Oscar Sotillos

Notas biográficas
Relato  María Triste y en Cuentacuentos - La ceremonia del miedo
Poemas  Tres poemas en prosa - Las preguntas del agua - La solitaria muerte de la luna - Caja de Pandora 
Artículo  Ruta Literaria por Tierras de Tiermes
Comentario del libro  María Triste y el Cuentacuentos

María Triste y el cuentacuentos

"María Triste" de Bernardo Molina del CuboEsta es la historia de una mujer que tenía muchos dolores por dentro, pero no podía llorar porque tenía obturado el conducto que lleva las lágrimas a los ojos, y se fueron todas a los pechos que se hicieron grandes y puntiagudos como globos. Caminaba por las calles suspirando, mordisqueando trozos de pan duro que guardaba en los bolsillos de un delantal azul cielo que le colgaba de la cintura. Las gentes de las tiendas cuando la veían a través de los escaparates hacían un silencio siguiéndola con los ojos, y cuando acababa de pasar decían:

-¡Ay, pobre! Tan joven y tan desgraciada…

A lo que asentían las clientas:

-Sí, es una pena.

Y la mujercita tan desgraciada seguía arrastrando su pena y sus pechos tristes por los empedrados del barrio. Cuando en la acera se cruzaba con alguien apenas levantaba la vista para saludar, y las vecinas, terribles en cuestiones de urbanidad, a ella le perdonaban por aquello de su tristeza.

-Pobrecita, cómo va a estar para hacer vida social, con la pena tan grande que tiene.

Hasta los animales la respetaban. A unos mendigos de una plaza cercana se les acercaban todos los perros, gatos y palomas de los alrededores por ver si les caía algo de lo que rapiñaban entre los restos de basura, y cuando se movían parecían tener comitiva, como los reyes, pero sin banda de música. A ella, en cambio, aun su dejadez y su andar vagabundo no la seguían por discreción, era como si hasta los mismos bichos olisquearan su soledad y no quisieran estorbarla, así que sólo se le acercaban cuando se le caía una hoja de lechuga o unas migas de pan.

Los niños, con tanta ingenuidad como los perros, pero con mucha más malicia, le habían intentado hacer algunas bromas. Primero le buscaron mote: "María Triste", "la Desgraciada" o "la Calladita" fueron algunos de los intentos, pero vieron que ninguno de los apodos cumplía el requisito fundamental, que era hacer reír, pues el que pronunciaba estas palabras iba bajando el tono en cada sílaba y se le iba truncando la sonrisa pícara en mueca de desilusión. Testarudos como ellos solos buscaban todavía alguna forma de burlarse de ella. Pensaron en soltarle un ratón, en dedicarle una de sus canciones más mordaces… pero acabaron por dejarlo correr, pues cada vez que se disponían a realizar alguna de sus fechorías, no sabían por qué, se les iban las ganas y la dejaban pasar.

