Matías Ortega Carmona

relato

¿Pasado o futuro?

Irene, si es que alguna vez había salido, volvía a entrar en la vida de Luisa y lo hacía valiéndose de Fernando, aquel hombre misterioso, motivo de su inquietud y desasosiego, que había conocido en la biblioteca de la Universidad donde ella trabajaba. No se había percatado al principio pero, ahora, todos sus gestos y su mirada se la recordaban.

Abandonaron el Cámpus Universitario al acabar la manifestación silenciosa, en homenaje a las víctimas del atentado. La biblioteca estaba cerrada, en señal de duelo, y las clases se habían suspendido por el mismo motivo.

Dirigieron sus pasos hasta la zona del llamado Madrid de los Austrias. No hubo acuerdo previo, pero los dos sabían que querían ir hacia  aquel lugar. Luisa no había vuelto por allí desde que acabó su relación con Irene. Las dos, aficionadas a la lectura y al arte, gustaban de recorrer esas callejuelas que van desde la Plaza Mayor hasta el Palacio Real. En sus tiendas de antigüedades habían comprado la medalla y estilográfica que se regalaron mutuamente y en las viejas librerías encontraban aquellos libros antiguos que alimentaban su espíritu. Su hambre la saciaban en alguno de los pintorescos mesones en los que de pronto, pensaban, podía aparecer el mismísimo Luis Candelas. No se cansaban de admirar los viejos palacios con sus fachadas blasonadas que construyó la nobleza, mucho tiempo atrás, para estar cerca de sus reyes. El final de su paseo era siempre el mismo, Los Jardines del Campo del Moro.

Como otras parejas, ellas también buscaban rincones perdidos donde dar rienda suelta a sus confidencias y prodigarse las caricias que demandaban sus corazones enamorados. La belleza y paz del entorno las hacía sentirse en un mundo que parecía haberse hecho sólo para ellas. Claro está que, desde entonces, había pasado mucho tiempo y también muchas cosas. Al pasar por delante del Palacio de Santa Cruz, la otrora antigua prisión y hoy sede del Ministerio de Asuntos Exteriores,  donde se guardan los mayores secretos de la diplomacia española, pensó que quizás ella también había estado prisionera de los recuerdos que le dejó Irene y de aquel secreto ahora desvelado.

Habían caminado en silencio, Luisa sumida en sus recuerdos y Fernando reviviendo un camino que sólo existía en sus pensamientos. Ninguno sabía desde cuando, pero hacía mucho rato que sus manos se habían entrelazado. La mano de Fernando era suave, de largos dedos, y oprimía la suya con calidez. Luisa lo miró y un escalofrío recorrió su cuerpo.

Recorrieron los jardines hasta hallar el lugar donde las dos mujeres solían sentarse. Luisa sonrió, recordaba que acostumbraba a decir a Irene que aquel paraje era tan bello porque ellas lo alimentaban con su amor, pero era evidente qué, aun huérfano de esa pasión, aquel rincón continuaba siendo muy hermoso.

Llegado el momento de las confidencias, Fernando le contó que Irene, su madre, fue, en su juventud, una mujer soñadora y romántica a la que pudo la ambición. Su afán por triunfar profesionalmente la alejó de todo lo que había amado o sentido alguna vez, convirtiéndola en una mujer despiadada (esa parte de la historia era bien sabida por Luisa). Entró en un mundo en que sólo destacaban los hombres y lo hizo dispuesta a demostrar que ella también podía hacerlo. Su carrera profesional pronto estuvo acompañada del éxito, pero en su vida personal había un enorme vacío.  Irene, antigua compañera y amante de Luisa, decidió llenar ese vacío con un hijo y fruto de ello nació Fernando. Este nunca supo quien era su padre e Irene jamás quiso contárselo, tampoco importaba demasiado, porque Irene nunca habría compartido su hijo con nadie.

