Jesús María Vasco

Breves notas
Relatos  El encierro - Primera vez que pisé San Pedro Manrique

relato

El encierro

En mi vida he realizado tres encierros estrechamente conexionados entre sí. El primero, cuando estudiaba medicina en la Universidad del País Vasco. Exigíamos los estudiantes un Hospital Universitario para realizar nuestras prácticas clínicas por derecho propio sin tener que mendigarlas en otros Hospitales. El encierro duró un par de meses. Lo comenzamos 80 personas y lo acabamos una docena. Escogimos como base campal el Hospital de Basurto. Yo contaba entonces unos 20 años y, con 20 años, es difícil sujetar las inquietudes. No conseguimos nada, pero nos habituamos a vivir en solidaridad, compartiendo lo que teníamos con la ilusión de cambiar un mundo del que no entendíamos por qué se había diseñado así. Pensábamos, con la mayor naturalidad, que el resto de la gente no había caído en la cuenta de que un hospital siempre nos estaría esperando en cualquier momento de nuestras vidas y que su uso lógico no precisaba de convencimientos. En un hospital se nace, se sana y se muere. ¿Qué espacio social es más completo que un hospital? Pues nadie nos hizo caso, predicamos en el desierto. Necesitábamos otro Cristo que predicara nuestro evangelio. Nos desilusionamos cuando comprendimos que el mundo se rige por criterios economicistas, no humanistas. Aquel proyecto de Hospital, ubicado en Leioa, cuyo esqueleto arquitectónico permaneció a la intemperie durante más de 10 años, se transformó en un geriátrico privado, o mejor dicho, aparcadero de ancianos, probablemente más rentable que un hospital, con lo que se nos desvanecieron todos nuestros anhelos.

El segundo, fue mi aislamiento en el Hospital de Cruces cuando me realizaron el trasplante de médula hace ahora cinco años. Claro está que no fue ni voluntario ni obligado, sino prescrito. La sanidad pública, una vez más se puso a mi servicio.

Y el tercer encierro es el que estoy realizando con casi toda España en el momento actual, como consecuencia de la pandemia del coronavirus.

Puedo decir, que este encierro me pilla más veterano, con el ardor de juventud atemperado y con perspectivas de futuro amainadas por la cruda realidad. Este confinamiento no es voluntario, como aquél, si no que obedece a criterios sociales y de otro tipo, bien distinto, de solidaridad. Los dos encierros han sido necesarios. Aquél, pretendiendo conseguir un logro social universal que probablemente hubiera frenado hoy, en nuestro entorno, el desbocamiento de este virus agresivo y cruel. Probablemente, si aquel Hospital se hubiera realizado, a lo mejor tendríamos hoy más camas, más UCIS y más personal para controlar la pandemia. De aquellos polvos estos lodos.

Pero no voy a caer en la desesperación, porque este parón, me ha venido de perlas para resetear mi vida y poner a funcionar una serie de iniciativas que tenía en la trastienda. Estoy leyendo como hacía 20 años que no lo hacía. Estoy poniendo al día una larga lista de libros amigos que esperaban apilados en mi mesilla su oportunidad: Isabel Goig, Carmelo Romero, Avelino Hernández, Abel Hernández,…..etc., autores entrañables para los que mi tiempo no daba de sí.

Otro aspecto positivo de este confinamiento es el reencuentro con la familia. Agradezco la obligación de permanecer junto a ellos y dedicarles un tiempo que jamás hubiera imaginado. Comer juntos, charlar, disfrutar del ocio compartido e incluso poner a punto una relación a la que habíamos negado el tiempo. Siempre excusas para coincidir: exceso de trabajo, reuniones necesarias o inventadas, gimnasios, poteo…etc. Cualquier motivo era bueno para postergar un beso, una caricia o, simplemente, una palabra.

