Pedro Sanz

relato

El último lobo

La foto estaba en blanco y negro, mate, aunque le habían florecido unos rosetones pardos haciendo como rosarios sobre el papel, que le daban ese aire de recuerdo viejo acentuado por los bordes ajados, las caras de mirada fija al objetivo y el olor a lata de dulce de membrillo.
Era un grupo de cuatro hombres con cananas a la cintura, escopetas terciadas sobre el pecho, boinas caladas, jerseis de lana basta y cremallera larga, calzados con polainas de gente avezada a subir escarpaduras o luchar contra las mataperras del monte bajo. El gesto era desafiante, y a sus pies se veía una masa informe de animales muertos, grisáceos, inarticulados, como de trapo.
Al dorso de la foto se leía: La última batida. Noviembre. Covaleda, 1955, escrito con la letra inconfundible de mi padre, rica en jeribeques y adornos laterales en las mayúsculas.
Al ver esta foto lejana, se me arraciman los recuerdos y me traen detalles vivos que creía olvidados sobre acontecimientos de mi infancia. Fue la última batida y, a la postre, la definitiva; después, no hubo más, no hizo falta. Con ella se liquidaron años de una lucha sorda, cruel, contra un animal al que llamaban enemigo, causa de matanzas legendarias, y que tenía su guarida por los montes de Covaleda: el lobo.
Decir "el lobo" era desatar un atavismo de rencores, de venganzas juradas y ocultas contra la alimaña más feroz y sanguinaria que se conocía, borrosamente identificada con todos los males que el monte ocultaba en siglos de pastoreo. Era una lucha a muerte, desproporcionada y sin sentido, pero real, deseada, pacientemente amasada en la conciencia de cada pastor que, seguramente, en su familia contaba con una leyenda de cabras degolladas en una orgía de sangre y miedo tiempo atrás. Y de todo era culpable el lobo, decían.
En la foto se podían contar hasta cuatro. Cuatro lobos yacentes a los pies de los cazadores que sonreían hieráticos, con ese aire de triunfo macabro que da poner la bota sobre la cabeza exangüe del enemigo muerto. También eran cuatro los cazadores.
Mi padre ocupaba el centro. Parecía tener una autoridad tácita sobre el grupo porque era el único que tenía alta la frente y sonreía como satisfecho de sí mismo bajo un bigote recto y elegante. Por eso guardaba la foto y puso detrás con cuidada caligrafía; La última batida
Recuerdo cuando vinieron a mi casa. Eran tres hombres de barba cerrada, boina y pana:

- Rufino, han visto las huellas de cinco lobos por el alto del Hornillo que bajaban del Urbión, y la otra noche le hicieron una sarracina al Fulgencio…

Mi padre tenía un cierto ascendiente entro los cazadores del pueblo por ser una buena escopeta, tener amigos entre los pastores, y haber sufrido en sus cabras las consecuencias del lobo justo el día en que se casaba su hermana: esto le daba patente de corso en cuantas batidas se hicieran, recurriendo a su autoridad moral si había que preparar una, como era el caso.

- Cinco lobos, Rufino… Hay que ir a por ellos.

Vinieron a decírselo. En torno a la mesa se amontonaban años de monte y morral a la espalda, inviernos largos y duros, como los de por aquí. Corrió la petaca y el porrón. Se dibujó un mapa en la mente de cada uno con la precisión de un relojero: al final, cada hombre sabía perfectamente cuál era su puesto en el monte, y estaba decidido a salir a darles caza, matarlos, erradicarlos de la faz de esta tierra. El lobo era el enemigo y no se le podía dar tregua.

- También dicen que le han devorado una potra al Dostrés.

Las rondas de vino y cuarterón se iban turnando entre los cuatro hombres justicieros y poco a poco la idea tomaba cuerpo de que ésta sería la última batida; digamos, la definitiva.