El buen tiempo no se anunciaba en el barrio con el florecimiento de parques y jardines, pues los pocos espacios abiertos eran plazas empedradas con monumentos a señores con bigote y en uniforme. A lo sumo asomaban hierbecillas entre los adoquines de la calzada, o los balcones de los pisos altos, que recibían algo de luz, ofrecían un paisaje de geranios abiertos. Los niños, al poco de alejarse el frío, hallaban en el puerto su patio de recreo más concurrido. A la salida del colegio acudían a los muelles para ver a los hombres que descargaban enormes paquetes de mercancías. Se entretenían leyendo los nombres de los barcos que atracaban y jugaban a adivinar sus países de procedencia por el color de las banderas. A la noche, los más mayores se escondían detrás de los almacenes y espiaban a los marineros que bajaban a tierra después de haberse afeitado y puesto ropa limpia. Les fascinaban las lenguas extrañas que hablaban, el porte robusto, los tatuajes que dejaban ver sus brazos desnudos… y se les embriagaba la imaginación haciéndoles ver la profesión de marino como la más fascinante del mundo. Unido a todo esto, a los muchachos se les removía algo por dentro a lo que no sabían dar nombre, pero todos callaban cuando las espaldas altas y robustas de esos héroes del mar se perdían por una de aquellas calles prohibidas donde abundaban los faroles rojos y las mujeres con los ojos y los labios pintados. Las escaramuzas nocturnas a inicios de verano solían acabar allí, ante el umbral de aquella calle que era también el de la pubertad, y volvían a casa, aunque en sueños ninguno recordase el tatuaje, sino los rostros de las mujeres pintadas. Pero el verdadero verano no llegaba con el solsticio o con las vacaciones de los niños, lo marcaba un acontecimiento inesperado: el circo. De hecho venía cada año en el mes de junio, pero jamás en una fecha determinada. Llegaba un día con sus caravanas y sus animales para aposentarse en la playa sin hacer ruido. Una vez instalados asaltaban la ciudad con sus desfiles y fanfarria, pero eso ocurría en las avenidas, donde cabía todo ese tráfico de música y colores. A las calles del barrio sólo llegaban rumores del estruendo y nadie parecía percatarse. Era después, cuando un día cualquiera uno de los coches de la compañía recorría las calles del barrio como buscando la salida a un laberinto: apareciendo aquí, desapareciendo allá, reapareciendo en una esquina, perdiéndose por otra… pero siempre con la musiquilla y el animado discurso que salía por el megáfono del vehículo anunciando la llegada del Gran Circo Feriluche, con osos rusos, leones del Senegal, el hombre más feo del mundo y la mujer de los tres brazos y dos cabezas. Entre anuncio y anuncio la música de trompetas y tambores asustaba a los pájaros de las ventanas, despertaba a los viejos y arrastraba a los niños como encantados tras una flauta mágica. Desde ese mismo día los padres eran acosados por sus hijos, y ante la primera negativa los niños reaccionaban con morros y pataleos. Soñando con convencerles acudían a la playa donde habían montado las carpas y donde se extendía todo un campamento de tiendas, jaulas y caravanas. Todos esperaban la inauguración con la certeza de que sus padres, como cada año, acabarían accediendo a llevarles.

Aquel verano, ella, la muchacha de la pena, acudió también al circo con sus manos temblorosas y su rostro compungido. Parecía que le atraía la música de la gramola que se escurría por la feria montada alrededor de las carpas.

Una vez dentro se las ingenió para colocarse hacia un rincón de las primeras filas, y de la pista cogió un puñado de serrín que fue amasando, a la espera de que diera comienzo la función. La gente fue ocupando sus asientos, llenando una fila tras otra. Era el último día del circo y todos querían ver sus proezas. Aquella noche los trapecistas rozaron lo imposible, el todavía más difícil; al forzudo le caían gotas de sudor por la calva y los de la cama elástica parecía que fueran a salir disparados, rompiendo la tela del techo; al mago se le escapaban las palomas del sombrero y los niños se quedaban boquiabiertos con los rugidos de los leones. Las expectativas estaban cumplidas y llegó el momento de relajarse. Se apagaron las luces y la banda enmudeció. La pista estaba ahora iluminada por una luz tenue, como de velas anaranjadas que bañaban la arena, y el silencio fue abriéndose con la melodía de una flauta que parecía la de un encantador de serpientes. De las sombras avanzó un muchacho vestido con una túnica y tocado por un turbante, los pies los llevaba descalzos y entre las manos iba sonando una flauta. Al llegar al centro de la pista, donde un foco le iluminaba, dejó de tocar y se presentó:

-Buenas noches, amado público. Mi nombre es Abú-Kasán, hijo de Delim-Kasán y miembro de una estirpe de cuentacuentos que se remonta a varios siglos antes de nuestra era, cuando mis antepasados amenizaban las duras jornadas de las caravanas que cruzaban el desierto. Por entonces, el arte de explicar historias no era un espectáculo, sino un entretenimiento de las gentes que perduraba por la costumbre de ir pasándolas de generación en generación, y así es como me llegaron estos relatos que les voy a contar, pues a mí me los explicó mi padre, que a su vez los había escuchado en boca del suyo, y así hasta el último de los antepasados del que se tiene memoria, un viejo ciego del reino de Granada, que aun la noche anterior a que cayera la ciudad se dedicaba a explicar historias:

 

