Pacoriego

relatos

Clase de agricultura

Esto que os voy a contar lo se de oídas. Creo que yo debía tener entonces cuatro o cinco años y vivía en casa de mi abuelo Esteban, en el Instituto. Lo que os voy a contar no deja de tener su gracia. 

Si nos situamos en la época de antes de nuestra incivil guerra, os diré que entonces en el Instituto se daban clases de Agricultura. Y nada menos que el director del Instituto era el catedrático de la asignatura.  

¿Qué enseñaban sobre el tema? ¿Cómo? Imagino, que antes de las clases prácticas se daban unas teóricas en las que se explicaría la historia de aquella herramienta agrícola: sus clases (para arado ligero, para arado pesado), sus partes, la función de cada una de ellas, etc. Pero la historia que me contaron versa sobre las clases prácticas que se daban en el patio de recreo, ¡hermoso huerto o lugar de esparcimiento entre clase y clase para el recuerdo! 

El catedrático explicaba la importancia que tenía oxigenar la tierra, el abrirla antes de echar las semillas fecundadoras…Para ello había que hacer surcos en la tierra y desde los tiempos de los romanos se utilizaba un maravilloso instrumento de labranza: “el arado romano”, que asi se llamaba y se sigue llamando. Y ese era el material de enseñanza: un arado romano.  

Pero claro, aunque se disponía de lo esencial, la tierra, las semillas y el arado, se precisaba una fuerza motriz que ayudara a la del hombre para hender la seca tierra del patio. Y para arar se solían usar mulas o bueyes como animales de tiro. Como no se disponía de tan preciados animales había que simular la situación. 

-A ver tú, Luis. Ponte delante que te toca tirar.

-Y tu Manuel toma los mandos y empuja con toda tu fuerza para hender la tierra.

-Cuando empiezo a tirar, preguntó Luis.

-Cuando Manuel diga ¡ARRE!  

Pero Luis no era capaz de tirar del  arado: éste no se movía. Manuel decía ¡Arre! y Luis empujaba cuanto podía… y el arado no se movía.  

El catedrático dijo: Me pondré yo a tirar. Él, el director del Instituto, sustituyendo a un buey o a una mula. Y dijo: -¡Venga Manuel di ¡Arre-.! 

Manuel, viendo al director delante no se atrevía a decir sino un tímido ¡arre! Y el Director quedábase quieto. Y Manuel diciendo ¡arre! Y el arado no se movía.  

El director dijo: -Si lo dices con esa vocecilla ¡la mula no te hará caso!, di ¡ARRE! con todas tus fuerzas-. Y Manuel -¡ARRE!”-. Y el director quieto. Harto ya Manuel dijo con todas sus fuerzas -¡ARRE, COÑO! ¡ARRE!-… 

Y el viejo arado romano comenzó a hender la tierra, a disponerla para ser fecundada.

© Pacoriego
Madrid, otoño de 2007
 

 

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Clase de dibujo

En la clase de dibujo  -clase con mesas y bancas corridas- de tercero de Bachillerato nuestro catedrático –Don Luis del Toro-, muy sordo, y quizás por ello desconfiado, cuando alguien se reía tendía a pensar que era de él. Vivía al lado de la románica iglesia de Santo Domingo y tenía un hijo, Luis, que fue, en aquellos tiempos, compañero de clase y que a veces nos vendía, a bajo precio, preciosas láminas de un magnífico papel de dibujo (de su padre, claro). Don Luis, al que se reía o alborotaba en clase, le ponía uno ó dos ó tres ceros. Quitaba y ponía ceros con el lápiz de su sordera o con el de su desconfianza con una liberabilidad magnánima y digna del mayor elogio.  

Las clases empezaban siempre de la misma manera. Don Luis leía, despaciosamente,  la lista de alumnos, uno por uno, e iba diciendo, en cada caso, el número de ceros que cada uno de nosotros había ido acumulando a lo largo del curso.

La clase estaba situada en el primer piso del instituto, junto a un patio con manzanos, perales y ciruelos que, aparte de sombra, daban por aquel entonces, un maravilloso tono de huerta, con los colores y olores de sus frutos, al sitio en que celebrábamos el recreo.

Una vez, en clase, de bancos corridos, uno de nosotros, no recuerdo quién, dijo algo que hizo reir al que estaba a su lado. La broma se fue transmitiendo de uno a otro. Eso que ahora –no se si entonces también- se llama de boca a oreja. Al final toda la clase reía la inocente broma o dicharacho inicial causando el consiguiente alboroto.