- Y decís que han visto cinco…

A mi padre se le antojaban que eran muchos. Cinco lobos formaban un frente espectacular, una fuerza de la naturaleza sólo comparable a cinco hombres bien armados avanzando de frente, inmisericordes.

- … cinco lobos grandes, enormes, por las huellas que se han visto, Rufino –insistieron.

Se hizo una pausa densa; luego tomó una determinación:

- Será el domingo que viene. Corred la voz. El primer domingo de noviembre. Tenemos que ir antes de que se aventisque el monte, porque si cayera la nieve no podríamos con ellos; se meterían en las loberas y no habría forma de sacarlos. Avisad a los que quieran venir, se necesitan ojeadores. Mi padre les dirá lo que tienen que hacer.

- ¿Cuántas postas ponemos en los cartuchos? –preguntaron ellos.
- Tres.

Mi abuelo, su padre, era un viejo pastor que conocía el monte mejor que la cocina de su casa. Era un hombre respetado pero de carácter enérgico y un tanto altanero. Era un hombre serio y como ojeador, único. El se encargaría de dar las instrucciones necesarias para que cada cual supiera exactamente dónde ir y qué hacer para facilitar el trabajo a las escopetas que, estratégicamente, había distribuido mi padre en los pasos, portillos, atajos y trochas por donde debían pasar los lobos.
Llegó el domingo. El pueblo entero quedó expectante. Los hombres se habían ido muy de mañana con los morrales repletos de chorizos, torreznos y botas de vino. Cada cual tiraría de su hogaza o se haría una lumbre común para asar carne. Luego se intercambiarían las botas y "prueba éste vino, que está muy bueno", si azuzaba la gana; antes, los ojeadores irían removiendo el monte con voces y palos encaminando a los lobos hacia su perdición: los portillos de paso a los arroyos.
Yo recuerdo que andaba por la plaza del pueblo, como todos los chavales, a la espera de tener noticias sobre los hombres que se habían ido al monte antes del amanecer. Tenía una vaga conciencia de lo que se avecinaba porque había visto a mi padre ir preparando las noches anteriores, con la parsimonia de un miniaturista, los cartuchos que habrían de ser empleados en la batida. Para ello, bajó del pajar la caja de madera donde guardaba los artilugios que hacía servir en los días previos al ir de caza; era como una maleta con un asa de metal y cerradura de pestillo que estaba dividida en compartimentos estancos para clasificar el material: aquí los perdigones para la pluma; allí los perdigones para el pelo; luego, las balas para los jabalíes y corzos y, por último, las postas loberas. En un saquito aparte guardaba la pólvora que era de color negro y olor acre; se trataba con delicadeza y medía con meticulosidad según le pidiera el tipo de caza, utilizando un cacito de latón que le daba la medida exacta en cada caso. Una vez me dijo:

- ¿Quiere ver lo que pasa con la pólvora?

Puso en el suelo un montoncito de un polvo negruzco y brillante, aparentemente inocuo, y me dijo que así era la pólvora. Yo seguía atento a sus explicaciones hasta que aplicó el mechero y salió de allí un fogonazo que llenó la cocina de humo. Me quedé fascinado, perplejo, asustado.

- Ni se te ocurra tocarla.

Desde entonces empecé a mirar aquella caja de madera como si fuera la llave de las puertas del Infierno. En otra caja de zapatos guardaba los tacos que servían para prensar la pólvora contra el detonador haciendo un todo uniforme y compacto; después atrapaba por arriba los perdigones con otro taco más fino, como de cartón, quedando el cartucho presto para ser rematado con la maquinilla de redondear los bordes que lo cerraba herméticamente. Era un ritual que le llevaba horas de ir preparando pacientemente uno a uno cada cartucho, y colocarlos en fila india sobre la mesa de mármol a medida que los iba acabando, como si fueran soldaditos de plomo: rojos, verdes, amarillos…, que se me antojaban como juguetes de muerte.
Justo después de comer bajaron los primeros ojeadores, los más jóvenes, que venían casi corriendo y dieron la voz de alarma: "Han matado a cuatro".