La ceremonia del miedo

Celebración del plenilunio en TiermesEl invierno cerca la aldea cada año, cubre los campos y los tejados haciéndolos formar parte de un mismo paisaje blanco. Parece que se detenga la vida. El sol sólo alumbra, no da calor, y los labradores apenas pueden arrancarle más provecho a la tierra, así que se encierran en sus hogares dilapidando las semillas que reunieron en el último verano. Desprovistos de sus azadones y guarecidos en sus casas de piedra parecen pajarillos atemorizados, siempre preocupados por el clima, por la comida... Casi no salen de sus moradas, son las mujeres las que rompen cada mañana la cáscara helada del río para sacarle el agua. Ellas y los niños que juegan con la nieve son los únicos seres vivos que se mueven por las callejas. No entiendo ese continuo temor al cielo que tienen los campesinos: siempre orando en murmullos, ofreciendo pequeños sacrificios y oficiando ceremonias en demanda de agua o de sol. Yo no trabajo la tierra, por lo que es normal que no sienta la importancia de según qué expresiones del tiempo. Yo sólo me agito ante la proximidad de un combate, y no por temor, sino de pura excitación, pero los labriegos no hacen más que temblar, ya sea ante una tormenta que arrasará sus campos, como ante un ataque al que ellos no deben hacer frente. De todos modos, del miedo que nunca tuve no puedo hablar.

El día se contrae, pero las horas parecen dilatarse en la ociosidad del invierno. Los animales han huido a otros lugares más cálidos, y los que quedan se esconden en sus guaridas para invernar. Las cacerías se anulan, las expediciones no pueden ir más allá de nuestro propio valle, hasta los combates con nuestros enemigos se posponen. El arte de la guerra para el que estamos adiestrados se limita en esta época a vigilar desde las torres envueltos en mantas o acurrucados en pequeños corros alrededor de un fuego. El resto del tiempo pasa en la taberna, fanfarroneando de las victorias y brindando por los compañeros muertos. Pero la paz y el invierno dan mucho más tiempo del que se puede gastar en la holgazanería, y a alguien que está acostumbrado a vivir de la fuerza de su brazo le es difícil llenar sus días con sólo palabras. Por eso los sacerdotes nos hacen levantar hogueras cada vez que la luna se hincha y se convierte en diosa, y acudimos en procesión a la llanura, a los pies del pueblo. Los aldeanos forman un gran círculo alrededor del fuego, apretándose para poder soportar el frío, contemplando las llamas que se elevan y desaparecen aspiradas por el dios Lugh en su forma de luna llena. En la aldea se han apagado todas las antorchas, de modo que la llanura y las montañas que rodean el valle sólo son iluminadas por la luna y la hoguera. El silencio ritual se rompe con las ramas que crepitan en el fuego, y el eco repite las notas de los tambores. Los druidas han ido calentando una marmita con la sangre de la uva, y justo antes de que comience a hervir vierten cazos con miel y algunas hierbas para convertirlo en orumi, el río cálido del que bebemos para aventar el corazón. El líquido se enturbia y los vapores se levantan con el fuego. Los guerreros hemos dejado las armas en el suelo y cada uno piensa en sus miedos. Los hay que recuerdan la cara de un viejo leproso que les asustó cuando niño, otros ven las fauces rojas de un oso que se abren hacia ellos, pasan frente a todos los rostros de los enemigos que han caído bajo nuestra espada. Cada cual busca sus fantasmas...

