Leonor Lahoz

Trasnocho 5

 

 

Mediado febrero el invierno comenzaba a pesar en las mujeres, que llegaban a casa de Paloma asomando apenas los ojillos, flanqueados por el tapabocas y el pañuelo de la cabeza, y protegidas con la toquilla las manos agarrotadas. Todas pasaban unos minutos extasiadas bajo la manta y junto al brasero, sintiendo el cuerpo renacer. Acercaban con cuidado los pies a la lumbre sin dejar de mover los dedos doloridos. 

-   Anda hijo, sube a por más brasas a la cocina que hoy estamos todas entumecidas -mandó Daniela al Román que llegaba en ese momento, con la nariz roja y los labios tiritones- ¡Y lávate las manos!- añadió la abuela gritando, pues el niño, que subía las escaleras como un demonio, estaba ya en el piso de arriba, escrutando la cocina en busca de algún dulce o quizás un poco de requesón especialmente guardado para él. 

Paloma y su madre no sólo estaban entumecidas. A ellas el invierno les pesaba con especial intensidad. Las noches en vela de la hija lo eran también de la madre. Ya en el trasnocho a Paloma comenzaba a acrecentársele la angustia que le acompañaba todo el día, al pensar en la cama vacía. Cada noche pasaba de forma compulsiva la tumbilla por las sábanas como si el frío que le agarrotaba las entrañas fuera a desaparecer con el calor de las ascuas. 

-    Hoy hemos recibido carta del marido. Creo que por eso no ha venido mi suegra. Me ha dicho que estaba indispuesta, y muy católica no está la mujer, y para mí que con la carta se ha terminado de descomponer- La que rompía el silencio era la mujer del Mulero, Sofía, oncalesa corpulenta, dos años mayor que Paloma y que compartía con Alejandro una bisabuela que pasó de los cien años, el porte y una nariz aguileña.

-     ¡¿Pero le sucede algo al Mulero chiquilla?! -preguntó Marcelina con preocupación.

-     No, no. No se alerte usted Marcelina. Es por la añoranza. El invierno ya empieza a alargar y mi suegra no termina de acostumbrarse.

-     Ninguna lo hacemos- musitó Paquita, la más anciana del grupo.

-     Nosotras también hemos recibido carta- dijo Paloma casi por obligación. 

La mujer había pasado la tarde releyendo las últimas cartas de su hijo. Ella esperaba que la dureza del trabajo empezara a desilusionar al chico, tal como le había dicho su marido que procuraría que pasara. Pero la desilusión sólo azotaba a la madre que en esta última carta leyó con espanto como Pedro hablaba de la invernada siguiente en la que el padre le enseñaría a ahijar.  

-     ¿Y que cuentan en las cartas?- se interesaba Marcelina que ya cosía con brío recuperado el dominio de los dedos gracias al calor de la manta y del brasero.- ¿Cómo anda tu muchacho? Seguro que con el trabajo tan duro ya se le está pasando el capricho de la chiquilla andaluza, ¿a qué sí?

-     No se crea Marcelina, no se crea. Mi Pedro ya no es ningún niño. Pero en fin, vendrán las cosas como tengan que venir, como diría Alejandro. Él todo lo ve muy fácil…

-     Y tú todo muy complicado hija mía. El que lo está pasando mal es el José María.

-     Normal, no es lo mismo bajar de zagal al amparo de un padre que hacerlo solico y con la desgracia tan reciente…

-     No le falta a usted razón Marcelina, pero Alejandro tiene cuidado de que el chico se sienta bien y lo trata como a su propio hijo- respondió Daniela ante la sorpresa de Paloma y de ella misma.

-    No me cabe duda Daniela de que eso es así- dijo Marcelina.

-    Pues mi marido me cuenta que hicieron una celebración en el cortijo, con hoguera y bailes, dijo Sofía cambiando el rumbo de la conversación.

-     Melenchones- aclaró Paloma que casi memorizaba las cartas de Pedro.

-     ¿Qué?- pregunto Marcelina extrañada.

-     Que los bailes se llaman melenchones y las muchachas tocan las castañuelas. Parece que danzan alrededor de la lumbre. Mi chico lo cuenta como si fuera un festejo grandioso, les explicó Paloma sin poder ocultar la pena.