Cuando Fernando tenía diez años, Irene contrajo una grave enfermedad que la obligó a abandonar su trabajo. Decidió dejar Madrid e irse a vivir a una pequeña capital de provincia. Allí se dedicó por entero a su hijo al que inculcó su afición por la lectura y el arte. Agobiada por la enfermedad y presa de sus recuerdos explicaba a Fernando sus historias de juventud, en las que los días de mayor felicidad correspondían a los de su romance con Luisa. Fernando sintió, al conocerla, rechazo hacia  esa relación, para acabar, más tarde, convenciéndose de que algo que había hecho tan felices a dos personas no podía ser malo. Estaba seguro que el amor, si de verdad existe, nunca puede ser impuro.

A través de Irene fue conociendo a Luisa, primero con curiosidad y, más tarde, esa curiosidad se convirtió en obsesión y deseo por tenerla cerca. Así que cuando tuvo que empezar la carrera, cogió aquel desvencijado tren que atravesando los desiertos páramos castellanos le llevó de regreso  a Madrid. Desconocía, cuando tomó esa decisión, el paradero de la antigua amante de su madre quien, cuando acabó su relación, borró cualquier rastro que la pudiese unir con Luisa. Había conservado únicamente una vieja fotografía que,  pensaba Fernando, no le sería de mucha ayuda, pues la mujer debía de haber cambiado en todos esos años. La casualidad se alió con él y, una tarde, cuando estaba preparando un trabajo en la biblioteca, oyó como el conserje llamaba a Luisa y  así, como si el destino le empujase a ello, pudo conocerla.

Luisa se tumbó en su cama, acababa de regresar a casa después de un día lleno de emociones. Era la primera vez que pasaba el día entero con Fernando y eso había despertado en ella sensaciones que creía olvidadas. Fernando no era el primer hombre con el que había tenido una relación, pero si era el único del que podía enamorarse, o al menos así lo creía. Irene, sí había sido la única mujer de su vida y hasta entonces también la única persona con la que había compartido su amor. Definitivamente el pasado había vuelto y por su cabeza desfilaban, como un torbellino, los recuerdos de sus días con Irene. Sentía aún en sus labios los besos del muchacho, como su cuerpo se estremecía mientras la acariciaba y se preguntaba si realmente el amor había vuelto a su vida, o, era ella la que se agarraba con añoranza al pasado, inventando una pasión que la alejase de su soledad.

© Matías Ortega Carmona

Nota del autor: Las ilustraciones que acompañan al texto han sido sacadas de páginas de Internet.

 

relato

La trastienda

Fernando odiaba a Roberto. No siempre había sido así, incluso durante algún tiempo fueron amigos y compartieron alguna que otra correría nocturna.

Roberto era el dueño de un establecimiento llamado La Favorita, dedicado a la venta de lencería y ropa de cama, el cual atendía junto a Rosario, su mujer, y dos empleadas, Marga y Susana. Cuando el negocio empezó a prosperar, su propietario, que nunca fue muy amigo de ataduras, contrató a Fernando para que atendiese la oficina y llevase la contabilidad de la empresa. De esa forma él tendría más tiempo para dedicarlo a aquellas cuestiones que exigían su atención fuera de la tienda, como  las gestiones bancarias y las visitas a proveedores y clientes. Esa era la excusa, porque lo que de verdad mantenía ocupado a Roberto era su afición al juego y las mujeres. Jugador y mujeriego empedernido, gran parte de los beneficios del negocio los dilapidaba en satisfacer esos vicios.

El comerciante, además de poner al día a su nuevo empleado en lo que eran sus obligaciones laborales, lo inició en sus libidinosas costumbres, llevándole a casas de citas y otros antros que él frecuentaba.