Mi miedo no es el fuego, pues sé domarlo en la antorcha y en la hoguera; ni la sangre, pues la llevo dentro y la que se derrama es de otros. Mi miedo no son las alimañas o el frío; ni la muerte me ha sujetado jamás el brazo al verla de cerca, pues con el peligro mis ojos se tornan ciegos y los sentidos sólo vuelven a mí con el reposo, cuando el corazón retoma el ritmo y se siente la fatiga. Pero si se llega a este punto es que se está vivo, y entonces ya no hay motivo para el miedo, en todo caso para el dolor. Pero aun así no puedo decir que no conozco el miedo. Mi miedo es un grito que viene de dentro algunas noches. Es una herida de puñal con una hoja de hielo que se debió de romper dentro de mis carnes. Quedó olvidada entre las vísceras, y la brecha se fue cerrando en una cicatriz fea y oculta. A veces, como a los viejos a los que les duelen los huesos con la lluvia, la hoja quebrada se remueve en mis entrañas apuntando al corazón, entonces noto un frío que no me quitan las más gruesas pieles. Algunas noches me he visto saliendo de mi cabaña despertado por un sueño extraño. Incapaz de recordar el sueño, husmeo el aire desde el umbral buscando ese recuerdo que me inquieta. Escucho el búho, los grillos, la respiración pacífica de la mujer que descansa a mis espaldas, y la tensión se relaja, pero continúa la sensación de encontrarme en una emboscada, en una cacería de jabalíes, pero sintiendo que la presa soy yo. A veces, ese miedo extraño lo veo en los ojos de mis hijos las noches de tempestad, y trato de que entiendan lo absurdo que es preocuparse por la lluvia o el trueno; otras veces lo veo en los gatos que encorvan la espalda ante una sombra, y se les eriza el pelo como espinas, y dejan escapar un silbido entre los colmillos; o en los perros, que comienzan a ladrar en la noche sin motivo aparente... y entonces veo a mi miedo como algo más lejano que mi niñez o que la simpleza de un animal, sino como algo más vital y nublado, como escondido detrás de mi inteligencia, respondiendo a preguntas que soy incapaz de formular, golpeándome con violencia en el saco donde llevo las cosas incompletas que he ido dejando atrás. Anulada la conciencia, la búsqueda de respuesta, me quedo con lo básico, con el recuerdo de ese sentir, y la memoria reproduce en mi piel las mismas sensaciones de esas noches negras que se me abren como agujeros. Y el miedo, irracional como el deseo, me empuja a huir, me sacude hasta temblar...

Y el sacerdote alza el tazón.

- ¡Lugh! ¡Dios Lugh! ¡Alabada sea tu fuerza! ¡Nos has dado la paz en este invierno, pero sabemos que el enemigo acecha tras las cumbres! ¡Somos tus vasallos y te pedimos que aceptes nuestras ofrendas a través del valor de nuestros guerreros! ¡Danos la fuerza de tu luz para ser siempre fuertes, oh Lugh!

Y los guerreros tomamos el tazón de barro entre las manos y lo llevamos a los labios bebiendo el orumi, y el fuego llama al fuego. Los tazones vuelan y ruedan por el suelo, y de todas partes del círculo los guerreros corren bramando, tapando el eco de los tambores y los gritos de la madera que arde, y unos y otros saltan a las llamas atravesando las cortinas encendidas de sus miedos. Y me ato al rito, me sumerjo en la ceremonia creyendo al sacerdote, creciéndome con el orumi. Y brindo mi ofrenda al dios que me dará valor, al dios que me calmará como un padre. Y desato mi cuerpo y mi garganta, y desafío con mi cuerpo y mis gritos al fuego de mis temores.

© Oscar Sotillos 1999

El relato llamado "La Ceremonia del miedo" nació un plenilunio de abril, hace tres años, a la vera del yacimiento arqueológico de Tiermes. La población primigenia de la que se tiene noticia se remonta a la Edad de Bronce, pero los restos más destacables son los que dejaron los romanos tras tomar la ciudad a los arévacos, pueblo celtíbero de la península. Más tarde, en la Edad Media, encontramos una ermita románica como último vestigio de lo que debió ser un monasterio.

En los últimos años, paralelamente al interés por el yacimiento arqueológico (campos de verano, museo…) y la explotación turística, se ha construido un hotel restaurante que todavía es conocido por los del lugar como "el chiringuito", apelando a sus modestos inicios. Una de sus caracterísitcas es la de preservar las tradiciones, desde las referentes a la gastronomía popular, hasta organizando excursiones a caballo por entre las ruinas -tal y como lo debían hacer sus antiguos moradores-, o reviviendo alguno de sus ritos, como el de las noches de plenilunio.