-     ¡Vaya cosa!- exclamó Marcelina con aires de superioridad- Pues si que les tienen que impresionar esos melenchones cuando en la Villa pasan el fuego los mozos cada año. 

Paloma asentía a las palabras de la mujer mientras recordaba el retrato de Carmen que su hijo les había mandado con tanto cariño. Era el retrato de unos ojos tímidos, una mueca en forma de sonrisa y un extraño recogido, trenzado a ambos lados de la cabeza.

-  Pues eso pienso yo Marcelina -intervino Daniela que inspeccionaba las manos recién lavadas del Román dándole el visto bueno con la mirada- Lo que pasa es que todo es nuevo para el muchacho y tan jóvenes se impresionan fácilmente. Pero pronto se le pasará. Todo pasa. 

Aunque se esforzaba por tranquilizar a su hija, Daniela temía tanto como ella que lo del chico con la andaluza fuera a llevárselo para siempre. Cómo iba Paloma a imaginar que la madre le acompañaba en su desvelo delatada por el sonido de los muelles. Por el día se mostraba Daniela dura y entera, pero en la noche, la preocupación por su hija, el chirriante sonido que atravesaba los muros de ambos cuartos y que en ocasiones no cesaban hasta el alba, le perturbaba seriamente.

-  También nos ha escrito el chico que allí hacen una masa que llaman papajotes -les dijo Daniela que había pasado la tarde oyendo a la hija comentar las cartas entre enfuruñada y hundida- Y habla el Pedro de un guiso ¿cómo se llama hija? ¡Es que vaya nombres tienen las andaluzas para la cocina!, exclamó burlona Daniela mirando a Marcelina.

 -   Calandrajos. Lo hacen con liebre- apuntó Paloma.

-   Si, si, el Mulero me lo dijo en una carta. Acompañan la caza con unas tiras de masa de pan.

Las historias que llegaban desde el Sur en las cartas acostumbraban a ser motivo de conversación en las noches oncalesas. Eran, al fin y al cabo, la única manera en que las familias serranas podían unir sus vidas, separadas por veredas y cañadas.

 

© Leonor Lahoz
La vida entre veredas

 

Trasnocho 6

 

 

Cuando Paloma llegó aquella noche al trasnocho ya estaban allí todas las mujeres. Comían unas tortas que había llevado María Jesús y comentaban cómo las hacían unas y otras.

-     ¿Dónde andabas Paloma? Ten, pruébalas. No tengo yo las manos de tu madre para los temas de la masa pero seguro que te gustan.

-     Estaba durmiendo a la niña. Anda estos días con las tripas revueltas y le cuesta a la pobrecita coger el sueño. Le he dado una manzanilla.

-     ¡Qué modesta eres María Jesús! Esta torta está riquísima- le dijo Daniela.

-     Pero no tenía que haberse molestado mujer- apuntilló Paloma.

-     ¡Qué molestia va a ser! Estuve ayer en el horno toda la tarde así que aproveché para hacerlas.

-     Si, ya la vi. Iba yo donde el Florentino y subía usted la cuesta con la canasta- dijo Paloma mientras salía de la estancia para volver al cabo de unos minutos con una goma en las manos- Mire madre lo que le compré al Román para el tiragomas.

-     Vaya hija ¿te rascaste el bolsillo?

-     Me ha ayudado mucho con la cardada y la otra noche le vi remendando el tiragomas en su cuarto, así que verá la sorpresa que se lleva.

-     No te quepa duda que le hará ilusión- intervino Sofía- mi chico anda loco ahora que dice es la mejor época para los nidos.

En ese momento entró Román que enfilaba hacia la cocina deseando que la abuela le hubiera guardado requesón.

-     Hijo ven aquí.

El chico se acercó pensado qué habría hecho. “No hice nada” se dijo. “A ver si es por lo que no he hecho…No, no se me olvidó nada”. Levantó entonces la vista para encontrase a su madre sonriente con la goma en la mano extendida.

-    Me ha dicho el Florentino que vayas y te ayuda a hacer un tiragomas de primera como el que no tiene ningún chaval.

-    ¡Ahora podré hacer mi propia cuadrilla! Muchas gracias madre -dijo el chico mientras se lanzaba a la calle en busca del Florentino sin acordarse ya del requesón y sin oír a su abuela:

-    ¡Lávate las manos que mira como vas!