Fernando recordaba, como un mal sueño, la  primera vez que tuvo relaciones con una de aquellas mujeres. Los dos amigos habían bebido bastante y el contable, como siempre, aceptaba la voluntad de su jefe y le seguía la corriente. Roberto decidió que había llegado el momento de que su pupilo perdiese la virginidad y le escogió la pareja que consideró más adecuada. Se trataba de una mujer voluptuosa, veterana en el oficio, con la que el comerciante decía haber pasado ratos maravillosos. No sería así en el caso del debutante; éste, quizás por los efectos de la bebida o amilanado por su inexperiencia y la sordidez del lugar, apenas pudo conseguir mantener erguido el pabellón  unos minutos. Toda la experiencia de aquella profesional fue insuficiente para que su cliente recuperase el estado de gracia. La manera entre compasiva y burlona con que la mujer le despidió y las chanzas de Roberto, hicieron que el escaso afecto que Fernando sentía por aquel depravado se convirtiese en odio. Aunque  la razón más poderosa para ese odio era Rosario.

Su patrona era una mujer  de una belleza espléndida.  Rubia, de largos cabellos recogidos habitualmente en una cola. Cuando caminaba, esa cola, contagiada del balanceo de sus caderas, poderosas y bien torneadas, se movía con un garbo y una gracia inigualable. A Fernando (salvando las diferencias) le recordaba una de esas yeguas jerezanas, que había visto en la Real Escuela Ecuestre  y que lo habían maravillado por su plasticidad y belleza. Él,  soñaba con ser el caballero que montase aquella jaca a la que colmaría de mimos y cuidados. No comprendía porque Roberto, teniendo una esposa como Rosario, vivía entregado a la lujuria, buscando placer en profesionales del sexo, a las que tenía que pagar y compartir con otros hombres tan degenerados como él. “Si yo tuviese una mujer como ella -se decía el administrativo- jamás miraría a otra”.

Desde que era un mozalbete imberbe sentía admiración por la que primero fue su vecina y luego su jefa. Cuando lo contrataron para atender la oficina y tuvo la oportunidad de estar cerca de ella, su fascinación fue en aumento. Pero sería después, cuando por casualidad pudo contemplar su cuerpo semidesnudo, que la atracción que sentía por Rosario, se convertiría en auténtica pasión. Una tarde, Fernando, se quedó más tiempo del habitual en la oficina. Quería revisar unas facturas que no estaban claras. Al salir y pasar por delante del vestuario de las mujeres, observó que la puerta estaba abierta. En el interior, Rosario, acababa de quitarse la bata que usaba en la tienda y lucía un bonito conjunto de braguitas y sostén, tan minúsculos que, más que ocultar nada, resaltaban toda su feminidad. Sus hermosos pechos parecían querer escapar de aquella prenda que los oprimía y Fernando quedó paralizado ante aquella visión. No fue capaz de articular palabra alguna. Pensó que oía música cuando escuchó la voz de Rosario, quien, dedicándole una sonrisa, no le permitió seguir gozando de aquel maravilloso espectáculo. Con un -“Hasta mañana, Fernando”- le cerró la puerta.

A partir de aquella fecha su pasión fue en aumento. Durante el día la voz de Rosario lo envolvía y era como una caricia; en la penumbra de su habitación, por las noches, era su sonrisa y aquella imagen del vestuario la que lo acompañaba.

Fernando temía que su obsesión por Rosario se notase tanto que el marido de ésta, Roberto, se diese cuenta. No es que temiese por su integridad física, pues era más joven y fuerte que su patrón. De hecho, en más de una ocasión había tenido que hacer grandes esfuerzos para contenerse y no abofetearlo. Roberto, como si de una de aquellas rameras a las que solía frecuentar se tratase, acostumbraba a manosear a su esposa delante del muchacho. La ira lo consumía cuando veía a aquel libertino levantar la bata de la mujer y acariciar sus nalgas, o bien meter la mano por el escote y tocar sus pechos. Rosario, a quien no le gustaban nada aquellas caricias públicas, se enfadaba, pero su marido reía y, mirando a su empleado, le guiñaba el ojo. Éste disimulaba su rabia porque de ninguna manera deseaba abandonar aquel trabajo y con ello dejar de estar cerca de la que consideraba su musa.

