
Era el mes de agosto del año 1974 vinieron
unos amigos a conocer Soria y decidimos ir a la Laguna Negra. Nos acompañaba
y nos servía de guía nuestro amigo Miguel Moreno
Hasta llegar al lugar recorrimos un largo
trayecto 50-55 km. visitamos el pueblo de Vinuesa, donde se conserva restos
romanos, un precioso pueblo con su legendario campanario y su nido de
cigüeñas, estas retornan cada año para poner sus huevos incubarlos y
alimentar a sus crías, con ese ir y venir llenando los picos de sus
polluelos que incansables reclaman su alimento despiertan al pueblo de su
letargo invernal y les avisan de que los fríos y las nieves dan paso a la
primavera poblando los campos de olores y colores múltiples. Continuamos por
los caseríos de Santa Inés con su ermita del mismo nombre y El Quintanar
ambos caseríos pertenecen a Vinuesa en la comarca de Pinares, continuamos
camino por la estrecha carretera, hacia Los Picos de Urbión.
Nos desviamos por un camino de tierra hacia
La Laguna Negra. Altos peñascos nos iban impresionando, el aire rugía más
que silbaba, en las enormes cuevas nos espiaban los buitres como si de un
ejército se tratase, inmóviles, expectantes, alguno levantaba el vuelo con
sus vertiginosas alas marcando su territorio. Las águilas planeaban sobre
nosotros, y rastros de jabalíes y lobos nos advertían lo peligroso del
lugar.
Árboles quemados nos mostraban sus entrañas
negras por la furia de los rayos.
Continuamos por el angosto camino hasta que
los riscos nos lo impidieron, dejamos el coche y continuamos a pié hasta
llegar a lo más alto, allí me quedé presa del impacto, una gigantesca laguna
azul oscuro en forma de círculo se divisaba al fondo, sus aguas glaciales
aparecían negras por las sombras de las montañas dando nombre a la laguna y
misterio al paisaje, el silencio era impresionante roto por algún graznido
de ave ó el rastrear de los reptiles.
Decidimos parar a comer unos bocadillos y
poner un poco de “chispa” al miedo con un trago del buen vino de la tierra.
Con el estómago confortado y el mágico
líquido de la bota bien curada fuimos tomando confianza al lugar y nos
sentíamos a gusto sentados en las rocas antes de bajar a la orilla de la
laguna, Miguel Moreno gran apasionado y conocedor de Antonio Machado sacando
un libro de poemas del singular poeta, se ofreció a leernos La Tierra de
Alvargonzalez .
La voz de Miquel Moreno sonó grave, potente,
con esa fuerza que da la seguridad de saber lo que lee y el impacto que
causa, el silencio se hizo mayor y la voz nítida de Miguel Moreno se
estrellaba en las rocas repitiendo su eco.
La leyenda se magnifica desde el mismo lugar
donde fue arrastrado el cuerpo de Alvargonzalez por los crueles hijos y la
laguna parecía abrirse ante nosotros que aterrados la mirábamos mientras la
voz seguía sonando y el eco repitiendo.
Yo miraba el sendero y creía ver a los
malvados hermanos empuñando el hacha reluciente y ensangrentada mientras
tiraban de la soga, ataban la enorme piedra a ésta y la tiraban a las
profundidades de las negras aguas, hundiendo el cuerpo del viejo labrador.
Un escalofrío prolongado se negaba a abandonar mi cuerpo, tenía que desviar
mis ojos de aquel profundo pozo para poder respirar. La voz seguía sonando
grave sin dar tregua, los surcos por donde corrían las aguas que agrandaban
la laguna se me presentaban como regueros rojos, y parecía que el aire se
iba a romper con un estrepitoso ¡crac! Sentía que la sangre se me helaba,
sentía el sabor salado de mis lágrimas y sentía que la sangre de Caín bañaba
aquel mágico lugar. La imagen de los hermanos envidiosos y crueles huyendo
de su propia maldad y adentrándose en la laguna mientras la voz se
estrellaba en las rocas repitiendo, ¡padre!, ¡padre!, ¡padre!.
Tengo que confesar que aquella excursión
marcó un antes y un después en mis viajes a Soria, y tuve que hacer
verdaderos esfuerzos para no ver reflejado en sus gentes el carácter
envidioso de los crueles hermanos Alvargonzalez.
Afortunadamente la razón se impuso,
y hoy Soria se me aparece con sus gentes y sus lugares maravillosos y la
Laguna Negra un lugar mágico que hay que visitar, donde el capricho de la
naturaleza se emplea a fondo para recreo de nuestros ojos y nuestro
espíritu, a pesar de que el embrujo está suavizado por las instalaciones
hechas para seguridad y comodidad del visitante.
©
Isabel Mata Garrido, 2-2-2008