para la expansión interior.

Disfrutaba de esas salidas por tierras y pueblos sorianos, era una gozada, en algunos pueblos como Rello donde apenas vivían dos familias, estas personas tan auténticas dispuestas a contestar a nuestras preguntas con agrado, a regalarnos historias, recetas culinarias y curativas  nos invitaban a probar sus sobadillos, su miel y hasta algún café de puchero.

Recuerdo que en alguna de esas salidas nos acompañaba ese libro andante y ameno que es Frías Balsa, me impactaba ver con qué minuciosidad observaba las derruidas fachadas de algunos pueblos donde en alguna ocasión veía alguna piedra “sospechosa” de pertenecer a algún castillo ó casa de algún señor feudal, mi amiga y él conocían a la perfección las tierras e historia de Soria.

Conocí tantos pueblos se-mi desiertos que visitarlos suponía pensar que estábamos viviendo en otra era.

No menos impactante era visitar fuentes y manantiales, y algo que a mí me resultaba increíble era el silencio, roto por los trinos de los pájaros, el graznar de los buitres y el planear de las aves, también teníamos que vigilar el suelo, no fuese que algún reptil estuviese rezagado e incluso veíamos alguna pisada de jabalí.

Todo en esas excursiones era digno de recordar. En primavera los campos florecen, se llenan de amapolas, de margaritas, de tomillo, romero y espliego, sus flores de color lila despiden ese olor agradable, sin dobleces. En verano,  los cereales ya listos para la siega, se presentan en un color rubio y sus briznas negras y punzantes. En otoño los árboles nos regalan un paisaje mágico con todo un muestrario de colores. En invierno ese gran manto blanco de nieve que cambia el paisaje hasta hacerlo irreconocible, el suelo inmaculado, solo roto por nuestras pisadas dejando unas huellas que de inmediato se cubren  por las insistentes nevadas.

Por favor que nadie destroce aquellos campos, aquellos pueblos, aquellos aires y aquellos sueños que guardo en mi recuerdo.

© Isabel Mata Garrido, 25-12-2007

 

relato

Leyendo -in situ- la Tierra de Alvargonzález

Era el mes de agosto del año 1974 vinieron unos amigos a conocer Soria y decidimos ir a la Laguna Negra. Nos acompañaba y nos servía de guía nuestro amigo Miguel Moreno

Hasta llegar al lugar recorrimos un largo trayecto 50-55 km. visitamos el pueblo de Vinuesa, donde se conserva restos romanos, un precioso pueblo con su legendario campanario y su nido de cigüeñas, estas retornan  cada año para  poner sus huevos incubarlos y alimentar a sus crías, con ese ir y venir llenando los picos de sus polluelos que incansables reclaman su alimento despiertan al pueblo de su letargo invernal y les avisan de que los fríos y las nieves dan paso a la primavera poblando los campos de olores y colores múltiples. Continuamos por los caseríos de Santa Inés con su ermita del mismo nombre  y El Quintanar ambos caseríos pertenecen a Vinuesa en  la comarca de Pinares, continuamos camino por la estrecha carretera,  hacia Los Picos de Urbión.

Nos desviamos por un camino de tierra hacia La Laguna Negra. Altos peñascos nos iban impresionando, el aire rugía más que silbaba, en las enormes cuevas nos espiaban los buitres como si de un ejército se tratase, inmóviles, expectantes, alguno levantaba el vuelo con sus vertiginosas alas marcando su territorio. Las águilas planeaban sobre nosotros, y rastros de jabalíes y lobos nos advertían lo peligroso del lugar.

Árboles quemados nos mostraban sus entrañas negras por la furia de los rayos.

Continuamos por el angosto camino hasta que los riscos nos lo impidieron, dejamos el coche y continuamos a pié  hasta llegar a lo más alto, allí me quedé presa del impacto, una gigantesca laguna azul oscuro en forma de círculo se divisaba al fondo, sus aguas glaciales aparecían negras por las sombras de las montañas dando nombre a la laguna y misterio al paisaje, el silencio era impresionante roto por algún graznido de ave ó el rastrear de los reptiles.

Decidimos parar a comer unos bocadillos y poner un poco de “chispa” al miedo con un trago del buen vino de la tierra.

Con el estómago confortado y el mágico líquido de la bota bien curada fuimos tomando confianza al lugar y nos sentíamos a gusto sentados en las rocas antes de bajar a la orilla de la laguna, Miguel Moreno gran apasionado y conocedor de Antonio Machado sacando un libro de poemas del singular poeta, se ofreció a leernos La Tierra de Alvargonzalez .

La voz de Miquel Moreno sonó grave, potente, con esa fuerza que da la seguridad de saber lo que lee y el impacto que causa, el silencio se hizo mayor y la voz nítida de Miguel Moreno se estrellaba en las rocas repitiendo su eco.

La leyenda se magnifica desde el mismo lugar donde  fue arrastrado el cuerpo de Alvargonzalez por los crueles hijos y la laguna parecía abrirse ante nosotros que aterrados la mirábamos mientras la voz seguía sonando y el eco repitiendo.

Yo miraba el sendero y creía ver a los malvados hermanos empuñando el hacha reluciente y ensangrentada mientras tiraban de la soga, ataban la enorme piedra a ésta y la tiraban a las profundidades de las negras aguas, hundiendo el cuerpo del viejo labrador. Un escalofrío prolongado se negaba a abandonar mi cuerpo, tenía que desviar mis ojos de aquel profundo pozo para poder respirar. La voz seguía sonando grave sin dar tregua, los surcos por donde corrían las aguas que agrandaban la laguna se me presentaban como regueros rojos, y parecía que el aire se iba a romper con un estrepitoso ¡crac! Sentía que la sangre se me helaba, sentía el sabor salado de mis lágrimas y sentía que la sangre de Caín bañaba aquel mágico lugar. La imagen de los hermanos envidiosos y crueles huyendo de su propia maldad y adentrándose en la laguna mientras la voz se estrellaba en las rocas repitiendo, ¡padre!, ¡padre!, ¡padre!.

Tengo que confesar que aquella excursión marcó un antes y un después en mis viajes a Soria, y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no ver reflejado en sus gentes el carácter envidioso de los crueles hermanos Alvargonzalez.

Afortunadamente la razón se impuso, y hoy Soria se me aparece con sus gentes y sus lugares maravillosos y la Laguna Negra un lugar mágico que hay que visitar, donde el capricho de la naturaleza se emplea a fondo para recreo de nuestros ojos y nuestro espíritu, a pesar de que el embrujo está suavizado por las instalaciones hechas para seguridad y comodidad del visitante.

© Isabel Mata Garrido, 2-2-2008

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