Fernando había intentado curarse de aquella devoción, casi enfermiza, que sentía por Rosario, relacionándose con otras mujeres. Una de ellas fue Susana, su compañera de trabajo, con la que mantuvo una pequeña aventura. La impulsora de este corto romance había sido Marga, la otra dependienta, quien en funciones de alcahueta hizo todo lo que pudo para unir a los dos jóvenes. Marga era una mujer casada, ya madura, que no tenía hijos. Ésta falta de descendencia no era debida a ningún problema que se lo impidiese, sino a su afán por disfrutar la vida sin ataduras. A ella y a su marido les encantaba viajar y aprovechaban, para ello, todo el tiempo que sus respectivos trabajos les dejaba libre. También les gustaba, con cualquier excusa, organizar fiestas en su casa. En una de ellas fue donde Susana y Fernando, ayudados por los buenos oficios de Marga, empezaron a intimar. Su anfitriona, con el pretexto de enseñarles unas raras plantas, que había traído de uno de sus viajes, se llevó a la pareja hasta un pequeño patio. Éste quedaba  apartado de la terraza donde estaban el resto de invitados. A los pocos minutos se excusó para volver con los demás, dejándolos solos.

En el patio, además de las “curiosas” plantas, había un mullido sofá, tipo balancín, en el que se sentaron. Fernando no perdió el tiempo y empezó a besar a Susana. Ella, que hacía mucho que deseaba aquellos besos, correspondió a los mismos con ardor. Su respiración se convirtió en jadeo cuando, él, metiendo la mano bajo su falda empezó a acariciar sus muslos y llegó hasta su sexo. La muchacha que, hasta entonces, no había tenido contacto con ningún hombre, disfrutaba de ese momento deseando que no terminase. Estaba enamorada de Fernando desde que se conocieron, pero él, a pesar de que Susana era una mujer preciosa, parecía ignorarla. Gracias a la ayuda de Marga, quien desde la ventana de la cocina procuraba no perderse detalle, la joven empezaba a ver cumplidos sus sueños.

Las citas entre los dos se sucedían pero las cosas no eran como Susana las había imaginado. Fernando hablaba poco y nunca lo hacía del futuro ni de sus sentimientos. Si bien se prodigaban todo tipo de caricias,  tampoco en ese terreno se sentía satisfecha. Susana ardía en deseos de hacer el amor con su pareja. Él, lejos del celo que mostraba su enamorada, actuaba de una forma mucho más fría y parecía no tener prisa por llegar a eso. Marga, a quien su amiga contaba todos los detalles de su idilio, decidió poner su granito de arena para derribar las barreras que se oponían a que la felicidad de Susana fuese completa.

Aquel fin de semana tendría un día más de lo habitual. Se trataba de uno de esos puentes que tanto gustaban a Marga. Lo aprovecharía para irse con Pedro, su marido, a algún hotel de la costa. Consideró, también, que era una oportunidad para dar un empujoncito a la relación de sus dos compañeros de trabajo. Habló con ellos y les dijo que necesitaba alguien que atendiese sus queridas plantas y cuidase la casa mientras ella  y su marido se bronceaban en la playa.

Marga, se cuidó de que en la casa no faltase ningún detalle que obligase a los tortolitos a abandonar el nido. La nevera y la bodega estaban bien surtidas y  estaba segura de que, sobre todo Susana, pondría de su parte lo necesario para que todos los apetitos quedasen saciados. Así que se despidió de sus amigos con un- “Hasta el lunes”- y los dejó solos.

Aquellos días que la joven enamorada había esperado con ilusión serían, sin embargo, de los más amargos de su vida. La venda que el amor había puesto en sus ojos caería, mostrándole a un Fernando que no conocía.

Susana estaba radiante. No necesitaba demasiados complementos para que cualquier hombre perdiese la cabeza por ella pero, aún así, se puso su mejor perfume y buscó, en su vestuario, la ropa que mejor destacase su bien moldeado cuerpo.