La reacción de Don Luis, que sabía de dónde había partido el  “reír”, dirigiéndose al que había iniciado el alboroto, dijo: “Tiene usted tres ceros más”. Y como el alboroto fue creciendo hasta las nubes, con su más tonante voz, dijo: “Ese banco entero fuera”. Claro está que se refería a que echaba de la clase a todos los que estaban en él sentados. Las puertas que daban al patio –era mediada la primavera- estaban abiertas. Eran como balconcillos, con reja hasta media altura. Pero todos los sentados en el banco en cuestión se levantaron, ordenada y disciplinadamente, cogieron el banco en el que estaban sentados y, ni cortos ni perezosos, lo lanzaron al patio del recreo, a través del abierto balconcillo.  

No recuerdo cómo acabó el asunto. Pero fue muy mentado por aquellos tiempos.

A final de curso, Don Luis nos quitaba ceros a todos con la misma sordera o desconfianza con que nos los ponía. Y con la misma magnanimidad. Era una buena persona. O así lo recuerdo. Y era innegable su buena voluntad. Ocurrió hace más de medio siglo. ¿Quién se acuerda, ahora, de todo aquello?

© Pacoriego
Madrid, otoño de 2007

 

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Clase de filosofía

Recuerdo con enorme cariño a un viejo –así era entonces para nosotros- profesor de filosofía, a Don Agustín Muñoz. Por aquel entonces la gente se hacía vieja enseguida. Era realmente desastrado, despistado, hasta feo, con unas enormes gafas, como parece que correspondía o se podía ir o ser en aquella época –recordemos el torpe aliño indumentario de Antonio Machado, aunque éste era bastante anterior en el tiempo-.

Tuvo que luchar contra unas cabezas –las nuestras de entonces- ni proclives ni preparadas, para ese tipo de “grandes cuestiones: la vida, la muerte, quiénes éramos, de dónde veníamos, etc., etc.”, aunque no recuerdo si eran esos los temas que trataba de inculcarnos, o con los que nos quería –vano intento- hacer pensar. Imagino que sí.

Lo que si tengo claro en mi memoria es su esfuerzo por lograr que dijéramos psicología en vez de sicología. Quería que comprendiésemos que la raíz griega de la palabra, psico, nos iluminaba la palabra con unas especiales luces y que nosotros al suprimir “psico” la dejábamos “sin alma, sin espíritu”. Le emocionaba el sonido “psi”. Quitar aquella “P” era como si en invierno te dejaban, en la fría y desangelada Soria de entonces, sin bufanda y sin abrigo… y con sabañones. Las raíces griegas o latinas de nuestro idioma nos aclaran tantas cosas para saber qué decimos cuando las usamos, aunque no lo sepamos…  nos decía…

Mes tras mes nuestro querido Don Agustín continuaba su lucha. Para nosotros, aquello era una broma -no consensuada, pero sí asumida- obligatoria: estábamos empeñados en decir sicología y no psicología, como quería “el Pluscuam”. Por llevarle la contraria, no porque fuera de más fácil pronunciación.

Cuando pareció que nos habíamos cansado de insistir en la misma broma, un día apareció en clase como desangelado, triste. Y muy serio, nos dijo:

-Ya podéis decir sicología. Lo acaba de admitir la Real Academia Española, nos dijo, así que ya sabeis. Decid lo que queráis. Las dos formas son, según la Academia, válidas-

Pareció que el mundo griego se había derrumbado sobre su cabeza, despojándole de parte de su más íntimo y profundo ser. Tantos esfuerzos, durante tantos meses… para eso, para que la Academia le derrumbara de un solo golpe.

Nadie hizo ningún comentario. En aquel momento creo que, si hubiéramos votado, habría ganado por amplia mayoría el equipo “psicología” su, hasta aquel día, tan emocionante partido ante su equipo contrario, el “sicología”, ya que, las razones que tan voluntariosamente nos había ido exponiendo durante meses nos habían calado. Las habíamos hecho nuestras.

¿Por qué le llamábamos “el Pluscuam”? La razón del origen de este mote era clara: en los exámenes siempre preguntaba por el “pluscuam perfecto de subjuntivo”. Quizás tenía algún trauma de infancia o de primera juventud no asumido.

Era muy gracioso. O asi lo veo ahora. Recuerdo una vez que nos explicaba que una palabra puede tener diversos significados. Le recuerdo gesticulando encima de su mesa, haciendo el gato (animal) con sus maullidos correspondientes, para contraponerlo al gato (hidráulico, levanta-coches…) gesticulando como corresponde.

¡Qué clases aquellas clases de… filosofía!