-    Anda, anda, que contento ¿has visto?- le dijo Marcelina que sujetaba la lana con las manos en alto mientras Paquita devanaba un ovillo.

-    Es que el tema de las cuadrillas de pájaros es cosa seria entre los chicos -dijo Sofía con sorna- Tienen sus cuadrillas y no te creas que cualquiera puede entrar así como así. La otra tarde me lo estuvo contando el mío y no se qué me decía de unos dibujos que tenía el Román.

-    Deben ser unos dibujos que hizo su hermano de algunos pájaros y nidos ¿verdad hija?

-    Unos dibujos no madre, una pequeña enciclopedia me dijo don Jacinto que había hecho mi Pedro -contesto ancha de orgullo Paloma- Los utilizó en la clase y todo. El chico explica en cada dibujo el pájaro que es, la época en que cría, el lugar donde suelen hacer los nidos cada uno y en los dibujos se observan muy bien las características que diferencian la hembra del macho y la cría del adulto- soltó de corrido la mujer.

-    Vaya hija, te aprendiste bien las palabras de don Jacinto ¿eh?

-    Para no -contestó ella resuelta.

-    La mujer del maestro le hizo una encuadernación preciosa con cartoncillo y don Jacinto le escribió una dedicatoria en la primera hoja “Espero que sea el primero de muchos”. Mi nieto lo guarda como si fuera un tesoro -explicaba Daniela igualmente orgullosa mientras Paloma recordaba su tesoro de niña, unas poesías que copió del libro de un poeta ilustre y que guardaba en un armarito en el zaguán junto a otro tesoro que iba recolectando sin que nadie lo supiera-.

-     Lo guardaba madre. Ahora lo tiene el Román. Se lo regaló antes de irse. El renacuajo siempre le recriminaba al Pedro que no le enseñara cosas importantes “de hermano mayor” le decía y solía añadir “menos mal que tengo la puntería del abuelo Pedro, que me lo ha dicho la abuela”. Y todas reían con las historias del pequeño Román mientras Daniela asentía porque era cierto que eso se lo había dicho a su nieto en alguna ocasión. 

Cuando Pedro le entregó el libro a su hermano que lo recibió con verdadera expectación, le dijo, después de pedirle encarecidamente que lo cuidara “Aunque me pese, la información que encontrarás en este libro, es tan útil para cazar pájaros como un buen tiragomas y casi tanto como tener la puntería del abuelo Pedro”.

 

© Leonor Lahoz
La vida entre veredas

 

Trasnocho 7

 

 

Dos días de lluvia intermitente habían sido recibidos por todo el pueblo con gratitud y entusiasmo. Desde los prados la brisa paseaba un intenso olor a tierra y desde todos los rincones los animales se hacían oír. Al atardecer del segundo día, cuando la lluvia cesó definitivamente, el cielo quedó encapotado por una densa maraña de nubes gris plomizo bruscamente quebrada en el horizonte dando paso a los rayos de un enorme sol rojo que pronto desaparecería.

El agua caída no conseguiría que la Sierra diera la cara, pero esos días el pueblo se dejaba contagiar de la alegría que llegaba desde el monte húmedo. También en casa de Paloma se sentía el entusiasmo. Cuando llegaron al trasnocho Marcelina y Paquita encontraron a la Sofía cantando, coreada por Paloma y Daniela, mientras Palomita, colocada en el centro de las mujeres, escuchaba y observaba expectante, con los ojos tan abiertos como la boca por la que se deslizaba un hilo de baba. Cuando llegó el estribillo la niña, como si le hubiesen apretado algún botón, comenzó a moverse con un balanceo nervioso, adelante y atrás, adelante y atrás, mientras sus manitas intentaban atinar con las palmas.

Finalmente todas rompieron a carcajadas ante los aspavientos de la niña. La voz de la Sofía era la más solicitada en el lavadero. Y las mujeres que ahora se reían de la pequeña, también paraban la faena y permanecían quietas, como perros a la escucha, con la boca tan abierta como la de Palomita, cuando la convencían para cantar La Tarara.