Estaban en aquel patio donde Fernando la había besado por primera vez. Él,  sentado en el balancín, miraba como su pareja regaba las plantas. Realmente estaba maravillosa y por unos momentos olvidó  que Susana no era la mujer que le tenía secuestrado el corazón. Le pidió que se acercase y ella se sentó sobre sus piernas. En está ocasión no dejó que él tomase la iniciativa, fue ella la que buscó sus labios y después de unos apasionados besos se despojó del suéter  ofreciéndole sus pechos para que, Fernando, los acariciase y mordisquease sus pezones. Éste, como hipnotizado por la hermosura de su compañera, dejo aparcadas sus reticencias y la llevó hasta la alcoba donde, esta vez sí, consumaron la relación. Fernando tuvo en cuenta que para ella era la primera vez y la trató con delicadeza. Mientras la besaba en la boca y el cuello, sus manos acariciaban sus senos y sus nalgas. La excitación de su pareja iba en aumento y él empezó a estimular su parte más íntima. Le hizo el amor con mimo y ella gimió, primero ligeramente dolorida  y después con un inmenso placer. Susana estaba feliz y convencida de que, aunque no se lo hubiese dicho nunca, Fernando la quería. Él, la sacó de su error confesándole que estaba enamorado de otra  y diciéndole que, si ella así lo deseaba, lo único que podía ofrecerle era aquella relación de amantes.

En la Favorita se habían producido algunos cambios. Susana se casó con uno de los viajantes que regularmente pasaban por la tienda y  había abandonado el trabajo. Los números empezaban a ser difíciles de cuadrar, pues Roberto dedicaba a sus turbios caprichos más dinero de lo que los ingresos del comercio  permitían. Rosario, tratando de dar un nuevo aire al negocio  que lo revitalizase, decidió hacer una liquidación de todo el género que se había quedado anticuado y modificar su oferta. Escogió  el fin de semana para hacer un inventario del material situado en la trastienda, para lo cual pidió ayuda a Fernando. Su marido estaba de viaje de “negocios” (así llamaba Roberto a sus escapadas) y no podía contar con él.

Fernando estaba tomando anotaciones cuando oyó la voz de Rosario que lo llamaba. La mujer estaba subida en una pequeña escalera y le pidió que le diese una caja. Al acercarse vio que el último botón de su bata estaba desabrochado lo que permitía contemplar una inmejorable panorámica de sus magníficas piernas. Se sintió presa del vértigo como si fuese el quien estuviese en las alturas. En un impulso irrefrenable acarició aquellas piernas. Temía que ella lo rechazase y lo despidiese pero no pasó nada de eso. Como aquel día en el vestuario, le dedicó su mejor sonrisa. En este caso no había puerta que cerrar y mientras él la seguía acariciando, ella  se quitó la bata. Curiosamente llevaba puesta la misma ropa interior con la que la había sorprendido Fernando en la otra ocasión.

 En la trastienda había una pequeña habitación con una cama. Rosario llevó hasta ella al que en unos momentos sería su amante y entre beso y beso lo ayudó a desnudarse. El muchacho estaba excitadísimo y su amada supo que no iba aguantar mucho, por lo que sin más preámbulos dejó que él le hiciera el amor. Éste lo hizo con fuerza, casi con brusquedad, pero ella no se lo tuvo en cuenta. Hacía mucho tiempo que sabía lo que él sentía por ella y cuanto deseo contenido había en aquel momento.

 Se quedaron tendidos el uno junto al otro y Rosario se sorprendió al ver que de los ojos de Fernando salían unas lágrimas -¿De verdad él la quería tanto, pensó? Ella misma se contestó la pregunta; aquellas lágrimas sólo podían ser de felicidad. Llena de ternura besó sus ojos y mejillas hasta dejarlos secos.