Hacía tiempo que no disfrutaba del cine. Siempre me ha gustado acudir a una sala de cine para ver una película, con palomitas y coca cola, es verdad. Pero el confinamiento me ha inducido a disfrutarlo de otra forma. Hoy disponemos de múltiples plataformas para visualizar un sinfín de películas para todos los gustos. A la tarde, después de los aplausos de las ocho dedicados a nuestros héroes sociales como sanitarios, empleados de la limpieza, trabajadores de supermercados, educadores…etc., nos reunimos todos junto al televisor, como hacíamos cuando yo tenía 9 años, atraídos por la magia de una caja de la que salían imágenes y sonidos que no entendíamos cómo llegaban.

Y por fin, gracias a este encierro, puedo tutearme en el ordenador y emprender este magnífico acto que es el escribir, donde una vez más me desnudo para mis amigos, compartiendo mi tiempo para que le sirva a otro aunque solo sea para arrancarle un pedazo de emoción.

Estoy seguro que saldremos bien parados de todo esto. Que aprenderemos a valorar los espacios íntimos a los que les quitamos el tiempo, que valoraremos los bienes sociales públicos de primera necesidad como es la sanidad y la educación. Que nuestra solidaridad tiene algo que ver con la gente que está enfrente. Que una mascarilla no solo sirve para no contagiarme, sino también para no contagiar. Que hay personas que está pasándolo mal en los dos bandos unos por generosa sobreexposición y otros por carencia de los recursos necesarios para hacer frente. Y que, por último, ha habido personas que han pagado con su vida, como en las guerras, echando de menos una previsión más eficaz y una dedicación más detenida a nuestros mayores en cuyas vidas descansa el mayor silo de experiencia y sabiduría de este país.

Va por ellos. Va por todos.

 

© Jesús Vasco, Barakaldo, a dos de abril de 2020

 

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Primera vez que pisé San Pedro Manrique

Era un día cualquiera, de un mes cualquiera de 1981. Residía yo en casa de mi hermana, cuando sonó el teléfono. Había muerto la abuela María, justo después de comer, porque nadie, en su sano juicio, decide morirse antes de comer.

La abuela María era abuela de la que más tarde sería mi mujer. Yo la conocí poco, pero lo poco que la conocí me demostró ser una mujer grande en todo, en cuerpo, espíritu y sentimientos. Mujer enérgica donde las hubiera. Con reaños suficientes para sacar a su familia adelante con sus propias manos. “Marucha”, la llamaban. “El Tuto” besaba su mano con veneración sabiendo que era una mano que daba de comer. Orgullosa siempre de su prole, estaba convencida de que tenía los mejores hijos y los mejores nietos de todo el contorno. La abuela María disfrutaba tanto de su familia que la apiñó en torno a ella y aún hoy, sin vivir ella, buscamos su regazo. A pesar de que a todos trató por igual, tuvo un nieto especial, quizás por ser el primero: Alberto. La vida le dispensó una polio en una de sus piernas que le granjeó la protección de toda la familia. Este hecho lo hizo diferente y, por ello, más querido.

Se casó con el abuelo Alberto. De carácter sumiso y bonachón, se refugiaba en el porroncillo de vino para desviar problemas y en su cigarrillo para quemar la vida sin sobresaltos. Hombre que, con su tamboril, hizo felices a los chiquillos anunciando los Reyes y a los mayores acompañando a las móndidas el día de San Juan.

Cuando me dio mi hermana la noticia, yo me disponía a comer. Dejé el plato y corrí a casa de Eugenia para ver qué había sucedido. Nada más llegar, encontré a un vecino, recién licenciado en Medicina, que había intentado reanimarla sin conseguirlo. Murió, sin haberse cansado aún de vivir y sin servirle de nada las pastillas multicolores que portaba en el bolso de su bata y que tomaba a capricho, en función de cómo tenía el día.

Mi futuro suegro, hombre cabal y de pensar mucho las cosas, decidió contratar una ambulancia para trasladar el cadáver al pueblo, como si tuviese vida, con el fin de evitar autopsia y funeraria. Todos sabíamos que la abuela murió de vieja, y a los viejos hay que dejarlos morir en paz. Y, si están muertos, muertos están.