- ¿Hombres? –preguntó mi vecina, la Angelita, fuera de sí.
- No, mujer, lobos.
-  Ah, ¡Jesús, qué susto!

Yo corrí a decírselo a mi madre:

- El Lolo ha venido diciendo que han matado a cuatro.

Mi madre movió la cabeza en señal de incredulidad. Luego le aclaré:

- Mamá, pues si han matado a cuatro, entonces es que se ha escapado uno…

Mi lógica era matemática y exacta, puesto que uno había oído hablar a los hombres de cinco lobos y echadas las cuentas me daba que uno se había escapado. Sentí una alegría agria y extemporánea, un algo que me hacía ponerme del lado del lobo fugitivo solidarizándome con su buena fortuna por salvar el pellejo, pero ensombrecida por una profunda pena al saberle solo, perdido en esa infinita soledad que le sobreviene al monte cuando se acerca el invierno, sobre todo cuando empieza a caer blandamente la nieve por entre los cándalos de los pinos. "¡Pobre lobo!", me decía para mí mismo.
Esta imagen del lobo solitario me acompañó toda la tarde y se me hizo más real cuando bajaron los hombres del monte portando sobre varas su sangriento botín: cuatro lobos muertos que dejaron tirados a las puertas del Ayuntamiento.

- ¿Son los cuatro lobos? –le pregunté a mi padre.
- No, estas dos son lobas…, y no te acerques, que te muerden –me dijo haciendo una broma mientras arrimaba con el pie la boca semiabierta de uno de ellos por la que se perfilaban unos colmillos entrelazados y cortantes como navajas.

El macabro conjunto era un montón de carne muerta, de pelo gris y ojos opacos con manchas de sangre seca. Se me hizo un nudo en la garganta; ya había visto lobos muertos otras veces, pero estos compañeros del fugitivo se me antojaban más cercanos a mis sentimientos, y es que la idea del lobo huido no me la podía quitar de la cabeza…
Pero el tiempo, que todo lo aplaca, hizo que en unos días se me fuera difuminando la figura del lobo solitario que me imaginaba aullando a la luna, recortado contra el horizonte del pinar, en esas largas noches de invierno.
Yo tenía la suerte de que mi abuelo fuera pastor de los de cachava y morral; también tuve la suerte de que contara con noventa y tantas cabras que eran para mí como un algo cálido y vivo que hizo que se me fuera desatando la curiosidad por ese mundo del pastoreo tan crudo unas veces y tan sacrificado otras.
Además de pastor, mi abuelo era un sabio: conocía el monte y sus misterios, las cosas de la vida, el devenir del tiempo, las huellas de los animales y los olores que llevaba el viento. Me gustaba ir con él porque era como una fiesta y cada día me enseñaba cosas nuevas; me contaba historias de lobos, de maquis, curiosidades de los animales, y me explicaba refranes que solía emplear al hablar…
Las tardes de verano eran las mejores para ir al monte: largas y cálidas. Después de la siesta me solía decir:

- Chiquito- Chiquito, ¿te vienes a las cabras conmigo? Venga, que te monto en la yegua.