Esta celebración se da entrada la noche, con la luna ya bien alta. Se calienta a fuego de leña y a cielo abierto una marmita llena de vino(1) sobre la que se vierte, una vez caliente, miel y hierbas de la Sierra Pela que es la que circunda la región. Alrededor de la hoguera y tras las palabras del oficiante la gente con las manos unidas en un corro formula un deseo a la luna(2) y bebe para que se cumpla. La ceremonia finaliza cuando los más osados saltan a través de las llamas de la hoguera. El ambiente desenfadado y festivo que he vivido en las dos ocasiones en que he participado de la fiesta contrasta con lo que debió suponer para sus participantes en tiempos difíciles como el invierno en que sitúo la historia, cuando el frío detiene no sólo el agua congelada del río, sino el mismo curso de la vida y hasta el de la guerra. En tiempos de paz no debe ser fácil para lo guerreros aceptar la inactividad y menos aún la sumisión al estamento religioso, que hallaría en estos ritos la fórmula ideal para mantener el miedo a lo desconocido en unos corazones supersticiosos, haciendo de ellos, como todavía hoy se utiliza, temerosos de dios, y por tanto manejables.

1) El nombre de esta bebida es meliclaton, y no orumi como se menciona en el relato, que sería orujo, miel y hierbas.
2) "Varios dioses celtas están atestiguados en un ámbito más amplio que el de la península, y nosotros podemos documentarlos en inscripciones donde son mencionados. Según César, el mayor de los dioses célticos es el que denomina Mercurio, como dios de todas las artes, y que es identificado con Lugus, el irlandés Lugh, como diestro en muchas artes. Parece que para la mayoría de los expertos, Lugus significa brillante,y se adoraba al sol como dador de vida y protector de la fertilidad y la curación, con la rueda como símbolo. Así Lug es documentado en una inscripción rupestre de Peñalba de Villatar (Teruel) como Luguei; en Uxama otra deidad a Lugoves (plural de Lug), etc."
Rojas Martín, Roque Los Arévacos. Madrid, 199?
También en Tiermes vemos esta deidad como Lugh, pero derivado de luz (lugus) lunar, y no del sol, pues este rito es claramente lunar al darse cada plenilunio.

© Oscar Sotillos 1999

Estos relatos corresponden al libro María Triste y el cuentacuentos, a partir de aquí el narrador explica el Cuento Nazarí de la luna y el sol, De moros y cristianos y el Hijo del sultán, enredando la historia de María Triste con los relatos y con la vida del propio cuentacuentos.

(Los relatos aquí publicados son © del autor y con permiso de la editorial)

   Comentario de María Triste y el Cuentacuentos

 

Breves notas biográficas:

Óscar Sotillos (Barcelona, 1973). Ha publicado la novela La Fruta del tiempo (Tenerife, Baile del Sol, 2008) y el libro de relatos María Triste y el cuentacuentos (Tegueste, Baile del Sol, 1999) que en 2007 fue traducido al italiano y publicado por DeAgostini. En abril de 2010 ganó el primer premio de novela “Encina de Plata” cuyo presidente del jurado, el escritor y académico Luis Mateo Díez, calificó de “novela hermosa y muy bien escrita” y que fue publicada en 2011 por el grupo Aralama.

Ha compartido escenario con el guitarrista Javier Molina en un proyecto de narrativa oral dramatizando sus propios relatos por circuitos de Barcelona, Donostia, Córdoba y Madrid.

También ha visto sus textos llevados a la performance teatral (Luna, 2000), así como en las composiciones de grupos y cantautores de Barcelona.

Como poeta visual codirige junto al poeta José G. Obrero, el blog http://elpixelenelojo.blogspot.com/ y ha expuesto en el festival Cosmopoética de Córdoba (2010), ExPoesía de Bilbao (2008) o Espai Obert de Barcelona (2003).

Fue colaborador habitual de las revistas Girándula (2008) y Perfil del Aire (2005, 2006 y 2007). Actualemente publica en varias publicaciones como Alteridad, Agitadoras, En Sentido figurado, Poe+ o Iguazú.

Entre 2005 y 2008 publicó un blog literario (http://tiermes.blogia.com ) que situaba el pequeño municipio de Montejo y la comarca de Tiermes (Soria) como centro del mundo. La memoria familiar y la Historia servían de hilo para explicar historias que a veces llevaban al otro extremo del globo.

blog de Óscar Sotillos

blog de La fruta del tiempo

 

SUMARIO

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