La primavera pronto llegaría y con ella la tregua del invierno (porque en la Sierra el invierno no pasaba, daba treguas), las visitas de comerciantes que empezaban a llenar el pueblo de voces chillonas y las casas de cacharrería reluciente, y sobre todo, los pastores. Esto se reflejaba en las caras de las mujeres y en sus manos que esa noche bordaban más que cosían, y lo hacían con una especial delicadeza y total dedicación. Y es que hasta las tareas de éstas en las noches de reunión se habían tornado especiales. 

-     Mirad que hilos me han traído para el delantal de mi Dani.

-     Estará contenta la muchacha –respondió Paquita mientras miraba los hilos con detenimiento- Va a ser una móndida preciosa. Y su nuera también va a estar muy contenta Marcelina  -añadió, a sabiendas de lo emocionada que estaba ésta ante la boda de su hijo- Déjeme las sábanas que le ayudo con el bordado mientras remienda usted el vestido. ¡Hace tanto tiempo que no hago estas labores tan especiales! 

En casa de Marcelina andaban esos días con los preparativos del enlace, y ella aprovechaba las noches en casa de Paloma para arreglar el vestido de novia de la madre fallecida de la nuera, y bordar con mucha ilusión la pieza más especial del ajuar, las sábanas de la noche de bodas. El resto, pobre ajuar conseguido a fuerza de sacrificios, estaba ya preparado desde hacía catorce años, cuando su otro hijo, el primogénito, anunció la boda con la hija del Fidel, boda que nunca llegaría a celebrarse, truncada por la contienda en la que murió el novio.

Comenzó así la noche en casa de Paloma con un alboroto inusual, más apropiado para mozas que para madres y abuelas, pero luego todas quedaron en silencio y todas esbozaban una sonrisa entre pícara y nostálgica reflejo de sus pensamientos que aquella noche eran recuerdos de juventud. Los de Paloma repasaban los momentos más tiernos con Alejandro. Aquellos primeros bailes en Sarnago cuando tan jóvenes empezaron a tratar. El chico apretaba su pecho suave y disimuladamente, a cada paso con más intensidad, contra los senos de Paloma. Y la moza de Sarnago luchaba por vencer la rigidez que en su cuerpo causaba una tensión desconocida por ella hasta entonces y mostrarse dispuesta ante el chico de Oncala. Fueron días y sentimientos que nunca más se repetirían. Vendrían otros muy especiales, pero diferentes. 

-   Vamos a hacer caldereta con los mejores corderos, o mejor los llevaremos a asar al horno, dijo Marcelina.

-     ¿Qué dices? Empiezas a hablar sola, mal asunto, respondió Sofía.

-     Digo que en la boda de mi hijo se guisará el mejor cordero. En la mía andábamos muy escasos y mi madre tuvo que guisar pollos. Y después de la ceremonia haremos chocolate y rosquillos.

-     Yo te haré galletas de nata y te daré unas enaguas que tengo sin estrenar. Será mi regalo -le dijo Paloma ante la mirada extrañada de Daniela que pensaba, ¡Vaya! A mi hija se le está pasando la depresión o ha terminado por perder el juicio.

-      Muchas gracias Paloma, hija- dijo Marcelina emocionada. Y es que el acontecimiento se había convertido para ella en un homenaje a la boda que su hijo mayor no había podido realizar.

En la boda de Paloma no faltó de nada. Tampoco alegría porque la chica no permitió que la oposición de la madre que hasta el último momento hizo de casamentera con el Mario de Sarnago, mitigara lo más mínimo su felicidad. Y es que la Paloma moza albergaba un romanticismo que su familia parecía desconocer. Fueron los poemas de la esposa del maestro. Una mujer venida del norte, de tierra de marineros, que pasó tres años en Sarnago sin llegar a adaptarse lo más mínimo a pesar de su buen trato con los vecinos, conseguido por su discreción y complacencia. Pero su mirada verde era capaz de perderse largos ratos en lo que parecían recuerdos de la vida dejada a orillas del mar. Paloma, entonces una niña, estaba segura que en esa mirada perdida había un amor roto que le hacía recitar, con la garganta anudada y los ojos acuosos, unos bellos poemas. La niña invadía siempre que podía la casa del maestro para escuchar a la mujer que la recibía cariñosamente y que siempre comenzaba recitando el poema que a la niña más ensimismaba: 

