Javier Narbaiza

relato

Balada triste de Menorero

Camino entre la riada de gente de un domingo en el Rastro. El día es soleado y el personal avanza lento, en dos direcciones que se bifurcan junto a la estatua de Cascorro, entre los mínimos puestos, respirando olores a sudor y a pachuli, o esquivando vendedores de yoyós fluorescentes, o de perritos de plástico que nadan en un barreño con agua. Abro el envoltorio y miro la estatuilla. Es una suma de añadidos metálicos coloreados en torno a un alambre grueso, con similitud a un pretendido marciano. Bajo el pie reza, a título de ficha técnica, que está basada en un dibujo infantil.

Reconozco que es original. No sé si quedaría bien en algún sitio de la casa.

He pagado cuatro mil pesetas, y el pavo me ha ofrecido tres modelos para elegir. Tú mirabas desde el puesto próximo, sorprendida e incrédula ante mi presencia, mientras probabas sombreros a dos chicas con abrigos largos.

Definitivamente, ya puedo escuchar al Antonio Machín en lo de los "Angelitos negros" todo lo que quiera. Ya soy libre para poner lo de "Francisco Alegre y olé", sin que tú musites desaprobatoria y ácida: "¡Jo, que coñazo de tío, con la horterada de sus nostalgias favoritas!". No sé que haré con tus compacts de "Rage Against the Machine", o "Pearl Jam", o "Club de los poetas violentos", o "Plastic Garbanzo", los cuales no tengo intención de ponerlos jamás. Me imagino que te habrá costado dejarlos, mas al final habrás asumido que los pagué yo.
Te llevaste tus cosas y he de reconocer que has mostrado una exquisita elegancia en la retirada de pertenencias. Tus bragas, tus jerseys anchones, las zapatillas de estar en casa, las cuatro cajas de Microginón que quedaban, los cartelitos donde se leían chorradas del tipo: "Debido a la falta de interés por parte del público, el día de mañana ha sido cancelado." O tu muñeco con forma de Charlot con bastón acoplable...

Clavada con una chincheta roja, la nota decía simplemente: "Me gustaría hacerlo de otra manera y que quedásemos como dos buenos amigos. Te dejo la llave de la casa y del portal. Adela."

Faltaban ocho o nueve tomos del estante. Exactamente libros que te regalé. No te entusiasmaban, mas constituye un detalle de estima intelectual que te hayas llevado libros de Proust, además de otros de mi trilogía de favoritos: Cela, Delibes y Umbral... En alguno, tal vez en relatos de viajes mesetarios de Cela, llevará escrito: "A Adela, mi compañera de viaje a los mares del Sur", y cualquier fecha de mil novecientos noventa y tres, y entre su páginas una hoja seca, recuerdo de una mañana de otoño, paseando con las manos entrelazadas por las librerías de viejo de la Cuesta de Moyano, buscando el libro curioso o la novedad, aunque tal vez acabásemos llevándonos un folleto de los partes médicos previos a la muerte de Francisco Franco, entre tus risas de niña nueva y escéptica.

Llegaste hace casi cuatro años con rubor de adolescente y falda corta. Habíamos instalado un stand en una feria monográfica del Sector del Frío y apareciste como chica con buena presencia para repartir folletos a los visitantes. Por mi parte, a escasa distancia de tu mecánico quehacer, me esforzaba en saludar a clientes y en soportar a los delegados de provincias, que me contaban sus cuitas y problemáticas. Te debí pedir dos o tres veces agua y algún café.

Una noche, concluida la jornada, te ofrecí acercarte al centro de la ciudad cuando cerraba la feria. Vivías por Lavapiés, me contaste que estudiabas Periodismo, que una amiga de una agencia de azafatas te mandaba a cositas como la de la Feria y que los domingos vendías sombreros en el Rastro.

Dejé el coche y nos bebimos unas cervezas en un bar con mostrador de cinc. Tenían un buen lomo de caña y te solté historias de mi época de estudiante. Me sorprendía la atención y el interés con el que me escuchaba una muchacha de diecinueve años, con aura de antigua, un tanto hippy, casi en formato chica desinhibida años sesenta y ocho, pero en limpio y en ecológico.