© Pacoriego
Madrid, otoño de 2007

 

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Examen de literatura

No se si se llamaban exámenes trimestrales de literatura o parciales. Pero este recuerdo perdura en mi memoria. Lo he recordado muchas veces a lo largo de mi vida.

Aquella joven profesora, que creo que también trabajaba en la biblioteca de la Universidad –no se si entonces se llamaba Complutense- de Madrid (cuánta cosa era entonces nuestra tan lejana Villa y Corte, vista desde nuestra pequeña provincia)  nos dio, durante no mucho tiempo, clase de literatura. Estaría en nuestro Instituto haciendo una suplencia o algo parecido. El caso hace referencia a un suceso que me produjo gran impresión. La profesora tendría en aquel entonces unos veinte años. La recuerdo como una jovencilla, una principiante, rubita, con una ted suave, inmaculada, con emoción, ilusión y temor en los ojos, ante los fieras jovencillos a los que se tenía que enfrentar y ponerlos un como siempre temido examen. No parecía tener muchas defensas ante el medio en el que la había tocado desenvolverse.

Todos en silencio. Estábamos en clase. Y era un examen… luego vendrían las notas, las preguntas de nuestros padres, nuestra propia estima y satisfacción o nuestra desesperanza tras desarrollar el tema que nos tocara. 

-Prohibido tener apuntes, libros, etc. a la vista. El tema del examen es realizar un análisis y un comentario sobre el poema de Don Antonio Machado “Retrato”- 

Y tras poner especial énfasis en que no copiáramos de ningún apunte ni libro, ni nos copiáramos entre nosotros, dio por comenzado el examen.  

Y éste comenzó. Nuestra joven profesora paseaba vigilante por la clase. Debíamos ser unos veinte alumnos, entre chicos y chicas.

Al rato, se encontró, sorprendida y alarmada, ante un compañero de entonces con un libro y algunos apuntes “encima de su mesa”. Estaba copiando sin ninguna precaución ni vergüenza. Le llamó la atención e hizo intención de quitarle los apuntes y el libro. La reacción de nuestro entonces compañero fue sacar una navaja y clavarla violentamente en “los apuntes” que tenía en su mesa, al tiempo que decía o mascullaba que aquellos apuntes eran suyos y que nadie se los iba a quitar.

Nuestra joven profesora, ante la violencia –con navaja- de la situación creada, interrumpió el examen y se fue de la clase, llorando, hacia la sala de profesores para hablar con el Director del Instituto. Creo que era Don Alejandro Navarro, nuestro Catedrático de Ciencias Naturales, pero no lo recuerdo bien.

No recuerdo mucho más. Solo que nuestro entonces “compañero”, cuya familia creo que se dedicaba en mi tan lejano recuerdo a la chatarra, siempre llevaba en sus bolsillos billetes de pesetas por fajos. Debía “mandar mucho” en otros ambientes. Tampoco recuerdo que pasó a consecuencia de los hechos descritos.

Ha pasado casi medio siglo. Perdonar mis inexactitudes y mi falta de memoria. Creo que quizás me encuentro, alguna vez, a un amigo de ese señor llamado Alzheimer.

© Pacoriego
Madrid, otoño de 2007

 

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Dos puntos de agua, de vida

El pozo y la noria. 

Esa especie de pistas de cemento, presumiblemente para jugar al fútbol o al baloncesto en lo que ahora se ha convertido “el patio de Mi Instituto”, fue en otro tiempo huerta y jardín. Ha sido asaltado por los modernos constructores de edificios o cuidadores de la salud pública y del deporte, por la gente del ladrillo, mental o cementil. 

En el patio –que asi lo llamábamos entonces– de mi Instituto había dos puntos de agua, un pozo y una –llamada- noria. Ahora parece un secarral de cemento. 

El pozo estaba -tengo fotos con mi madre sosteniéndome en su brocal- debajo y enfrente, en el lado que la casa de mi abuelo que daba al patio de la parte del Instituto que da a la calle de su nombre, justo cerca de donde en su día pusieron unos despachos, muy concurridos –había mucha hambre- de Auxilio Social en el que repartía algo de comida a los más menesterosos. 

El pozo ha desaparecido.Ya sabeis, el cemento es hambrón, y el tiempo todo lo arrasa. 

El Instituto era mixto y al final del patio “de los chicos“, enfrente justo de la fachada interior del Instituto, junto a la cual estaba el patio de recreo de la Escuela Nacional, de la que nos separaba una gruesa paletilla de obra con verja metálica a “los del Instituto” de “los de la  Escuela”,  había un lugar, peligroso, según decía mi abuelo Esteban, como si fuese, y asi era en realidad, un gran pozo, una reserva de agua. Y así era. Abrir la trampilla metálica a través de la cual se accedía a la visión del pozo, una especie de pequeña y cuadrangular laguna, era peligroso.  