Yo era, entonces, estudiante de 5º o 6º de medicina, no recuerdo bien. Y el hecho de estar familiarizado con la enfermedad y algo con la muerte, hizo que Facundo decidiese que fuera yo quien acompañase a la abuela en la ambulancia. Pero no sentado al lado del conductor, que allí se acomodó él a la primera, sino detrás, junto al cadáver, con la idea de acompañarlo y velarlo con el respeto y el rigor que merecía. De esa forma, si nos parase la policía, podríamos argumentar que el medio médico la acompañaba por si, la pobre, se ponía peor.

Se puso en marcha la ambulancia. El cuerpo de la abuela, sobresalía por ambos lados de la camilla, que no era muy ancha. La abuela, sí. Me acomodé, como pude, en un asiento de servicio que había junto a la camilla. Este tipo de asientos se caracterizan por su incomodidad y por no permitir cruzar las piernas. Por fin, cogí postura, convencido de que el viaje no duraría.

Tomamos la carretera de Barazar, pues no funcionaba la autovía para ir a Vitoria. Al comenzar las curvas del puerto, el cadáver basculaba hacia el lado opuesto teniendo yo que sujetarlo para que no se cayese. En la contracurva, sucedía lo contrario, teniendo que sujetar el cuerpo para que no se me viniera encima. Decidí aferrarme a su regazo hasta acabar el puerto, tratando de mantener estable su cuerpo que estaba a merced del bamboleo. Dudo que haya tenido nietos que la abrazaran tanto como yo lo hice en este viaje.

No podía ver el exterior porque una serie de franjas blancas alternantes decoraban la ambulancia para evitar ver a quien trasportaban. Por tanto, para mí era casi imposible ver la calle, salvo si meneaba la cabeza de arriba abajo repetidas veces.

El viaje fue un verdadero calvario para mí, que no para la abuela. Mantenía el rictus de la muerte con una permanente sonrisa como si le hiciese gracia la situación.

Pasamos el puerto de Azaceta, después, el pueblo de Santa Cruz de Campezo, y dejamos Álava para adentrarnos en Navarra cuyas carreteras eran de mejor firme y trazado. Me tranquilicé al estarse quieta la abuela.

Pero todas mis ilusiones se vinieron abajo cuando entramos en la provincia de La Rioja, por una de las carreteras más sinuosas y atormentadas que puedan conocerse y que seguía, literalmente, el curso del río Cidacos, el de las icnitas, con sus vueltas y revueltas que a mí me traían loco dentro de aquella jaula que se balanceaba continuamente. Decidí abrazarme con fuerza a la abuela como si tuviese temor a perder la mía.

Delante de mí, escuchaba la conversación de mi suegro con el conductor, hablando de cómo estaba el campo, qué verdes las cañadas, cuantos pinos habían plantado en la sierra y cuánta agua bajaba por el río. ¡Bastante me importaba a mi todo eso! Yo pensaba, para mí, si aquello no sería un castigo merecido por algo aún pendiente.

Con este ajetreo, cogí confianza con la abuela y hasta cierto cariño. Su vientre me resultaba familiar, como si me hubiera parido, de tanto agarrarme a él. Decidí hablarle y preguntarle por qué habiendo nacido en Sestao se iba a enterrar en el otro lado del mundo, si en todas partes hay tierra para enterrar con dignidad, y más aún, habiendo muerto tan cerca de La Arboleda a donde su marido, el abuelo Alberto, emigró en varias ocasiones a trabajar en las minas de hierro.

La abuela no contestaba, pero su mirada fija me hacía dudar si no estaría yo perdiendo la razón, sobre todo cuando mis devaneos los seguía el conductor a través del retrovisor. De repente, me invadió un ataque de cordura y me pregunté qué hacía yo allí, si no sería una prueba de amor a Eugenia o el saldo de alguna apuesta que, de todas, todas, había perdido. Pellizcaba alternativamente la mano de la abuela y la mía, y solo me dolía a mí. No sabía bien quien era el muerto. -Bueno, abuela, se acabó! Le voy a decir a Facundo que cambiamos de puesto. Al fin y al cabo, yo solo estoy prometido, y tengo dudas de que lo siga estando.