La conversación giró sobre la Universidad que, seguía estando muy mal; lo difícil que está lo del curro, lo absurdo del consumismo y el desastre que producen los deshechos industriales, y entre birra y más birra habían pasado cuatro horas de parla: "...bueno, pues, mira tío, me caes bien, pero conmigo no vayas de mayor; la edad está solo en el coco, a mí no me dicen nada la mayoría de los chicos de veinte, y me vas así, ahora que te has quitado la chaqueta y no te lo montas de importante ni sueltas rollos de la refrigeración y esas cosas; llámame cuando quieras y nos damos una vuelta, así tú conectas con la plebe y a mí me cuentas cosas de tu empresa del frío y de tus rollos adultos..."

Reímos mucho y después nos dimos el teléfono. Sin darme cuenta, a los cuatro días seguía pensando en ti. Y encontré la perfecta coartada para llamarte e invitarte a un recital de Serrat...

Tras varios encuentros se produjo la cascada previsible de acontecimientos. Los socios y clientes me notaban extraño y ausente, mi concentración en temas decisivos se resentía y alguien comentó que parecía estar encoñado. Mi mujer empezó a sospechar de forma inmediata.

Mas todo lo compensaban nuestras salidas por la carretera de La Coruña o la de Burgos, nuestro descubrimiento de nuevos restaurantes e iglesias de románico rural, paseos por los jardines de La Granja de San Ildefonso, mis esperas impacientes con el coche aparcado a la puerta de la Facultad, mi renovación de vestuario, que se tornó en informal a base de cazadoras de ante, chalecos llamativos, chaquetones amplios... Y las tardes de tascas de los pueblos serranos, en pubs con música alta, con tus amigos, y uno intentando ir de campechano y cordial, haciendo el gilipollas, pagando siempre, poniendo expresión trascendente cuando me pasaban el porro, en vuestro ritual, sin tragarme el humo, porque nunca he fumado nada, hasta que un mierda soltó lo de: "Oye, Adela, dile a tu jurasic man que es costo muy bueno y que si quiere hacer volutas que se compre un Ducados..."

Cuando me decidí contárselo todo a Rosa, iba un tanto puesto de bebida y música reggae, y serían las tres de la madrugada: "Rosa, que tenemos que hablar..." "Calla, que se va a despertar el niño". Después, tuve que soltárselo todo, recuerdo que en calzoncillos y bebiendo un vaso de leche... Creo que estuve excesivamente melodramático: "Sí, la quiero. Es superior a mis fuerzas. Rosa, tómatelo como prefieras, pero he decidido irme a vivir con Adela..."

A continuación, ya sabes, intervino la familia, fuimos al despacho de Sergio, que se puso muy en plan abogado, y mientras yo sólo esperaba salir para recogerte con el coche junto a la puerta de Correos, Sergio, cadenciosa y opacamente, leía las bases del documento, convenio regulador decía él, y desarrollaba que Rosa tendrá la guarda y custodia del hijo menor habido en el matrimonio, que a la misma se le adjudicaría la vivienda, o sea, el domicilio conyugal, y después el capítulo de las pensiones alimenticia y compensatoria...
Sigo bajando por la Ribera de curtidores, ahora es la zona de establecimientos de ropa militar y después la de forja, estufas y cabeceros de cama... Tarareo, palpando con furia el paquete que envuelve la pieza metálica. "... Ya sé que tienes novio.../ ya sé que no me quieres.../ pretendes engañarme.../ con otro nuevo amor..."

Tras mi salida del hogar conyugal, con los trajes, camisas, corbatas, cepillo de dientes y poco más, pasamos inmediatamente a alquilar un apartamento en el casco viejo de la ciudad, zona de la Morería, con la decoración que tú impusiste, a base de cerámica, mucha plata, cestería, enredaderas, cactus, troncos del Brasil, fotos de Marilyn Monroe, sillas de enea, cojines, letreritos graciosos... Y nuestro nuevo ritmo cotidiano..., venir a buscarme a la oficina, recorrer restaurantes, ir mucho al cine, compartiendo las palomitas, y a veces encontrarnos, al salir muchos viernes por la noche, con compañeros de estudios o de trabajo. "Ésta es Adela", mua mua, y reprimían preguntarme por Rosa, mientras te contemplaban desde la hostilidad de su biología declinante...