Alrededor de la tierra que tapaba la Noria (imagino que en su día allí habría una verdadera noria- crecían azucenas y muchas otras plantas y flores cuyos nombres no recuerdo. Pero de allí obteníamos azucenas en Mayo, mes de María y de las flores, para decorar nuestra humilde y tan recordada casa. 

La humedad de las aguas del pozo llegaba a dos grandes árboles de moras que crecían en el patio de “los de la Escuela” y que todos los veranos nos agasajaban con una enorme cantidad de negras y dulcísimos moras. ¡Y como manchaban! Pero, ¡qué dulzura nos deparaban! 

También llegaba su humedad a un peral de invierno que allí cerca, pero ya en el patio del Instituto, nos daba unas peras duras, de esas que tardan en madurar  un año entero, y a los ciruelos y a los tilos del final del patio, también cercados de azucenas y lilos. 

La Noria también ¡hay dolor! ha desaparecido. Igual y por lo mismo que el Pozo. El tiempo que todo…

© Pacoriego
Madrid, otoño de 2007

 

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La leñera

¿Era, en verdad, una leñera? Cuando yo entré por vez primera en la llamada “Leñera”, en verdad que no lo parecía. 

Estaba justo al lado de donde años después me dieron clase de dibujo. Recuerdo –aún parece que los veo- a Don Luis del Toro, a Don Juan Chuliá, a aquellos  extraordinarios maestros que tuvimos la suerte de tener como catedráticos los que hicimos “aquel bachillerato, en aquel Instituto”. Fueron un auténtico privilegio. Tuvieron que pasar años para que nos hiciéramos conscientes de ello. 

Cierto es que en aquella llamada Leñera, era donde se guardaba la leña con la que se encendían las estufas que daban algo de calor –con carbón, tras ser encendidas- a todas las aulas y dependencias del Instituto. Pero, aquello ¿era una Leñera? 

Había libros tirados por todos los lados. Parecía una dependencia más del cuarto de aquellos alemanes. Libros y libros, en enormes cantidades, de todos los tamaños y temas. Bien o mal encuadernados. Gruesos o de pocas páginas. Con mis pocas luces y entendederas de entonces (algo, no mucho, menores que las actuales) miraba un libro, luego otro, luego otro… de geografía, de historia, de viajes, literatura griega, de romanos, de descubrimientos de nuevos mundos, con láminas hechas con plumilla o “sin santos”… 

No me entretenía en ninguno. Simplemente los miraba y me quedaba asombrado al ver tanto saber -saber que sospechaba que en ellos había- por los suelos, al lado de enormes cantidades de leños más o menos grandes, más o menos livianos, como los libros… Aún no había entrado yo en la lectura deleitosa, en el placer de leer, aún no era un asiduo de la Biblioteca Pública del Arco de Cuerno en la Plaza Mayor, en la que siempre será “mi biblioteca”, aún no conocía a su director, a Don José Antonio Pérez Rioja, ni casi a nadie. Era yo entonces como una dura pera de invierno a principio de temporada.  

Pasé veranos y veranos solo, saltando de rama en rama en aquellos magníficos manzanos y perales haciendo el tarzán. Todo el patio del Instituto era para mí. No había en él nadie más. Me sentía el Robinson de aquella naturaleza maravillosa. Mi energía infantil me llevaba a moverme, a explorar, a explorarme, a mirar la naturaleza, a oler, a saborear las manzanas, los melocotones, las ciruelas, a saltar, a correr, a esperar…no sabía qué. 

Han pasado los años. No se si existe aún la Leñera. Pero lamento el tiempo que pasé en ella sin hacer nada, sin beber de aquellos libros, preteridos, despreciados, abandonados. 

Cuando hace unos días leí que lo que ocurría con tantos cuadros ocultos o mal cuidados existentes en el Museo del Prado de Madrid, me he acordado de aquel entonces, de mi Leñera… y he sentido dolor y rabia. ¡Qué poco hemos aprendido! Eso si, tenemos calculadoras electrónicas, móviles, televisiones, TDT, viajamos al espacio, dominamos el átomo, avanzamos en el conocimiento de las células madre… Pero dentro de nosotros algo falla. No hemos crecido por dentro a la par.

© Pacoriego
Madrid, otoño de 2007

 Medinaceli. Revista de poesía

 

SUMARIO

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