Como si el conductor hubiera adivinado mis pensamientos, frenó la ambulancia y aparcó en la cuneta. Pero no era para atenderme a mí, sino a su vejiga que exigía alivio. Orinó contra un arbusto y yo aparté, en acto reflejo, la cara a la abuela, por si acaso, no le diera por mirar.

Recobré nuevamente la razón, que me iba y me venía, como las curvas, y decidí no quejarme. Me entregué al destino como el torero a su suerte. Aproveché para abrir el portón trasero y salir a desentumecer mis huesos y a preguntar dónde estábamos, dudando si continuábamos en España. Mi suegro me aseguraba que faltaba poco, pero yo no me fiaba. Además, tenía hambre, recordad que no había comido.

Retornó el conductor a la ambulancia, abotonándose la bragueta y esbozando una sonrisa de satisfacción. Yo volví a mi sitio junto a la abuela, que ya la echaba de menos. Me seguía mirando fijamente y me vi obligado a decirle que ya faltaba poco, que no se preocupara, que echase una cabezadita y enseguida llegaríamos. En otra escapada de mi cabeza, la pregunté si se mareaba, porque yo estaba como un trompo, a lo que me respondió dando un vaivén que, si no la sujeto con fuerza, se me va para el Cidacos.

Por fin oí un ¡ya estamos!, y me cambió el semblante. Efectivamente, llegamos a lo que parecía un pueblo. Atravesamos unas callejuelas por las que apenas cabía la ambulancia, deteniéndonos en La Plazuela. Dejó de rezongar el motor y un silencio aterrador se apoderó de la escena que venía a continuación. Abrieron el portón como quien abría un chiquero. Hice amago de descender pero la muchedumbre hierática que rodeaba expectante la plaza, me hizo retroceder, como a un toro al que acobarda el peligro, y no me atreví a bajarme hasta que mi suegro me lo ordenó. La escena era de Berlanga. Descendí mirando a los lados a todos aquellos hombres de gorra calada y mujeres con luto de 90 días. No sabía bien en qué mundo me encontraba. La gente se dirigió a mi suegro para darle el pésame, cuando me lo deberían haber dado a mí. Sin embargo, me ignoraron de tal forma que me encaminé, vacilante, hacia el portalón de la única casa que permanecía abierta y que era a donde se dirigía la comitiva. Me atusé el cabello y me ajusté los pantalones pretendiendo mejorar mi imagen.

Pasamos el portalón, y un pasillo nos condujo a una gran estancia en la que había dispuestas toda clase de viandas para recomponer el ánimo que, la verdad, era bien poco. Me olvidé de la abuela y me acordé de que no había comido. Me situé estratégicamente, intentando pasar desapercibido. Nadie me presentó, pero todo el mundo sabía que era el novio de “La Marijé”. Comí careta asada, lomo adobado, chorizo frito, un torrezno y un trozo de tortilla y, cuando me disponía a echar un trago de vino de Nunilo, un hombre grande, de pelo cano, que estaba a mi izquierda, me dio un leve codazo dándome muestras de confianza y me soltó: “Qué, chiquito, ¿ has venido a matar el hambre?”. Se me atragantó el vino. Avergonzado del espectáculo que estaba dando, se me quitó el hambre de golpe.

Salí como pude de aquel trance, hasta que me rescató La Vitoriana, la tía de Eugenia de la que tanto había oído hablar. Le pregunté quién era aquel hombre grande que me había acobardado con su insolencia.

¡Pero si es el tío José, el padrino de tu novia!, me respondió. Olvidé si lo que tenía era novia, abuela o ninguna de las dos. Si en ese momento hubiera tenido que decidir, habría elegido ser soltero de por vida y a mil kilómetros de donde me encontraba.

Me presentaron a la gente con la que me cruzaba, y no parecía caerles tan mal. Poco a poco se me iba pasando el mal trago, intentando recordar momentos más gratos.