Y entre cines, teatro de vanguardia, recitales, exposiciones, los fines de semana alternos me toca el niño; de cuando en cuando venías también con nosotros a ver películas infantiles o representaciones de guiñol, y otras te quedabas en casa con el pretexto de exámenes o de lavados de cabeza.

Mas, como es consabido y previsible, fuimos bajando de la pasión efervescente y empezó a jorobarte limpiar los cacharros o recoger la casa, o que yo tuviese que madrugar, o comer con empresarios, o que me llamasen tanto al móvil. Creamos una fórmula usual de antagonismos y enfrentamientos que siempre concluían en una disputa acerca de nuestras generaciones respectivas.

Nosotros, y me asociabas con tu padre, éramos autoritarios, reprimidos, maniqueos, competitivos, monolíticos, convencionales hipócritas; creemos que todo puede comprarse... Y vosotros, los que nacisteis en los setenta, sois vegetales, pasivos; no sabéis decir nada, no porque huyáis de la retórica, sino porque no tenéis conceptos, pues carecéis de terminología, o sea, de lenguaje...

Al final, en la última pelotera, no me pude contener y te solté que "mucha ecología y mucho enfrentamiento con tus padres porque te angustiaban, pero que bien te gustaban los restaurantes sofisticados y el vino de reserva...".

Y el caso es que, después de aquello, ya no volviste al apartamento. Hasta que me telefoneaste al trabajo.

"Mira, en fin, que prefiero no estar en tu casa, para pensar, que verás, que, aparte de que lo nuestro no va, hay un tío, que por cierto es artesano, que tiene el puesto al lado en el Rastro los domingos; bueno, que me atrae físicamente, y en fin, además tú eres absorbente y, en fin, que esto es un rollo malo, y no es que pase de ti, de verdad, pero es que me he enrollado con el colega este que trabaja con bronce y latón..."

Te dije que recogieses tus cosas y que prefería no verte. Mientras sigo tarareando entre el gentío me digo que tengo que ponerme duro, formato Bogart en el final de "Casablanca", y la verdad es que no lo consigo..."... Tu vida y mi vida/jamás en el mundo.../podrán separarse."

Salgo de la zona del Rastro y camino por la Ronda de Valencia. Pienso en nuevas letras de discos de Machín y me percato que en todas tiene un mensaje cenizo.

No sé dónde puede comer un señor solo, en un domingo como hoy, con una escultura chorra bajo el brazo envuelta en papel de periódico. Decido imaginarme que salgo de viaje e irme a la estación de Atocha, que está muy cerca, y comer en el restaurante como si cogiese el Intercity a las cuatro para Alicante. No sé por qué he llamado a Rosa. Y Rosa, como dirías tú, también pasa de mí.

- Bueno... ¿Que?... ¿Que qué quieres? Si este fin de semana no te toca el niño...

- No..., era por saber como estaba...

- Pues muy bien, jugando con los vecinos de arriba. Perdona que te diga adiós, pero estaba sacando los flanes...

Entro en el restaurante y hay gente con maletas y bolsas de equipaje. Miro la lista del menú y coloco la estatuilla sobre la mesa, tras apartar copas y un recipiente con flores secas. No quiero pensar en que ahora estarás con el artesano de tus nuevos amores, recogiendo los puestos, contando la recaudación y tomando sardinas o calamares antes de marcharos a echar una siesta. Me sigue taladrando el tono de voz del autor del muñeco de latón que tengo enfrente, cuando me ha preguntado si me lo envolvía o prefería llevármelo en una bolsa.

© Javier Narbaiza 1998

(El relato aquí publicado, pertenece al libro de relatos Recomenzar, es © del autor y con permiso de la editorial)

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Javier Narbaiza 

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