Mi abuelo, además de tener cabras, tenía media docena de yeguas y caballos que dejaba sueltos por el monte todo el año formando una manada que solía andar por las faldas del Urbión, y sólo bajaban al pueblo con las primeras nevadas o en la época de las parideras, según, buscando el calor de la cuadra.
Cuando me prometía ir montado en la yegua cana, rápidamente aceptaba acompañarle, porque para mí era como ir sentado sobre un trono. Desde su lomo blando el camino se me hacía corto y todo parecía puesto a mis pies: los pinochos, los brezos, algún corzo que nos salía al paso espantado, el arroyo…, y entonces me imaginaba que el monte estaba hecho para mí, como si fuera mi Paraíso Terrenal, igual que aquel de la Historia Sagrada en el que la belleza no tenía límites y había toda clase de animales.
A la yegua cana le daba de comer en mi mano. Me ponía gruesos trozos de pan duro y ella iba y los cogía con toda delicadeza no queriéndome lastimar con esos dientazos amarillos que me enseñaba cuando reía.
Con la llegada del buen tiempo, el monte se convertía en un hervidero de vida silvestre; entonces, mi abuelo, mi hermano Pepe y yo acudíamos al corral del Guijo con la yegua cana que nos servía de trono al ir, y cargada al volver con las cantarillas repletas de leche tibia recién ordeñada.
El corral del Guijo quedaba en un lugar privilegiado. Estaba como a una hora del pueblo en dirección al Puente de Soria; luego subíamos una ladera suave que quedaba a la izquierda hasta llegar a una cuerda formada por unas rocas cortadas a pico, que se desplomaban verticales haciendo unas cuevas que, oportunamente cercadas, se convertían en un refugio natural muy abrigado en invierno: éste era nuestro corral. Cuando llovía, por ejemplo, allí nos refugiábamos todos: animales y personas, hasta que pasaba la tormenta o el aguacero. A mi lado, siempre se venía el perro.

- Quieto, Lunes, que me mojas.

El Lunes no era propiamente un perro pastor, pero con el tiempo llegó a serlo, y muy bueno. Un buen día pasó por allí el Críspulo, un medio familiar de mi abuelo, y le dijo:

- Pedro, ¿quieres un perro?

Mi abuelo al ver aquello, le contestó:

- ¿Y para qué quiero yo esa ruina de chucho?
- ¿Este? –le dijo el otro mientras levantaba el dedo sentencioso-: Este perro, aquí donde lo ves, sabe latín. Ya quisieran muchos tener la inteligencia que tiene este perro. Bueno, ¿lo quieres, o no?

Mi abuelo sonreía socarrón:

- ¡Hombre, si sabe latín…! Venga, tráelo.

Y se quedó con él. Los primeros días andaba un poco acobardado, medroso, se asustaba de todo y era el hazmerreír de los otros pastores cuando lo veían acurrucado bajo las mantas. Pero poco a poco mi abuelo le fue enseñando cómo tratar a las cabras y, como era cierto que sabía latín, pronto aprendió el oficio de perro pastor, pasando de hacer risa a causar admiración, pues a la menor insinuación levantaba las orejas, enfilaba el morro y, acto seguido, volaba como un rayo a hacer el encargo que se le mandaba por difícil que pareciera: subir, bajar, cantar o bailar… El Lunes era un perro genial.

- Chiquito, ¿cómo le ponemos?
- Pues como el santo de hoy, que es lunes…, ¿cómo le ponemos?
- Pues como el santo de hoy, que es lunes…

Y con Lunes se quedó, que no era un santo, por cierto, sino el día de la semana. Nos teníamos cariño; el perro se venía a mi lado para que le hiciera fiestas y yo le arrascaba detrás de las orejas; cuando paraba, me daba un toquecito con el morro para que siguiera… Un día se me ocurrió decirle a mi abuelo:

- Con lo pequeño que es, como vea a un lobo, nos quedamos sin perro

Y mi abuelo se reían pensando que, efectivamente, el perro era poca cosa como para enfrentarse a un lobo, pero por allí pocos lobos podría haber después de la matanza que se hizo de ellos el invierno pasado:

-Aquí ya no hay lobos, majo.