Se ducharon juntos y, mientras se enjabonaban mutuamente, iban explorando sus cuerpos. Fernando no había podido olvidar el de ella desde que lo contempló, con aquellas sugerentes prendas. Rosario descubría por primera la desnudez de él y estaba totalmente seducida por aquel cuerpo fuerte, pero no excesivamente musculoso. Ella sentía cierto rechazo por los culturistas en  quienes encontraba más deformidad que atractivo.

Volvieron a la cama y esta vez hicieron el amor sin prisas y disfrutando de cada momento. Se entregaban el uno al otro sin dejar ninguna parte se sus cuerpos libres de caricias. Los pechos de Rosario, no exageradamente grandes, se ofrecían como fuentes, dispuestos a calmar  con su elixir la sed del deseo. El bello de su pubis, de rizos ensortijados, brillaba como un tesoro que  Fernando acarició. Después, como si buscase saborear el néctar de la pasión libó la flor de su vulva. Rosario, encendida de gozo, se situó encima de su amante controlando el ritmo de la acción. Sus senos, que se balanceaban al ritmo de sus movimientos, semejaban hermosas campanas que tañían  anunciando un  momento mágico. Cuando los dos amantes notaron que sus cuerpos estallaban de placer  se unieron en un largo abrazo, tan juntos, tan pegados, que parecían estar en la misma piel. 

La trastienda de aquel negocio pasó a ser la parte más importante del mismo. Los encuentros de la pareja, que había instalado allí su nido de amor, se sucedían cada vez con más frecuencia. En la vida de Fernando, cada día más cautivado, sólo había una sombra:   que Rosario no se atreviese a dejar a su marido y decirles a todos que estaba loca por él.

Los dos enamorados estaban en su refugio entregados a una de aquellas refriegas amorosas. Buscaban las  frases más  cariñosas, intentaban descubrir las  caricias más placenteras y alimentaban su amor bebiendo, uno en los labios del otro. Preocupados solamente de escuchar el latir de sus corazones, y arrullados en las más tiernas confidencias, no oyeron los pasos en el almacén. De pronto, alguien abrió la puerta de la habitación. Roberto contempló a la pareja, primero sorprendido y después preso de la ira. Él, que hacía del adulterio una práctica cotidiana, jamás pensó que Rosario pudiese pagarle con la misma moneda. Ciego por el rencor sacó un pequeño revolver, que siempre llevaba consigo, y disparó.

En el lugar que durante años ocupara La Favorita era ahora un moderno edificio en el que la planta baja estaba ocupada por una sala de cine. En la fachada,  los rótulos luminosos, anunciaban dramas de ficción sin saber, seguramente, que aquel sito había sido el escenario de una triste historia de amor y sangre. Dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen pero en este caso,  en el hombre  parado en la acera, se daba la circunstancia de ser asesino y victima a la vez.

Fernando había abandonado la prisión en la que pasó los últimos cinco años, pena que le fue impuesta por la muerte de su rival. Por su aspecto, se diría que era mucho más el tiempo que había estado preso. Caminaba con cierta dificultad debido a que una de las balas, disparadas por Roberto, le había destrozado el fémur dejándole una cojera crónica. Rosario tuvo menos suerte y murió a consecuencia de las heridas recibidas. Poco pudo disfrutar su marido de la venganza pues, el malherido amante, consiguió arrebatarle el arma dándole muerte.

Permaneció horas delante de aquel cine pensando, quizás, que éste podía desaparecer y retornarle la imagen del antiguo comercio y traer con él a Rosario, pero nada de eso sucedió. Justo cuando Fernando empezaba a caminar, desde uno de aquellos rótulos luminosos, una esplendida mujer rubia de larga melena unió sus labios lanzándole  un calido beso, mientras que, en sus hermosos ojos, aparecían dos gruesas lágrimas que resbalando por sus mejillas se confundieron con la tenue lluvia que empezaba a caer.

© Matías Ortega Carmona

 

Matías Ortega Carmona

SUMARIO

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