Prepararon el velatorio, acudió el cura a recibir a la abuela, y, cada cual, se fue a su casa, charlando entre sí, y haciendo alabanzas de cuán buena era la abuela, de cuánto trabajó y cómo sacó a su prole bajo cánones de honradez y dignidad. La verdad es que conmigo se portó bien. No quiero ni pensar si, en una de aquellas curvas, le da por tirarse al suelo.

Me enseñó mi suegro el pueblo, así, por encima: esa es La Iglesia, esa La Cosa, ese el bar de El Motores, ese el Frente de Juventudes, ese el frontón…etc.

Llegamos a la casa en la que pasaba los veranos, herencia de la otra abuela que aún quedaba y que no tuvo una muerte tan ajetreada. Me asignaron la sala para dormir. La presidía una alacena de doble cuerpo. En la parte superior se disputaban el espacio las copas, tazas, platos y mil figurillas, tras unas portezuelas acristaladas. En la parte inferior, se escondía una cama, ingeniosamente plegada, que, supuse, era la mía. Algunas fotografías de color sepia colgaban de la pared, de personas que no conocía y que parecían pertenecer a varias generaciones atrás. Allí me encontré con Eugenia, que no sé con quién había venido. También estaba Leo, una vecina de mis suegros, de Barakaldo.

Después de charlar un rato, decidimos descansar. Me abrieron la cama y me dieron una manta. Mi suegro dormiría al lado, en un sofá, junto a la alacena. Nos dimos las buenas noches y nos deseamos buenos sueños. Fue más un deseo que una realidad. Si me daba la vuelta en la cama, tintineaban las copas, tazas, platos y demás útiles de la alacena. Tenía que hacerlo con sumo cuidado para no disturbar a la cacharrería. Comenzada así la noche; miedo me daba qué podría ya suceder. Al primer ronquido de mi suegro le sucedieron otros de tonos diferentes según la postura adoptada. Entre las copas, los platos, los vasos, los ronquidos y el frío, que no era poco, a pesar de que hice dos dobleces a la manta, entré en un estado de, qué se yo, como de ansiedad, deseando que llegase la mañana para acabar con aquel suplicio. ¡Cómo me acordaba de la abuela, lo a gusto que viajó y qué tranquila estaba en estos momentos!

De repente, una carcajada provino de la habitación de al lado. No sé qué pasaba, pero la que es ahora mi mujer y Leo, que dormían en la misma cama, no podían moverse sin echarse a reír. El momento no era para hacer gracias, pero, por un instante, me parecía estar fuera de la realidad. Por las risas y comentarios, comprendí que se les habían enganchado los sujetadores por la espalda y no podían moverse sin llevarse consigo una a la otra. Creo que Kafka debió escribir “La Metamorfosis” en una noche como ésta. Por fin, amaneció. Acudió mi suegra para hacernos café. Inocentemente, preguntó qué tal habíamos dormido, a lo que contesté: Bueno…... respondiéndome con un me alegro hijo, que vaya día tuviste ayer.

Aún no sé por qué me gustó el pueblo, por qué quise tanto a la abuela y por qué decidí seguir para adelante con el noviazgo. Los años que pasé interno me vacunaron también contra los malos ratos.

¡Un mal día, lo tiene cualquiera!

 

© Jesús Vasco, Barakaldo, a 1 de Mayo de 2016

 

Breves notas:

Jesús María Vasco es una de las muchas personas que se vinculan a un determinado lugar por amor. De eso nosotras sabemos mucho. Él es de Barakaldo, médico de profesión y vocación, pero su familia de amor es sampedrana. Escribió, junto a Miguel Ángel San Miguel, una preciosa guía-libro, publicada en 1999, con el título de SAN PEDRO MANRIQUE. Fuego, Sendero y Fiesta, que les prologó otro vinculado a la tierra sampedrana por amor, nada menos que Luis García Berlanga, que casó con María Jesús, una hija de don Gervasio Manrique.

Jesús, a quien saludamos cada año en Sarnago, escribe unos relatos donde plasma su enorme sensibilidad no exenta de cierta ironía, cuando procede.

 

SUMARIO

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