Y nos quedamos en silencio. Luego le recordé:

-Abuelo, pero uno se escapó…

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue pasando el verano. Se llegaba el tardío y pronto habría que volver a la escuela, teniéndome que despedir de las cabras hasta el año siguiente. Una tarde de las últimas, cuando ya empezaba a refrescar, le dijo el Saturnino a mi abuelo:

- Cadenas, -así llamaban a mi abuelo a raíz de la llegada de unos comediantes al pueblo que recitaron el famoso romance de Pedro el Cadenas, (digo famoso por aquellas fechas) que llamó la atención a los mozos de su cuadrilla y le aplicaron rápidamente el nombre quedándole como apodo que luego pasó a la familia…; pues vino el Saturnino y le dijo:

-Cadenas, ándate con ojo porque por aquí hay lobos: me dice el Zurdo que ha faltado una cabra y que vienen de Cuevamujeres; él, por si acaso, ya ha puesto unos cepos.

Pero mi abuelo no le hizo mucho caso pensando que exageraba:

- Aquí ya no hay lobos, Saturnino. En todo el invierno pasado no se ha visto ni rastro de ellos. Y dile al Zurdo que haga el favor de quitar esos cepos, que son peligrosos.

Yo, que estaba en la conversación, recuerdo que le dije:

- Abuelo, pero se escapó uno…

Mi abuelo me miró con una sonrisa y me arrascó la cabeza acariciándome el cogote.

- Sí, ya lo sé, majo; pero no te preocupes, ése no anda por aquí. Ya se habrá muerto.

Efectivamente, el invierno pasado vino muy crudo. Cayeron unas fuertes nevadas y en los montes de Covaleda todo quedó oculto, helado. Los pastores se parapetaron tras los tapabocas y tabardos para hacer frente a las celliscas y los hielos, no encontrando huellas de lobos que hubieran merodeado por las majadas. Era evidente la tranquilidad que reinaba entre los pastores: al lobo fugitivo se le daba por muerto. Y aunque estuviera vivo, un lobo solo y viejo era tan inofensivo como un cordero, pensaban. Y no se habló más de él.
Pero ahora Saturnino venía con otra copla: alguien le había visto por allá arriba y, si era cierto, podría llegarse hasta el Guijo buscando el refugio del valle, en la espesura.
Yo pensé: "¡Ojalá venga por aquí! Si es tan inofensivo como dicen, yo mismo lo cuidaría como al Lunes y le enseñaría a ser un lobo pastor…", y me quedó como una sospecha latente de que el día menos pensado me lo iba a encontrar.
Hay un arroyo que baja lamiendo los pies del corral de mi abuelo de aguas claras y heladas. En él mi hermano Pepe y yo jugábamos a hacer pozas que servían de abrevaderos sencillos para las cabras e, incluso, los días calurosos de agosto aprovechábamos para bañarnos en sus aguas transparentes. Jugar en el arroyo y triscar por sus alrededores nos llevaba buena parte de las tardes de pastoreo.
Pero aquella tarde, no se me olvidará la escena, al pasar por el camino que corre paralelo al agua notamos que algún bicho se movía tras unos espesos matorrales. Pensamos que sería alguna cabra que estaba enredada y no podía salir. Nos acercamos con cautela y, después de hurgar con un palo, vimos con asombro que allí tumbado había un animal grande, de pelo grisáceo…, enseguida me vino a la mente la figura del viejo lobo, el fugitivo. Al levantar una rama, volvió torpemente la cabeza hacia nosotros con el resuello ahogado: un cepo enorme le tenía atenazada la garganta. El lobo había roto la cadena y lo llevaba colgando como un collar de muerte clavado hasta la médula, haciendo presa en la vida que se le iba escapando lentamente. Su cuello no era ya más que una masa de carne sanguinolenta y terrosa…
Agonizaba: me miró fijamente y en sus ojos moribundos, casi opacos, vi dibujada la tristeza del lobo solitario, el último que quedaba por las tierras de Urbión; al verle tan derrotado, tan malherido, no me dio miedo, sino una pena infinita que se me escapó en un sollozo: "¡Pobre lobo!", exclamé, y me alejé corriendo.

© Pedro Sanz Lallana 1999
Blog de Pedro Sanz

(Relato ganador del primer concurso de narrativa soriana "Gervasio Manrique")

 

Pedro Sanz 

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