La princesa está triste…, ¿qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

Que ha perdido la risa, que ha perdido el color… 

Le prestó el libro de aquél poeta, Rubén Darío, libro que a la pequeña le parecía un tesoro y que recibió extendiendo sus manos con delicadeza y temblor emocionado. Copió en una libreta los que más le gustaban. Pasó varias tardes aplicada en la tarea, procurando una letra primorosa, y cuando los acabó, guardó la libreta con la misma devoción que su hijo mayor guardaba ahora los dibujos que hacía. Y durante muchos años, hasta que preocupaciones más terrenales y adultas llegaran a su vida, Paloma leía los poemas las noches en que la luna llena le prestaba un poco de luz a la ventanita de su habitación en Sarnago. Se convertía así la lectura en un ritual misterioso y secreto que alimentaba el romanticismo pasional de Paloma. 

-     Hace usted muy bien Marcelina tirando la casa por la ventana con la boda del chico- dijo de repente Paloma volviendo a causar la sorpresa en su madre y esta vez, también, en todas las presentes- En mi boda hasta el piso fue un gran acontecimiento. Uno de los más espléndidos de Sarnago y aún hoy allí se recuerda. 

Y es que Alejandro hizo todo lo posible por ganarse la amistad de la suegra y pagó un piso por todo lo alto, pero ni tan siquiera consiguió entonces aplacar una pizca el recelo de ésta. 

-  ¿Sabe madre? Si viviésemos en Andalucía, Alejandro me hubiera raptado. Eso dice mi Pedro que hacen allí cuando la familia de la novia no se presta muy dispuesta al enlace. 

Cuando Paloma leyó esto en la carta del hijo pensó que era una barbaridad aunque ahora, engatusada con los recuerdos de su propia boda, lo soltara con total normalidad ante las demás mujeres. Recuerdos que despertaron el romanticismo adormecido de Paloma y que le hicieron entender que lo de su hijo con la niña aquella tenía mala solución. Le vino entonces la imagen de la maestra-poeta. Con la piel joven y los ojos envejecidos, que ensimismados miraban por los cristales de la cocina donde leía para la niña, como si esperaran que de repente el exterior se convirtiera en arena y mar y al abrir la ventana en vez del frío cortante de Sarnago entraría la brisa empapada en sal. Con los años Paloma había entendido que no sólo se sufre de amor y pensó entonces que aquél corazón quebrado capaz de leer poemas con la garganta anudada podía añorar simplemente una tierra, un lugar, un aire, un cielo como añoraba Alejandro su cielo, su monte, su tierra y su lugar durante los largos meses en Extremo.

-    ¿Sabéis lo que recuerdo con mayor cariño de mi boda?- preguntó Antonia, la hermana de Sofía que aquella noche les acompañaba.

-     Seguro que no será a tu cuñada. Menuda moña se cogió -exclamó Daniela con descaro-

-      Qué graciosa. ¡Usted que sabrá!

-     Porque esos días estaba aquí viendo a mi hija recién parida del Pedro.

-      Es verdad que estaba recién nacido el chiquillo. Y lo de mi cuñada también es verdad, a la pindonga le duró la melopea hasta la reboda. Aún hoy, cuando discutimos, que no son pocas veces, se lo echo en cara para que se le ponga roja de vergüenza -dijo la chica y todas rieron con malicia infantil-. Pero no. Lo que recuerdo es la albada que me cantaron los amigos de mi Nicolás porque allí, en Tierra Soria, se cantan mucho. Cuando salíamos de la iglesia nos rodearon y con guitarras y botellas de anís vacías nos cantaron mientras los invitados miraban embobados.- recordaba la chica con la costura posada en el regazo y la mirada fija en el techo como si allí se dibujaran las imágenes de aquella tarde-  Anda Sofía bonita, cántamela.

-      Pero si no la conozco.

-      Claro que sí. La cantaron el año pasado en las fiestas unos chicos de Aldealices. “A esta puerta hemos llegado con intención de cantar, si no quieren que cantemos, nos volveremos pa´tras”.

 

© Leonor Lahoz
La vida entre veredas

 

<<< Trasnochos 1, 2, 3, y 4

 

Leonor Lahoz

SUMARIO

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